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Laberintos del recuerdo

 

 

Laberintos del recuerdo

Andrea se había sentado frente a la doctora Márquez. Tenía la pierna derecha sobre la izquierda para evitar que ésta última temblase, era la primera vez que estaba con una psicóloga, más bien suponía que lo era, ya que no se acordaba de nada, tan siquiera sabía qué hacía allí sentada. Todo era extraño, no sólo ese despacho de luz tenue y la doctora que miraba atentamente la pantalla del ordenador mientras solicitaba que se acomodase; Andrea no recordaba de nada, todo a su rededor era un mundo nuevo, hasta su marido, el hombre que la había acompañado a ese despacho, de quien no se acordaba en absoluto.

El tic-tac de un reloj que había sobre la mesa del despacho hacía que el silencio fuera aún más profundo. La doctora miraba a la pantalla del ordenador, mientras Andrea llevaba la vista hacia un pequeña biblioteca que había a su derecha; frente a ella, detrás de la doctora, había unas gruesas cortinas que debían cubrir la única ventana que tenía esa habitación.

– ¿ Dice que no reconoce a su marido? – rompe el silencio la señora Márquez haciendo que Andrea vuelva la vista hacia ella

– No, no he dicho eso, no lo sé.

– Aquí pone que lo rechazas.

– Cuando me va a besar sus labios son demasiado extraños para mí, tanto que no puedo, doctora, mas que apartarme de ese hombre y huir, porque no se corresponde con mis deseos.

– Sin embargo, reconoces el matrimonio ¿No?

Andrea estira la mano izquierda y mira su dedo anular traspasando el aro de compromiso, prueba de su estado civil. Sin retirar la vista de él responde:

– Lo veo familiar, como mío, tan íntimo que nunca podré quitármelo. Cuando lo toco, y lo hago de vez en cuando, noto que me estremece por dentro.

– Entonces reconoces que estas casada pero no a tu marido.

– Añoro el tacto en mi piel pero no lo encuentro en la compañía de ese hombre, por lo que sigo necesitando unas sensaciones que conozco pero que soy incapaz de encontrarlas. Me siento confundida, doctora; es todo tan extraño…

El tic-tac de reloj junto al pequeño repiqueteo de las teclas del ordenador llenaban el entorno. Andrea, un poco nerviosa, cambió sus piernas de posición colocando la izquierda sobre la derecha, intentando acomodarse en un despacho donde la única persona que estaba con ella parecía más pendiente de la máquina cibernética que de su paciente.

después de escribir durante un buen rato, la doctora, mirando fijamente a la paciente le preguntó:

– ¿Tiene hijos?

– ¿Hijos? – repitió Andrea mirándose el vientre.

– Sí, hijos. ¿Tiene usted hijos? – insistió la doctora.

Las manos de Andrea se revolvieron por su tripa tocándola. ¿Hijos? se preguntaba una y otra vez mientras su iris miraba de un lado para otro sin buscar nada, pero en incansable movimiento. La doctora la miraba impasible, rígida, como si la reacción de la mujer que estaba en su consulta fuera algo ajeno a ella misma, algo que ni siquiera apreciaba. Andrea notó cómo el calor bajaba de su rostro hacia todo el cuerpo haciéndola sudar. ¿Hijos? ¿Hijos? la pregunta se revolvía en su mente queriendo alcanzar algún recuerdo de las sensaciones que esa palabra le provocaban. Entonces necesitó más luz, ese lugar tenía una iluminación tenue, demasiado oscuro para ella, la estaba ahogando. Se levantó y, dirigiéndose a las cortinas de la ventana, las separó con violencia para que entrase la luz del día en la estancia. Pero la ventana que dejó al descubierto era ciega, por lo que tras ella no había nada, sólo un muro de ladrillos que no se podía traspasar.

La doctora no reaccionaba ante los movimientos de Andrea, estaba sentada, impasible, mirando de frente y volviéndose, de vez en cuando, al ordenador para escribir algo.

– ¡Mi hijo! – gritó Andrea con la cara desencajada – ¡ Mi hijo!– gritó una y otra vez mientras el recuerdo iba saliendo a flote de su memoria. Había estado en cinta, pero ahora no, ahora tenía el vientre vacío, sin embargo ella sabía que estaba embarazada – ¿Dónde está mi hijo?– preguntó, mientras tomaba a la doctora de los hombros y la zarandeaba. – ¿Dónde está? – preguntó una y otra vez, mientras la psicóloga le miraba ausente, como si no fuera con ella la excitación que estaba padeciendo la mujer; no decía nada.

Al final, Andrea, dejó a la señora Márquez y salió nerviosa del despacho. Fuera había un largo pasillo con una puerta blanca al final de los dos extremos; en las paredes que lo formaban no había nada, sólo ladrillo, la puerta del despacho de la doctora quedaba solitaria frente a tanta pared uniforme y alargada.

Andrea se tocaba y miraba la tripa de forma insistente, incrédula de la situación en que se encontraba. Miró a un lado y al otro; sin saber a dónde ir, dobló a su izquierda, luego a la derecha, después, indecisa, volvió a la izquierda y echó a correr como una loca hacia la puerta que quedaba en aquel extremo. La abrió con brío, encontrándose con otro pasillo que iba de izquierda a derecha; de la misma forma que el anterior, alargado y con dos puertas blancas en los extremos. La puerta de la que ella salía quedaba solitaria frente a tanta pared ciega. Corrió de nuevo hacia una de las puertas y al abrirla se repitió la galería tal como había sido antes. La extraña situación parecía querer volverla loca, exasperarla en un laberinto de pasillos que aparecían de forma insistente, todos iguales, tomara la dirección que quisiera y optase por una u otra puerta, siempre era lo mismo.

El cansancio y la desesperación estaban haciendo mella en Andrea, mas al entrar en una nueva galería vio a un hombre tan desorientado como triste, que recorría el pasillo y al verla cambió su rostro, como si no hubiera visto a nadie desde hacía tiempo y, mientras la miraba, mostró una sonrisa que conservó en sus labios hasta que desapareció por un extremo del pasillo. Andrea se quedó pensativa, esos ojos le eran familiares y esos labios… ¡Ricardo! gritó mientras corría hacia la puerta por donde su marido había desaparecido. ¡Ricardo! volvió a gritar mientras encontraba con el nuevo pasillo, como siempre; largo, con dos puertas a los extremos, el resto ladrillo. Corrió hacia un lado y luego hacia el otro, gritando el nombre de su primer recuerdo, pero ya no estaba, se había ido. Desde ese momento parecía que el pasado quería volver poco a poco, pero tan despacio… Caminó durante bastante tiempo recordando momentos felices con su amante Ricardo. No sabía cuántas puertas había sorteado ni cuantos pasillos recorrido, cuando entró una anciana que parecía ir contando los pasos. Se le acercó indicándole con mucha ternura, mientras señalaba con la mano una salida:

– Cruza esa puerta, luego a la derecha, después a la izquierda, las dos siguientes a la derecha y verás como sales.

Mientras se alejaba hacia la otra puerta del corredor, se volvió diciéndole con una sonrisa que no había pérdida.

El rostro de esa anciana se grabó en la mente de Andrea transformándose en un recuerdo que perduraba desde su niñez: ¡Mamá!, surgió el sonido en su alma, volcándose sobre ella los momentos más tiernos de su vida. Su madre siempre sabía lo que había que hacer, con ella no había miedo.

