
Epitafios
El cementerio, por la noche, aparece siniestro entre oscuras sombras, los espíritus parecen deslizarse sobre los nichos y entre la tranquilidad y el silencio, se hacen notar los susurros de los muertos. Sin embargo por el día, con los rayos de sol calentando los mármoles de las tumbas, el murmullo del viento sobre los cipreses, y el canto de los pájaros que juegan a no sé qué, pero que alegran el entorno; el camposanto, hoy en día, pierde su lado tenebroso y se transforma en un reclamo más para el turista que disfruta observando los mausoleos, las esculturas que adornan ciertas tumbas y los epitafios que dejaron grabados en las piedras los familiares y seres queridos de los muertos.
A Rodolfo Mendía le gustaba leer los epitafios; los leía todos. Con algunos reía y otros le hacían reflexionar. Decía que esos pequeños escritos que acompañaban al muerto, hablaban mucho más de él que cualquier otro adorno por muy ostentoso que éste fuera.
Al leer en un grabado que esculpido sobre una losa decía:
“Dejen al muerto en paz
que bastante en vida ha tenido
con el veneno que ha comido
de una seta pertinaz.”
Rodolfo sabía, a ciencia cierta, que ese pobre hombre había muerto envenenado.
Era por eso por lo que a Rodolfo le gustaba tanto ir al cementerio y leer lo que alguien en su día escribió del difunto. Eran cortas historias; algunas muy cortas como la que decía:
“Monta y da pedales”
Así fue que cuando estuvo frente a la lápida de Julia Bahamonde Gimeno, vio el retrato de una mujer bella en verdad y debajo el epitafio que decía:
“Duerma Julia, mujer con corazón,
que por acudir al reclamo urgente
de su marido convaleciente
de una mala pulmonía murió.”
Torció el rostro pensando que era una buena mujer. Una mujer ya entrada en años, al ver que miraba la tumba, preguntó:
— ¿Conoció usted a la difunta?
—No —respondió Rodolfo—, pero me entristece que entre el amor se haya interpuesto un destino tan incierto.
La señora miró de reojo al enternecido joven y frunció el ceño, después respondió:
— ¡Hombre!, perdone usted, pero los epitafios no son tan ciertos como parece.
— ¿Cómo no? —respondió Rodolfo sorprendido, al fin y al cabo, esa señora estaba contradiciendo sus convicciones.
—No —insistió la mujer —, los epitafios responden al pensamiento de quienes los escribieron. En este caso, un cuitado.
—No me va a decir que usted sabe más sobre los sentimientos de la muerta que su marido.
—Ya le digo, señor, un cuitado de tomo y lomo. Esa mujer nunca fue buena para mi Evaristo.
Fue entonces cuando la señora de comenzó a contar la historia de lo que ocurrió:
“Evaristo Melquiades, mi hijo y quien escribió ese grabado, fue el marido de Julia, la difunta, que en paz descanse. Siempre estuvo enamorado de ella. Cosa que no sorprendía, ya que esta era una mujer de armas tomar, de esas que visten así, de forma que allí por donde paseaba hacían volver la vista a los hombres.
Dicen que desde que mi hijo vio a Julia, ya no pudo pensar en otra cosa que no fuera esa mujer. Ya que desde entonces, cuando se le veía a Julia por la plaza del pueblo, pronto aparecía Evaristo para hablar con ella: Si entraba en la panadería, ya estaba mi hijo esperándole a la salida, lo mismo si iba a misa, al Ayuntamiento o daba un paseo por tomar el sol. Así, los vecinos pronto se acostumbramos a ver al distinguido Evaristo detrás de Julia. Un perro faldero, como lo oye; mi hijo fue un perro faldero de esa Julia, y tan insistente que logró el enlace, al que los vecinos no daban más de medio año de vida, y yo menos todavía.
No fue así, Evaristo no tenía ojos más que para mi nuera: si quería unas flores, al día siguiente las tenía; si deseaba un viaje, pronto les veíamos salir con el equipaje; quisiera lo que quisiera, mi hijo se desvivía por lograrlo.