Mientras seguía las indicaciones de su madre, el cansancio iba doblegando su ánimo y los recuerdos volvían, tan tiernos como un "te quiero" sentados en la pérgola que rodeaba a una fantástica fuente; sí, se acordaba del parque donde se declaro Ricardo, las flores… todo se repetía en la mente de Andrea, lo veía como si estuviera sucediendo en ese mismo instante. Mientras caminaba tranquila, apenas se daba cuenta del pasillo que estaba recorriendo. Siguió las indicaciones de su madre y cuando llegó a la ultima galería, según caminaba hacia la puerta de salida volvió sus manos al vientre y se detuvo en seco.

No sé cuál fue la imagen que se despertó en su memoria, pero toda la ansiedad que tenía por salir de aquel laberinto pareció desvanecerse en ese mismo momento. Callaron las voces reclamando a su padre, a su marido, a su madre… Su rostro se plegó en una expresión de cierto temor y desconcierto, el corazón comenzó a palpitar en las sienes haciendo sudar su frente y las piernas le temblaban resistiéndose a seguir caminando. Dubitativa, con paso lento y casi agarrándose a las paredes, llegó hasta la puerta blanca que cerraba la galería, estiró el brazo y tocó la manilla; no podía agarrarla con fuerza, le temblaban los dedos, las manos y el cuerpo entero como si detrás de esa puerta esperar encontrar algo que ya le estaba aterrando. Cuando la abrió, al otro lado pudo verse la habitación de un hospital. En ella entraban los rayos de sol a través de una ventana pintada de blanco, alumbrando una cama del mismo color. Sobre ella había un cuerpo yaciente… era el suyo. A un lado estaba Ricardo, observándola impasible, junto a él había un pequeño moisés. Andrea se acercó al canasto para ver lo que portaba; había un niño que dormía plácido, de vez en cuando bostezaba estirando los dedos de su diminuta mano. ¡Hijo mío!; suspiro que resbaló por su pecho mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla. Después se volvió y besó a su marido; éste notó algo y levantó la cabeza mirando al aire, como queriendo buscarla.

 

Fernando Urien

 
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Publicado por en 24 enero, 2009 in Fantasmas

 

Cariño eterno

 

Cariño eterno

El frío viento de febrero recorría las oscuras calles de Sevilla deslizándose, casi silbando, entre las estrechas paredes de algunas de ellas y arrastrando algún que otro papel por las anchas avenidas. Entre los secos muros de las casas se oían retumbar en el silencio los pasos de algún que otro transeúnte solitario. Bajo un pórtico, encogido, con un papel sobre las rodillas y un lápiz en la mano; había un joven bien vestido, llevaba puesto un abrigo azul marino, una corbata mal anudada y unos zapatos limpios. Mientras el viento frío encogía su cuerpo contra la pared, su mano escribía sobre el papel…

" No sé si es que nunca supe querer a mi madre o si en verdad no la quise, pero, aún a mi pesar, ella me quiso mucho más de lo que yo hubiera podido imaginar; nunca lo he sabido apreciar. No le importó que la menospreciase…

No, yo no podía soportar tantas atenciones, sentía que me quitaban la libertad. Esa vigilancia de todos mis pasos y ese decoro en el vestir, con el que siempre tenía que salir de casa. Me costaba soportar que en mi cuarto todo estuviera ordenado, pero no a mi criterio, sino al de ella. Me resultaba insoportable levantarme de la cama y habiendo dejado,cuando me dormí, los libros abiertos en la misma página donde terminé de estudiar, me los encontraba cerrados, incrustados en mi pequeña biblioteca como si nunca se hubieran usado, como si mi escritorio estuviera en exposición permanente y por ello, debiera brillar el decoro a todas horas. Eran muchas las mañanas en que, al despertarme, descubría que me había echado por encima la manta de lana hecha por ella para mí, para que no tenga frío; me agobiaba con tanta prenda. Nunca quise ponerme esa manta, sin embargo todos los días amanecía cubierto por ella. Mi madre siempre tenía que hacer lo que quería. Cuando me levantaba de la cama, por muy temprano que fuera, nunca me faltó el desayuno sobre la mesa; no sé porque tenía que madrugar, yo prefería estar solo, deseaba mi independencia. Siempre he pensado que ella no podía soportar que yo saliera de casa sin darme antes un chequeo, colocándome bien la corbata, doblando la solapa de la chaqueta o peinándome si es que mi pelo le resultaba desordenado. Me miraba los zapatos; cuando los veía algo sucios, cogía un trapo y encorvaba, aunque casi no podía, su torpe cuerpo para pasar la tela hasta extraer de la piel del calzado un brillo que parecía que alumbraban a cada paso. Yo siempre llegaba a la oficina impecable, ni una sola macha en mi chaqueta, ni una arruga en el pantalón.

Nunca pensé que mi madre pudiera llegar a humillarme tanto, pero en cierta ocasión me encontraba tomando un café junto a mis compañeros de trabajo, haciendo círculo al rededor de la susodicha máquina y charlando entre amigos y de forma jocosa mientras criticábamos a la mujer del jefe, que no había mañana que dejara de llamarle dos o tres veces; cuando apareció mi madre con el dichoso bocadillo que yo había dejado olvidado adrede, porque ya estaba harto de ser el único en la oficina que siempre llevaba aperitivo.

– Te has dejado olvidado el tentempié, hijo mío.

Con esas palabras se adentró en mitad de todos los que allí estábamos. Mi madre, bajita, rechoncha; con esos pantalones vaqueros pegados a unas piernas que parecía que lo iban a reventar, y entregándome a mí un bocadillo envuelto en papel de estraza con unos lamparones de grasa como enormes y desordenados lunares de envoltorio. Después me arregló la corbata, me dijo que estaba un poco cochino y me estiró de las solapas solicitando que aproximase mi cara para darme un beso. Aunque en un principió me resistí, al final accedí a ello, ya que me pareció ridículo ese tira y afloja entre los brazos de mi madre por acercarme y los esfuerzos de mi espalda por alejarse. Nadie dijo nada, pero en mi interior se repetían de forma insidiosa todas las críticas de calzonazos que se hicieron a mi jefe a cuenta de su mujer. Ese mismo día eché una solicitud de traslado a nuestra oficina en Roma; no estaba dispuesto a soportar más a mi madre.

La primera impresión que tuve de Roma fue de una ciudad de tráfico desordenado en la que me vi sumergido de forma atolondrada; al poco tiempo hasta me pareció de lo más normal su funcionamiento. Me gustaban las ruinas que asomaban por cualquier rincón de la ciudad e imaginaba a emperadores, a ciudadanos romanos paseando con sus togas entre las viejas columnas, hoy medio rotas pero que ayer inspiraban respeto y admiración. Allí tuve un pequeño apartamento cerca de la Plaza del Popolo. Muchas veces lo dejaba desordenado, con la cama deshecha y los platos sucios sobre la mesa y me ilusionaba verlos así, como yo los había dejado, cuando volvía del trabajo. Después vino Rafaela, una vecina con la que llegué a un acuerdo para que dejara la casa ordenada mientras yo estaba fuera. Aunque el orden volvió a aquel piso, que lo prefería así a decir verdad; no me sentía agobiado, ni perseguido continuamente por una exigencia de pulcritud y orden.

Mi madre solía enviarme mucha correspondencia, alguna la tiraba a la basura sin leer o la leía un poco por encima, por curiosidad. Era lo de siempre; tápate bien, ya sabes que el frío enseguida te coge el pecho; no comas muchas grasas que engordan y producen colesterol; ponte bien la corbata que nunca la llevas derecha, etc. No sé por qué me escribía tantas cartas para decirme siempre lo mismo, yo no le contestaba mas que de muy vez en cuando, según tuviera el día. En una de las cartas me decía que quería venir a Roma para ver cómo me encontraba; solicité el traslado a Múnich. En cuanto me lo concedieron escribí a mi madre comentándole lo de mi traslado y que en la empresa me iban a mover de un lado para otro durante una temporada; le aconsejé que no fuera.

Después de esa carta no volví a tener más noticias de ella, supuse que desconocía mi dirección en Múnich y que todas sus notas estarían guardadas en algún cajón de Roma. No me importaba, me dediqué durante varios meses a mi trabajo, apenas me acordé de mi madre.

Un día recibí una carta, de mi tío Carlos, diciendo que habían encontrado a mi madre bastante mal, que pronunciaba mi nombre muy a menudo, que quería verme. Le contesté que no podía ir, tenía varias reuniones aquella semana, me ofrecí por si necesitaban algo de dinero que no tuvieran reparo en decírmelo; terminé la nota asegurándoles que la próxima semana iba a estar allí. Tampoco pude… se me olvidó. Fue esa misma semana cuando recibí noticias de su fallecimiento. No sentí nada en particular, pensé que si mi tío quería quedarse con el piso a mí no me importaba. Mi madre siempre me pareció absorbente en extremo. Ese mismo fin de semana volví a Sevilla.

Al llegar a la ciudad de mi niñez, fui a ver a mi tío que no quiso recibirme, me dio las llaves del piso de mi madre y rechazó todos mis ofrecimientos; me llamó desagradecido y sinvergüenza… creo que me voy a ir a vivir a Múnich.

Esta tarde he ido a ver la casa de mi madre, todo estaba tal como lo dejé cuando me fui. La sala, la cocina… Mi cuarto estaba impecable, se mantenía tal como yo lo recordaba; todos los libros estaban ordenados en su anaquel, sobre la cama estaba la manta de lana que ella hizo para mí, y recostado contra mi almohada estaba el peluche con el que siempre dormía de pequeño. Me pareció que me miraba. Al cogerlo, entre mis dedos se deslizó el suave placer de antaño, los recuerdos de mi niñez saltaron a mi mente tan reales como yo mismo, cierto calor surgió en mi interior y su eco se deslizó por mis entrañas hasta golpearme en el iris con tanta fuerza que las lágrimas surgieron en mis ojos sin querer. Las mismas sombras, las mismas estancias, los mismos rincones… Noté el calor del ambiente en mi cuerpo tal como fue en mi niñez. Sentí mucha vergüenza. Me sequé las mejillas con la manga del abrigo y salí de aquel lugar temiendo encontrar a mi madre esperándome a la puerta; estaba todo tan igual… Cuando me fui, ya en la calle, hasta me pareció haber visto mi desayuno sobre la mesa esperándome. No pienso volver allí, me siento indigno, no pienso volver."

A lo lejos, entre oscuras sombras, se oían los cantos mal vocalizados de un borracho. Alguien le mandó callar y que se fuera a su casa. El viento frío se deslizaba por las aceras adentrándose por todos los rincones. El joven, recostado, se encogió un poco más, arrugó la nota entre sus manos, levantó las solapas del abrigo y quedó quieto, pensativo, hasta que se durmió.

No fue el frío al alba, ni la escarcha que había nacido en las aceras lo que le despertó; fue el silencio del amanecer y un no sé qué ajeno al frío que parecía cargar el entorno de soledad. Cuando abrió los ojos y vio que la manta que hizo su madre le había dado calor durante toda la noche, no se la quitó, supuso que fue como siempre, como todas las noches, que su madre pasó por allí. pero en esta ocasión no renegó de ello; se quedó encogido, agarrándola con fuerza mientras la retorcía entre sus dedos junto a un trozo de papel arrugado, no quiso quitársela durante un rato. Después la dobló y se la llevó consigo

 
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Publicado por en 9 noviembre, 2008 in Fantasmas

 

Compañera

 

Compañera

– Mira, ves allí a lo lejos, donde se esconde el camino tras el cerro, ¿lo ves? Sí, el árbol que hay a la orilla de la carretera, justo en la curva. Es un roble bastante viejo, le han dado un tremendo golpe quebrando el tronco, quizás algún coche que se salió de la calzada y chocó contra él; está tan mal situado… justo en la curva. Mira, tiene una frondosa rama en el lado contrario al dañado, la única que le queda; tan larga que con su peso equilibra el árbol para que no caiga.

Clara miraba junto a Ricardo el paisaje que se desparramaba al otro lado de la ventana del tercer piso de aquel edificio blanco. No había construcciones alrededor, todo era un vergel de árboles, helechos y bastantes zarzas que se retorcían por la ladera de la carretera. Sólo un pequeño patio y una alambrada alrededor del edificio eran ajenos a la naturaleza. Una verja de metal, que estaba cerrada, daba acceso a la carretera que se alejaba hasta perderse detrás de un pequeño cerro.

La mujer, acercando sus labios al oído de su compañero le susurró suavemente, para que nadie más le oyera:

– ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas del roble que había detrás de la iglesia?

Ricardo sonreía; cómo no se iba a acorar de aquel frondoso roble que estaba un poco apartado del camino del camposanto, detrás de la ermita; casi ni se veía. Era alto y algunas de sus pobladas ramas, de grandes que eran, se inclinaban y hasta tocaban el suelo. Allí, escondidos entre el tronco y las hojas, los dos habían pasado juntos mucho tiempo, tirados al cobijo de su sombra.

– Este roble no es igual, el nuestro era mucho más robusto, sabía escondernos, allí estábamos seguros. Sin embargo, éste lo han partido de un golpe, en cualquier momento cae; ¿no ves? Claro, que el nuestro no; aunque ya estará bastante viejo, era sólido y su retorcido tronco tan duro que nadie era capaz de hacerle daño. Ha pasado tanto tiempo…

Clara acariciaba a Ricardo mientas le sonreía murmurándole al oído algo que nadie más oyó. Algo bonito debía de ser; él también se alegraba mientras hacía gestos con la mano señalando al viejo roble.

Después, cuando llegaba la hora de comer, Ricardo se sentaba junto a su plato. Como un ritual, en cada mesa comían cuatro personas, Ricardo y tres más; Clara no, ella permanecía de pie junto a su amante, susurrándole, de vez en cuando, frases que sólo él escuchaba.

– Hoy Ariadna no come. ¿La ves?, está nerviosa. Ya sé que no es que no quiera comer, es ese barullo que a veces siente en la cabeza. Cuando toma la pastilla se queda tranquila, seguro que es eso, que se ha olvidado.

– No te preocupes por ella. Tú come, que es sano. Además huele bien.

– Hoy nos han puesto vainas. Me gustan, sobre todo las que tú solías preparar.

– Si a ti siempre te ha gustado todo… Así estás tú. Anda, come no te vayan a quitar el plato.

Después de comer, Ricardo solía sentarse en un rincón para trabajar el mimbre. Trataba las ramas con cariño y mucha paciencia; hacía cestas para el pan, pequeños bancos, y hasta algún que otro florero. Su mujer le acompañaba sentándose junto él observando mientras hablaban.

– Clara, ¿por qué no te pones un día aquella falda gris de mucho vuelo que tanto me gustaba? Me gusta cómo mueves la cadera con ella y cómo se abre en torno a tu cintura cuando giras con fuerza.

– Mañana me la pondré, no te preocupes.

– No, si no me preocupo.

Los dedos de Ricardo entrelazaban el mimbre con destreza, cuidaba mucho que no se partiera, sobre todo por las esquinas. Sus labores eran las mejores de toda la planta, él lo sabía pero no le daba importancia. Ahí estaban los trabajos, amontonados en una esquina con todos los de los demás.