Así se mantuvo el matrimonio hasta que llegó Adolfo, un joven notario al que las mujeres, casaderas o no, del pueblo admiraban. En nuestro pueblo nunca habíamos disfrutado de notaría, por eso la llegada de Adolfo con la apertura de su despacho atrajo la curiosidad de los vecinos y, cómo no, también la de Julia que comenzó a visitar la notaría. Al principio con cierta discreción, cada vez fue más frecuente, hasta convertirse en un verdadero escándalo en el pueblo.
Todos sabíamos que en el despacho del notario no sólo había otorgamiento de poderes, traspasos de propiedades o rúbricas de contratos; allí lo más importante, al menos para el cotilleo de la parroquia, ocurría después del horario al público, cuando el notario ya no recibía a nadie más y cerraba la puerta de su despacho. Todos sabíamos que la última visita siempre la hacía Julia, y también que salía a última hora, cuando el notario volvía a casa.
Lo sabíamos todos excepto Evaristo, él no veía nada malo en ese joven notario, decía que era muy amable y un ilustre amigo de su mujer y por ello, también de la familia.
No pienses que nadie en el pueblo, a parte de mí que nunca me gusta esa Julia, se atrevió a comentar a Evaristo los escarceos de su mujer. Sí lo hicieron, sobre todo el carpintero que era muy bruto y en cierta ocasión le dijo:
—Dicen que el notario se va a casar con tu mujer.
Sin embargo, Evaristo siempre mostró una sonrisa incrédula, como si le estuvieran tomando el pelo con una broma en la que él nunca iba a caer. Adoraba tanto a Julia que no concebía la vida sin ella, no podía aceptar que quisiera a otro y mucho menos que le fuera a dejar solo.
Un día de otoño cuando Evaristo fue a su trabajo tosía mucho y tenía algo de fiebre, debió haberle contagiado su mujer una gripe, ya que ella levaba unos días sin salir de casa. En la oficina lo vieron tan mal que le dijeron que fuera a casa, a lo que él accedió. Julia, aunque tosía un poco se encontraba bastante bien.
En el camino de vuelta el cielo se nubló oscureciendo el día; y cuando entró en el portal comenzó a llover de forma caudalosa. La lluvia golpeaba los cristales y los relámpagos alumbraban por momentos, el solitario piso, con sus ráfagas de luz. Aunque la casa estaba cerrada se podía oír el golpear del agua sobre las aceras y la bajada del líquido por lo canalones.
Evaristo, aún con fiebre, cuando entró en casa no encontró a nadie. Al encontrarse un poco mejor, su mujer había ido al despacho del notario a quien, por culpa de la gripe, no había visto hacía días.
En casa, Evaristo empeoró, le subió la fiebre dándole fuertes tiritonas.
Julia estaba en el despacho del notario cuando se enteró que su marido había vuelto del trabajo. Contrariada por que estuviera tan pronto en casa le llamo por teléfono y le dijo que estaba haciendo unos recados, que enseguida volvía a casa para atenderle. Por no dejar al descubierto sus devaneos salió inmediatamente de la notaría y, aunque llovía mucho, cruzó el pueblo para llegar, más pronto que tarde, de nuevo a casa y evitar sospechas de Evaristo.
Llegó hundida de agua de la cabeza a los pies, su ropa goteaba por el pasillo dejando un rastro de verdaderos charcos. Con tanta humedad y la gripe mal curada, Julia, entrar en el cuarto donde Evaristo estaba durmiendo al calor de las mantas, tosía y tiritaba de frío; no llegó a molestar a su marido, cayó al suelo en el mismo cuarto, y fue el ruido de su cuerpo contra la tarima lo que despertó a Evaristo que asustado, llamó a un medico de urgencias; tenía un pulmonía aguda.
Desde entonces mi hijo se culpó por la enfermedad de su mujer. Estuvo junto a ella todos los días y a todas horas hasta que murió.
—No veis —dijo después a todos los vecinos—, me quería más de lo que yo la quise. Murió por venir a atenderme.
Desde entonces ya nadie le habla sobre los devaneos de su mujer y él todos los domingos viene a depositar unas flores sobre su tumba.
Rodolfo agradeció a la vieja el relato que le había contado, ya que le pareció entretenido. De odas formas siguió, cómo no, leyendo los epitafios de las tumbas; pero desde entonces dudaba de lo escrito.
©Fernando Urien