Después de la tarea solían sentarse, cada uno en su silla, alrededor de la Dra. Bengoa; excepto Clara, ella siempre permanecía de pie junto a su compañero. La doctora era una mujer que no aparentaba mayor, aunque debía tener bastantes años. Era muy amable, a Ricardo le gustaba hablar de Clara con ella, con nadie más. Los otros hacían como si no existiese y eso no le gustaba, era su mujer.

– ¿Qué tal está Clara, Ricardo?

– Muy bien doctora. Ya ve; para ella no pasan los años.

– Te ha dicho algo hoy.

–Sí, que el próximo día se va a poner una falda gris, como antes– respondía Ricardo con una sonrisa de satisfacción que alegraba su cara.

Hablaron durante un buen rato; después se iban a cenar, siempre en la misma mesa con sus compañeros. Clara le acompañaba aproximándose a él mientras comía, comentándole al oído en voz baja cosas, como si no quisiera que nadie más le oyese.

Después, como de costumbre, cada uno se iba a su cuarto. Esa noche sería diferente; Ricardo no había tomado la pastilla a la hora de cenar, la había tirado, cosa que nunca había hecho. Sentía cierto remordimiento al haber transgredido la norma que ya era una rutina.

Después de ponerse el pijama se metió en la cama. Clara solía sentarse junto a él, a la cabecera, velando la noche. Pasada media hora, cuando las luces ya se habían apagado, Ricardo no pudo guardar en secreto su rebeldía y se lo comentó a su compañera:

– ¡Clara! ¡Clara!­– llamó en voz baja.

– ¿Qué quieres, Ricardo?

– No he tomado la pastilla.

– Me alegro. También yo estaba bastante harta de esa rutina… y de este lugar tan triste. ¿Por qué no nos vamos?

– ¿A dónde, Clara?

La mujer entonces, levantando la vista, con la mano señaló a lo lejos, aunque en el cuarto no había horizonte; mientras decía:

–Allá. ¿No ves aquella luz? Allá está nuestro árbol; nos está esperando.

Ricardo se incorporó, miró a lontananza, como si no existieran paredes alrededor, y vio la alejada luz que alumbraba a un robusto y frondoso roble. Se levantó de la cama dando la mano a su amada; aunque las puertas y ventanas permanecían cerradas, entre sonrisas dejaron atrás la habitación y corrieron hasta tumbarse juntos, otra vez, en el iluminado roble.

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Publicado por en 24 septiembre, 2008 in Fantasmas

 

Despierta…

 

Despierta…

Al despertar, Leonard notó dolor en la cabeza, se había dado un golpe, de forma inconsciente llevó la mano a la herida y notó humedad; al mirarse la palma vio que era sangre, se asustó y trató de incorporarse; pero parte de su cuerpo estaba atrapado entre la retorcida carrocería de un coche. Había tenido un accidente. Pudo ver cómo llevaban, un poco más adelante, a su hijo en una camilla y lo montban en una ambulancia. Leonard estaba aturdido. – ¡Hijo mío!– pensó. Ndie le oía, todas las atenciones estaban en la camilla de la ambulancia; debe de estar muy grave, pensó. quería verle pero la chapa del coche la estorbaba. No se resignó a esa situación y forzando su cuerpo, Leonard pudo salir e incorporarse. Corrió hacia la furgón de hurgencias y se adentró en él junto a su hijo. Estaba tendido con los ojos cerrados, se le veía pálido. El corazón de Leonard comenzó a palpitar con fuerza entre las luces del recuerdo; no debió adelantar al camión, hacía muy mal tempo y había poca visibilidad. ¿Qué prisa tenía? Sobre sus sienes notaba latidos que, golpe a golpe, fueron provocando en sus pupilas humedades de culpa y desprecio hacia sí mismo por imprudente y temerario.

– ¡Hijo mío!– esas dos palabras, partiendo de su pecho, se deslizaron por sus labios con cierto miedo por salir al exterior, casi mudas. Pasó suavemente la mano sobre el rostro del muchacho mientras repetía, una y otra vez, como si estuviera rezando – Despierta, hijo mío; despierta, hijo mío; despierta, hijo mío…–

El muchacho tendido sobre la camilla sangraba un poco de la frente, tenía magulladuras por la cara y brazos, sus ojos estaban cerrados. El sonido de la sirena parecía querer perforar los tímpanos de Leonard, sin embargo su hijo seguía inmóvil, ajeno a los ruidos de la calle y a las sacudidas del vehículo. Leonard no podía aceptar que su hijo ya no estuviera con él. El chico estaba inconsciente, dormido, pero le escuchaba, tenía que escucharle.

– Hijo, ¿me oyes?, estoy aquí contigo, a tu lado ¿Me oyes?

El chico seguía inmóvil, tendido sobre la camilla, frío; con los párpados cerrados y la tez pálida. Comenzó a llover, se podían oír los golpes que daban las gotas de agua sobre la carrocería de la ambulancia; un chisporroteo sonoro que parecía que iba a terminar doblando la chapa.

–Te acuerdas aquel año en que los reyes magos te trajeron un osito de peluche; parecía de algodón, lo tomaste entre tus brazos y no querías que nadie lo tocara. Si hubieras visto la cara de felicidad que tenías, hijo mío. Eras pequeño, sin embargo, desde aquel año ese osito te ha acompañado todas las noches, siempre entre tus brazos. No lo vas a abandonar; ¿verdad que no?, hijo mío, no lo dejes solo. ¡Abre los ojos! Tienes que despertar.

Leonard tomó la mano de su hijo con sumo cuidado, no estaba fría, le palpitaban las venas; lo notaba mientras la apretaba entre las suyas queriéndole dar un impulso de vida.

La ambulancia paró y un celador abrió las puertas del vehículo sacando la camilla con el muchacho, con cuidado pero sin dilación. Leonard les seguía como podía. Decía que era su padre pero no le hacían caso, lo ignoraban; todos estaban pendientes de un muchacho que, inconsciente, parecía estar cada vez más pálido. Después de varias curas lo subieron a un cuarto y allí, tendido en la cama, quedó solo con Leonard que no se apartó de él ni un instante.

– ¿Estas mejor? Te han curado. Si te vieras la cara… ahora estás limpio, hasta tienes mejor presencia. Hijo despierta, tienes que despertar; no le puedes dar este disgusto a tu madre; que no te vea así, tan quieto… tan dormido…

Leonard, acariciando el rostro de su hijo se acercó a él y con suavidad y todo el cuidado del mundo, le dio un beso en la mejilla, como un suave soplo de aire.

– ¿Recuerdas cuando fuimos con la kayak y, dejando el puerto, una fuerte ola nos empujó contra las rocas? Creímos que no íbamos a salir de ésa, sin embargo subimos, ayudándonos con las piedras, hasta tierra firme. Luego nos reímos viendo cómo el mar zarandeaba la embarcación, golpeándola una y otra vez contra las peñas. ¿Recuerdas? Salimos de aquella ¿verdad? No te puedes rendir ahora, tienes que seguir adelante, hijo mío­ – y le salió de la garganta una voz ronca… partida – Agárrate a la vida, no te rindas, llegaremos a tierra firme otra vez.

Una enfermera entró en la habitación, Leonard se retiró de la cama hacia un costado, la sanitaria atendió al chico colocándole una bolsa de suero; de la misma forma diligente en que entró, también salió.

Mi hijo debe de estar muy mal, todas las atenciones son para él de forma tan interesada, tan urgente…

La habitación permanecía en penumbras, las persianas de la ventana estaban a medio bajar y el silencio se deslizaba por las blancas paredes arrastrándose hasta la cama donde el muchacho permanecía inmóvil. Leonard rozó casi sin tocar, su mano por encima de las sábanas, todo el cuerpo de su hijo; de arriba abajo. Qué quietos permanecían esos miembros que antaño, juguetones e incansables, eran muestra innegable de vida y algazara.

– Hijo, ¿me escuchas? No puedes quedarte así, tan dormido. Asustas, ¿sabes? y no quiero que tu madre se estremezca. Recuerdas lo preocupado que estabas en aquella ocasión en que ella enfermó. Pasó bastante tiempo en la cama y no te apartabas de allí; estabas muy preocupado, se te veía en la cara y en la forma en cómo guardabas todas la atenciones para ella. No querrás que tu madre se preocupe, ¿verdad? Tienes que despertar de ese triste sueño y mover tus labios con una sonrisa tan grande que tu madre no pueda más que alegrarse de todo corazón al verte.

Leonard dejó reposar su cabeza junto al cuerpo de su hijo y unos surcos de humedad se fueron deslizando por su nariz. En ese momento se abrió la puerta y entró Marta, su mujer. Leonard dio un salto gritando sin querer: ¡Despierta!, y el chico abrió los ojos.

– ¡Papá!, ¡papá!

Marta se acercó a la cama y acariciándole contestó:

– Hijo, papá no está.

– ¡Papá!, ¡papá!– reclamaba el muchacho una y otra vez.

Mientras, la madre con rostro muy abatido le contestaba:

– Papá no está, hijo mío. Papá no está.

Tanto insistió el hijo y tanto la triste madre; que al final el muchacho calló. Miró al techo durante un rato y después, con las pupilas húmedas, dijo a su madre:

– Mamá tráeme el osito de peluche, que quiero dormir con él.

 
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Publicado por en 30 junio, 2008 in Fantasmas

 

CARTAS EN EL CEMENTERIO

 

Cartas en el cementerio

Carta del hijo

Leopoldo era un niño inquieto, tenía cara de niño travieso. Entre su tez morena sobresalían unos ojos cristalinos, negros; su pelo revuelto repetía el color de sus observadores vidrios y casi su mismo brillo.

Hoy no había ido su padre a comer con ellos, en la mesa estaban solos su madre y él. Sus padres se habían separado y esta vez iba en serio. Su madre le dijo que era cosas de mayores, que ya no podían seguir conviviendo juntos; que él podía ver a su padre cuando quisiera… pero sólo a su padre o sólo a su madre.

Leopoldo quería estar como siempre, con sus padres, todos juntos. Al ver que su padre no iba a ir a comer, salió de casa corriendo, no quería estar allí. Subió el camino del camposanto y adentrándose entre los nichos del cementerio, buscó la tumba más escondida, la más alejada de cualquier camino. En un rincón, casi cubierto por hierbajos, con una losa quebrada y la cabecera maltrecha, junto a la tapia que cerraba el camposanto había un panteón. Allí, entre el muro y la tumba, el muchacho escondió su pequeño cuerpo que los helechos del lugar terminaron ocultando.

Cayeron unas pocas gotas de agua. Los gritos de la gente que le buscaba se oían lejos, entre los ecos y murmullos de las olas del mar. Una rama de helecho molestaba el descubierto pescuezo del chiquillo, corrió su mano para quitársela y algo calló de su espalda. Era una carta. Sorprendido giró la vista, pasó la manga del jersey sobre su húmeda mejilla y un poco aturdido tomó la extraña misiva.

El sobre estaba cerrado, en él se leían tres palabras: Para mi padre. La curiosidad se despertó en el muchacho; lo abrió por ver lo que ponía. La letra era clara, comenzó a leerla sin mucha complicación; decía así:

“Aún puedo percibir, entre las grietas de la losa que cubre tu tumba, el olor a alcohol que desprende tu cuerpo encerrado en su caja mortuoria y no sé si descompuesto o descomponiéndose, o si es por el mero hecho de encontrarse en ese estado por lo que se desprende dicho hedor; ya que en él, apartando el licor, no queda nada más que una insegura, agresiva y colorada figura a la que durante años he tenido verdadero asco. Mentiría si dijera que siento tu ausencia; aunque escudriño entre los recuerdos que guardo en el hueco que queda entre mi nuca y mi frente, me resulta prácticamente imposible encontrar un momento entrañable de tu persona. Bueno… miento, sí los hay.

­­­Los mejores recuerdos que tengo de ti son cuando era pequeño y tú me abrazabas con esas manos tan fuertes y grandes. Recuerdo que su palma la formaba una piel dura que entre sus grietas guardaba el color negruzco de las grasas de los coches que reparabas. Aunque tú te avergonzabas de ellas porque eran toscas y no estaban limpias, por mucho que te esmerabas en su aseo; para mí eran las manos más fuertes del mundo, ni un clavo podía traspasar aquella piel, me sentía seguro entre ellas. A mis amigos les decía que eras capaz de doblar una chapa entre tus dedos y cada vez que veía un coche, repetía una y otra vez que tú sabías arreglarlo. Me gustaba cuando me besabas y te quedabas a mi lado hasta que me durmiese; contigo eran los fantasmas los que se asustaban y hasta la oscuridad parecía un jardín. Pero eso fue hace tanto tiempo…

Dicen que fue culpa del alcohol, no lo sé; pero es la persona quien con su voluntad lo toma o lo deja, y tú lo tomaste. ¡Vaya si lo tomaste! y en cantidades industriales. No sé desde cuando comenzaste pero casi todas las noches llegabas a casa tropezándote con tus pies y golpeando tu cuerpo contra las paredes, haciendo un ruido de escándalo que asustaba hasta a las ratas; hablando en voz alta incomprensibles palabras ya que tu lengua se retorcía entre los dientes de mala manera, tus ojos desorbitaban en sus cavidades y, a veces, gritabas como un energúmeno a mi madre… No te lo podré perdonar.

Hay cosas que quedaran en mi mente hasta la misma muerte. Recuerdo aquella noche de Febrero, hacía frío y al día siguiente, como todos los días, yo tenía que ir al colegio. Me metí pronto a la cama, mi madre se preocupó de ello, tú nunca estabas; tenías que pasar las horas con tus amigos de tasca en tasca cargándote de alcohol. Aquella noche, como todas, te costó abrir a puerta; no acertabas con la lleve. Al final, para desgracia nuestra, conseguiste entrar en casa tropezando con tus propios pies, agarrándote a las paredes para no caer y balbuceando incomprensibles y estridentes gritos. No me despertaste, ya estaba despierto; me asustaba dormirme y que fueran tus berridos los que me sacasen sobresaltado del sueño. Pude escuchar cómo caían todas las babas de tu asquerosa boca, cómo agarraste a mamá, y fue el silencio seguido de unos golpes contra la pared lo que hizo que me levantase de la cama. Te vi, nunca lo podré olvidar, vi como golpeabas la cabeza de mi madre contra las baldosas de la cocina. Paraste al verme en la puerta. Mi madre estaba embarazada y tú lo sabías, ¡no lo ibas a saber!; yo siendo un niño y era consciente de ello. Me fui a la cama porque mi madre me lo pidió. Aquella noche en la casa hubo un silencio que asustaba, las paredes se nublaban en la oscuridad y mis pensamientos se encharcaron de lágrimas, de impotencia y de rabia. Nunca te lo podré perdonar. Hoy escupo en tu tumba las rabias de mi niñez. Aunque no creo en el infierno, ardo en deseos para que exista y te pudras en él eternamente.

Después de aquel incidente mamá perdió al niño que su tripa portaba, yo perdí la inocencia; nunca volvió a ser lo mismo. Una gran parte de mi mundo, que eras tú, cayó hundido a mis pies y comencé a despreciarla con toda la fuerza que podía dar mi corazón, azuzado por una imaginación que no dejaba de sospechar que aquella no fue la única noche que golpeaste a mi madre. Tú urdiste en mi cerebro la imagen de un padre monstruoso y detestable.

No sé si viste alguna vez llorar a mamá, o si bien no te importó que llorase. Recuerdo una tarde que al llegar a casa del colegio pude escuchar un sollozo en vuestro cuarto, ella estaba de rodillas en el suelo con la cabeza sobre la cama llorando afligida. Me acerqué e intenté consolarla, no pude; era tal la tristeza que mostraban su congoja que también yo rompí a llorar. Acompañé su sollozo con el mío mientras mi madre me decía ­­–­­­­­­­­­­­­­­­­llora, llora­­­­ que las lágrimas desahogan–­­­. No sé por qué lloré, ni por qué lloraba ella; sólo sé que inundamos el cuarto de lágrimas, de oscuridad y tristeza. Hoy pienso que aquel dolor fue causado por la depresión que padecía. Perdió la cabeza, sí; sus neuronas no fueron capaces de soportar el maltrato de su marido y la pérdida de un hijo en sus propias tripas. La trataste de loca, la cargaste de pastillas y la menospreciaste, cuando fuiste tú el causante de su locura, quien provocó su caída en el abismo de la depresión, quien amargó nuestra existencia con látigos de alcohol.

No esperes compasión de mi parte, no la tendrás; sólo deseo que te pudras ahí abajo, dentro de esta mísera tumba resquebrajada que tendrá un olor insoportable a alcohol para el resto de sus días. No confíes en que vuelva; no soporto el aroma que desprenden tus recuerdos”.

A terminar de leer la carta, Leopoldo la dejó caer sin darse cuenta. Estaba convencido de que su padre no era así, su padre nunca pegó a su madre ni llegó borracho a casa. Aunque algunas veces, cuando estaba solo en su cuarto, sí había oído cómo gritaba. Pero nunca pegó a su madre, de eso estaba convencido. No quería pensar ni por un momento que su padre pudiera tener alguna similitud con el de aquel que escribió la carta, aunque comenzaba a recelar de las bondades de su progenitor.

Carta del padre

Los gritos de la gente llamando a Leopoldo cada vez se oían más cerca. Temeroso de que lo vieran escondió más su cuerpo entre la maleza, el muro y la tumba. Quedó quieto por un momento, esperando a que pasaran. Cuando las voces comenzaron a alejarse, se estiró un poco y miró la resquebrajada tumba con el borracho dentro. Preguntándose por el misterioso olor que la carta desdibujaba, estiró la cabeza y olfateó un poco el aire, pero el aroma no era de alcohol sino de hierba mojada, acercó sus narices a la grieta pretendiendo con esa aproximación mejorar su olfato y confirmar lo acertado de lo leído. Aunque no olió nada, al acercarse al resquebrajo de la losa pudo observar cómo en esa grieta había atrapada otra carta. Sirviéndose de una palo fino hurgó en la fisura hasta que consiguió sacar el dichoso envoltorio que contenía una nota con unas cuantas letras:

“No me sorprenden tus palabras, hijo mío, aunque me duele escucharlas. No puedo dejar de sentirme culpable de haberte hecho nacer para mostrarte tantas desgracias y provocar tanto daño. En ningún caso deseé tu sufrimiento, ni siquiera el de tu madre, a la que quise con todo el alma y aún quiero. Ese olor a alcohol que tanto rezuma en tu mente, son aromas de los avatares no de los sentimientos. Es difícil esquivar los latigazos del destino y aún más soportarlos cuando viene uno tras otro acertando de lleno en lo más tierno de tu esencia y perpetuándose en el tiempo. Aunque no tenga excusa lo que hice; déjame por lo menos, hijo mío, explicarte el laberinto de mi vida y el fatalismo de mi destino.

Conocí a tu madre mucho antes de que ella se fijara en mí. Tenías que verla, hijo mío, paseando frente al taller de mi padre con los libros bajo el brazo, con un pelo suelto que jugaba con el viento, con la sonrisa eterna de esos labios rojos, con esa cara de colegiala y ese cuerpo de mujer que arrastraba mi mirada y encarcelaba mis pensamientos.

Un día salí de debajo de un coche que estaba arreglando justo cuando ella pasaba, pude ver perfectamente las pantorrillas que escondió presurosa pegando con sus manos la falda al cuerpo; desde el suelo alcé la vista buscando su rostro y ella me miró. No sé que cara puse ni cómo me vio; si fue la grasa del vehículo, el nerviosismo de mis ojos o los calores que yo notaba en el rostro; pero sonrió con una carcajada tan grande que aún hoy, según te lo cuento, parece que la estoy escuchando.

Volvió a pasar más veces por delante del taller mientras nuestras miradas se cruzaban cada vez con más descaro. Poco a poco se fue perdiendo el rubor y el escándalo, quedando solamente el recuerdo de la última vez y el deseo de la próxima. Una tarde la invité a ir al cine y ella accedió. Me miraba las manos que yo escondía por ásperas, grasientas y torpes. Ella sonreía y jugaba con sus dedos entre los callos de mis sucias palmas. La quise con todo el alma y aún la quiero, nunca he podido remediarlo. Ella me quería, al menos eso me hizo pensar su actitud frente a los problemas que tuvo nuestro amor desde un principio, como si estuviera destinada a ser una relación fatídica. El primer reto fue su madre que no deseaba que nos viéramos, no quería que su hija anduviese con un pordiosero; quería para ella un doctor, un notario, un escribano, un picapleitos; nunca un miserable obrero con grasas en las uñas y callos en las manos. Tu madre se enfrentó a tu abuela más de una vez, defendiéndome y desobedeciendo las normas que le prohibían nuestra relación. Puedes imaginar lo orgulloso que me sentía, la alegría de mi corazón aumentaba en la seguridad de que era correspondido.

Un domingo la llevé al taller de mi padre. Como era festivo estaba cerrado. Estuvimos solos, hablando, besándonos… y en el asiento trasero de un Mil Quinientos dimos rienda suelta a nuestro instinto disfrutando de la pasión como nadie en el mundo pudiera imaginar. Según te escribo esta carta dentro de mí se está repitiendo aquel momento, de la misma forma que se ha repetido una y otra vez durante toda mi vida.

De aquella ocasión quedó algo más que el recuerdo de una pasión desenfrenada; Tu madre quedó en cinta. Su familia no aceptó aquel embarazo, le exigieron que rompiera las relaciones conmigo, después ya se vería lo que hacían con el niño. Pero ella se mantuvo junto a mí, quería ese niño que había sido concebido en los asientos traseros de un Seat y deseaba continuar nuestra relación.

Nos casamos y fuimos a vivir a una buhardilla. Después naciste tú. Te puedo asegurar que aquel momento fue el día en que más te detesté. No fue un parto fácil, tu madre estaba en peligro, fue necesario hacer la cesárea para que nacieses. Tú estabas bien pero ella no, y no podía parar de repetirme una y otra vez que si no hubiera caído en cinta el problema no habría existido. Tardó tres días en salir de riesgo, después todo volvió a ser hermoso. Ella te quería mucho y yo también. Para evitar problemas decidí hacerme la vasectomía, pero nunca le dije nada a ella ya que tampoco me lo exigió.

Compramos un piso, el que tú has conocido de toda la vida. En aquel barrio al que fuimos a vivir nos correspondía un médico de cabecera nuevo. Era un chico alto, joven y bien parecido. A mí nunca me han gustado los médicos, por eso tardé en conocerlo. Fue un día en que tu madre estaba bastante enferma, tenía fiebre y tosía mucho. Llamé al doctor para que viniera a verla. Entre ellos existía una confianza que no me esperaba. Cuando comenzó a auscultar su pecho con el estetoscopio ella sonrió y él correspondió dicho gesto con una mirada de complacencia que no me gustó. No sé que había entre ellos, pero mi imaginación comenzó a desarrollar un sentimiento que nunca antes había tenido, los celos.

No fue sólo en esa ocasión, fueron más los momentos que encontré en ellos miradas cómplices, sonrisas pícaras y gestos de una confianza que nunca creí que se pudiera tener con un doctor.

¡Qué iba a hacer yo!, hijo mío, el doctor era alto y delgado, yo más bien rechoncho y calvo; tenía unas manos finas con dedos largos, las mías gruesas y llenas de callos; era persona respetable y con título, yo maleado y con dificultades para cuadrar una suma. Me sentía totalmente desplazado. En mi cabeza aparecía la gente que me rodeaba con miradas de burla; aunque yo sólo sospechaba, suponía que todas las personas con las que me encontraba tenían un conocimiento absoluto de los enormes cuernos que levaba en mi frente.

Tu madre cada vez me hacía menos caso y eran muchas las ocasiones en que se negaba a mantener relaciones. Comencé a beber en la medida que me daba cuenta de que ella disfrutaba fuera de mi casa unas relaciones que a mí me negaba, o quizás en mi propio lecho; no lo sé ni quiero imaginarlo. Poco a poco me movía más con los amigos y el alcohol que con una mujer que cada vez que me acercaba ella era rechazado, que miraba a otro lado y que en cierta ocasión vi en compañía de un doctor a quien yo detestaba…

Después de no sé cuánto tiempo sin mantener relaciones hicimos el amor una vez, creí que volvíamos a empezar, pero al cabo de un mes largo tu madre vino a decirme que nuestra relación había provocado un embarazo. No contesté nada, me marché a la calle y me emborraché como nunca. Después, subí a casa gritándole que no podía ser, que me hice la vasectomía después de que tú nacieras. Ese hijo era del doctor, no mío. Ella lo negó con todo descaro, yo le insistí que era cierto… No sé que me pasó, perdí los estribos y la golpee contra la pared, no podía soportar tanta mentira. Hijo mío, me hice la vasectomía por ella, por temor a perderla y el cretino doctor no tuvo ningún reparo en insistir hasta que la dejó preñada. Encima me culpaba a mí… No tiene justificación lo que hice, pero te puedo asegurar que excepto aquella ocasión, nunca jamás levanté una mano a tu madre. Siempre la he respetado y aún la quiero.

Después perdió al niño, es cierto, no sé si por mi culpa o porque en su propia naturaleza todos los embarazos se complican. Perdió la cabeza, sí, ¡qué quieres que haga yo!; ¿también fue culpa mía?; cúlpame si quieres, pero yo no la dejé abandonada y hundida en un mundo de depresiones como hizo el estúpido doctor. Me emborraché en muchas ocasiones porque nunca me volvió a mirar como me miraba antes; porque, aún en su locura, buscaba las manos del malicioso matasanos.

Échame en cara, si quieres, todos los males, pero yo te quiero y te querré, a ti y a tu madre; aunque nade en alcohol.”

Al terminar de leer la carta, Leopoldo comenzó a recordar cada una de las amistades que tenía su madre, sobre todo de las masculinas, recelando de unos y otros. Al final no encontró a nadie que se aproximara a su madre como lo hacía su padre. A sus padres había visto besarse, y su madre nunca se había besado con otro chico. No, su madre no andaba con otra persona que no fuera a su padre, era buena.

Carta de la madre

Ya no se oían voces, tan solo la brisa en las hojas de los árboles rompía el silencio. La tranquilidad del lugar hacía bullir en la cabeza de Leopoldo cierto interés por conocer al personaje que se encontraba enterrado debajo de esa quebrada losa. El muchacho se levantó y dio una vuelta alrededor del nicho. Cuando llegó allí no sabía nada del muerto de aquel lugar, sin embargo, ahora parecía conmoverle el mero hecho de que ya no estuviera vivo. Para él esa ya no era una tumba cualquiera, conocía un poco al difunto.

A los pies del panteón, atada con cinta que enganchaba a la losa, había una tercera y extraña carta. Leopoldo, nada más verla, la arranco del nicho con prontitud y curiosidad, la abrió y sentándose sobre la tumba comenzó a leerla:

“Querido marido e hijo, No puedo menos que intervenir en vuestra desdichada correspondencia para pedir perdón. Primero a nuestro hijo, a quien quiero con todo el alma y siento haberle dado esta mala vida; cuando mi deseo, como el de toda madre, era que fuese el niño más feliz del mundo; también al hombre con quien me casé, a quien quise y aún quiero, aunque entre el ayer y el hoy haya habido momentos de duda en mis sentimientos.

Cuando te conocí, marido, salías de debajo de un coche, tal como tú lo has contado, tenías toda la cara sucia de grasa, los ojos más asustados que curiosos y en tus mejillas sobresalían unos colores sonrosados de timidez que daban a ese enorme mocetón una aire de ternura que me hacía incapaz de ofenderme por tu indiscreta mirada. Desde ese mismo momento ya no pude olvidar esos ojos negros y esas mejillas sonrosadas. Pasé por delante de tu taller un día y otro día esperando que te fijases en mí y disfrutando de los colores que brotaban en tu rostro cuando me sonreías. Nunca me preocupó si mi madre se enfadaba o no; juzgué que nuestra relación no era asunto de ella y no estuve dispuesta a consentir que se inmiscuyera.

Aquel día que me llevaste a tu taller, suponía que tus intenciones iban a ser algo más que una conversación amorosa. Por una parte dudaba en aceptar dicha invitación, por otra ardía en deseos por satisfacer todas tus ansias de placer, ya que con ello colmaba las mías. Así fue y no me arrepiento ni me arrepentiré nunca de aquella tarde, todo lo contrario, te puedo asegurar que la tengo guarda en mí recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida y me entristece el no poder repetirlo.

Tuve un mal parto, es cierto; nunca te dije nada porque consideré que había sido causa de mi decisión y no estaba arrepentida de ello. No podía admitir reproches porque yo lo deseé con todo el alma, y aún lo deseo, sin temor alguno a los riesgos que ello comportara.

El nacimiento de nuestro hijo fue otro de los momentos más felices de mi vida. No toleré los deseos de mi familia porque te quería tanto como quiero a este hijo que Dios no dio. Deseo con todo el alma agradecerte que los mejores recuerdos de mi existencia los tengo gracias a ti, y por eso lloro tu muerte y la lloraré aunque muchos no lo comprendan… ¡Qué me importa!, el amor es entre tú y yo; el mundo se desvanece.

Conocí al médico un día que fui a su consulta por un dolor de garganta que tenía el niño. Era alto, joven, bien parecido y todo un doctor. ¿Qué quieres que te diga? Cuando entré en la consulta me miró de arriba abajo y me halagó que una persona tan distinguida se fijase en mí. Él se dio cuenta y continuó con unas sonrisas que yo correspondí. Entre nosotros comenzó una relación que no pasaba de los gestos, que me divertía y me halagaba. Pero tú comenzaste a acusarme de algo que no eran más que fantasías tuyas; yo no estaba dispuesta a aceptar que pusieras en tela de juicio mi sinceridad de forma continiada, y mucho menos a que tus celos condicionaran mi vida. Por eso, en mi rebeldía hacia tu actitud, continué con mis sonrisas y hasta alguna vez terminé tomando café con el doctor, ya que en ello no vi nada malo. Pero tú me estuviste ofendiendo una y otra vez; terminaste dándote al alcohol. Cómo no iba a rechazarte si olías que dabas asco, balbuceabas improperios contra mí y después querías besarme como si el matrimonio te diera derecho a poseerme sin respetar mi dignidad. No estaba dispuesta a consentirlo. Las malas relaciones contigo me llevaron a los brazos del doctor. Tanto él como yo estábamos casados y sabíamos que había unos límites que no debíamos de franquear. Un día nos acostamos, sí. Salí tan arrepentida y llena de culpa que quise complacerte. Aunque estabas borracho quise hacer el amor contigo para demostrarte que te quería. Estabas sobre mí cuando comenzaste a decirme que me acordara del doctor para disfrutar más del momento. Quise que te apartaras, que me dejaras y te empujé con todas mis fuerzas para separarte de mí, pero tú me forzaste. Cerré los ojos y lloré mientras disfrutabas.

Lo cierto es que de esos días de ajetreo quedé embarazada, No sé de quién, nunca lo sabré. Cuando me reprochaste el embarazo, yo te dije que era hijo tuyo y no mentí; contigo también tuve relación. Tú me dijiste que te habías hecho la vasectomía, no te creí. Cómo iba a creerte si el dichoso médico usaba siempre preservativo al mantener las relaciones sexuales. Insistí en que era tuyo porque nunca me habías dicho nada sobre esa intervención. Me golpeaste la cabeza contra la pared y se levantó de la cama el niño. Nada me dolió más en el mundo que los ojos de aquel, nuestro hijo, a la puerta de la cocina. Le pedí que se fuera a la cama y comencé a reflexionar sobre las estupideces que había hecho y sobre la posibilidad de que realmente tuvieras hecha la vasectomía.

Fui al doctor y cuando le dije que estaba embarazada me expulsó de la consulta y no quiso volver a recibirme. Tuvimos que cambiar de médico. Comencé a tener pánico a ese niño que estaba engendrando. Me detestabas y te emborrachabas día tras día escupiéndome en la cara la desidia de mis actos y renegando de la vida que estaba gestando. Lloré mucho durante aquella época, y me culpé mucho más. Quise quitarme la vida. Conociendo los riesgos que comporta toda gestación, sobre todo en mí; un día golpeé, con todas mis fuerzas, una y otra vez mi vientre contra la pared; hasta que caí rendida al suelo sangrando de entre las piernas. Me llevasteis al hospital y el niño salió muerto, pero yo no. Mi mente no podía soportar el hecho de vivir con tu repulsa y con el desprecio que yo misma tenía hacia mi persona. Imaginé que había sido un ángel maligno el causante de todo; tú te habías hecho la vasectomía y el doctor utilizó condón, sólo un espíritu perverso pudo haber fecundado en mí aquel ser y quiso llevárselo antes de que naciera. No podía ser otra cosa. Renegaba una y otra vez del joven médico que me engañó en complicidad con el ente maligno y misterioso.

Os puedo asegurar que entre todo los avatares de mi vida, los momentos que he pasado con vosotros son lo más hermoso que me ha podido ocurrir. Os quiero tanto… siento hasta lo más profundo de mi alma no haber sabido estar a la altura del amor que os profeso”.

Cuando Leopoldo terminó de leer esta carta las voces repitiendo su nombre una y otra vez desde la lejanía, se iban acercando. Esta vez no se escondió, estaba anocheciendo y el cementerio no es un lugar muy propicio. Volvió la vista para ver la tumba con su resquebrajada losa sobre la que estaba sentado. La miró y se encogió de hombros. No sabía que pensar, quizás la vida arrastre locuras o quizás sean las locuras las que nos arrastran por la vida, de todas formas, él estaba seguro de que sus padres no habían tenido unas relaciones tan tortuosas, ni siquiera él, como hijo, tenía la sensación de haberlas padecido. Pero comenzó a sentirse excluido de las pugnas de los mayores; en cualquier caso, el hijo del difunto era el que menos se había enterado de las trifulcas de sus padres.

No le dio tiempo a ponerse en pié cuando le abrazó su madre alzándolo por los aires. — ¡Hijo! ¡Hijo!, tú no tienes la culpa, es cosa de mayores.— Junto a su madre, su padre también le abrazaba y le besaba mientras le decía — No podemos seguir juntos, pero tampoco queremos hacerte daño. ¿No lo comprendes?.—

El muchacho miró a sus padres, volvió la vista al panteón y se dijo en voz baja —¡Vaya lío!—.

 
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Publicado por en 22 mayo, 2008 in Fantasmas

 

LA MANSIÓN

 

La mansión

           Cuando ofrecieron a Alfonso un puesto importante en el norte de España, buscó una casa donde mudarse con su mujer. Aunque no tenían hijos, el llegar a ser padres figuraba entre las preferencia de ambos, por ello querían comprar una casa grande donde su futura familia se encontrase a gusto. El inmueble que iban a visitar se encontaba un poco apartado, a dos kilómetros de un pequeño pueblo, en un frondoso valle adornado por un río que lo atravsaba entre árboles y follaje. La vista, abrazada por verdes montañas, era hermosa. La armonía del entorno no la quebraba la casa que era bastante grande, prácticamente una mansión; con sus jardines, su pequeño estanque y un antiguo cementerio en la parte trasera. Un muro rodeaba toda la propiedad y una verja metálica, que se abría automáticamente, no dejaba entrar a los extraños.  Desde el porche de la entrada se podían apreciar los elementos de un dispositivo de alarma pegados en la pared. Ya dentro una música ambiental recorría las tres plantas; la decoración mezclaba lo antiguo con lo moderno a la perfección. Desde el recibidor se podía ver a la izquierda la biblioteca junto a un pequeño despacho, en frente las escaleras que van a las habitaciones, casi detrás de ellas la cocina y a la derecha un enorme salón con varios sofás alrededor de una chimenea; sobre ésta había un retrato de una vieja y delgada señora vestida con unos faldones largos; tenía el sombrero caído sobre la espalda, sus cabellos revueltos por el viento y en su demacrado rostro se apreciaban unos ojos excesivamente abiertos. tras su altiva planta se podía ver una rama de árbol con unas pocas hojas secas; al fondo y en la parte alta del cuadro se había dibujado un cielo gris que oscureccía el entorno que contrastaba con la claridad de un rostro entre pálido y encarnado.

–Esta casa data de la segunda mitad del siglo XIX, fue inaugurada en 1877– comentaba el vendedor de la inmobiliaria–la mandó construir un comerciante catalán, José Fuster. A su fallecimiento fue la viuda, Dña. Julia Cunyat, a la que pueden ver en éste retrato, la que ocupó esta residencia en soledad, sólo una criada la acompañaba y dicen que ésta la abandonó por sus manías y rarezas.

            De todas formas, como pueden comprobar es una verdadera mansión con un acabado de calidad, el suelo es de madera de elondo y las vigas son de roble, la fachada como han podido apreciar es de piedra, habiendo sido conservada y mejorada a través del tiempo.

–  Esther, ¿Te gusta?- preguntó Alfonso a su mujer al terminar la visita-

–   No sé, – respondió la esposa.- las cortinas están muy viejas, hay que pintar las habitaciones y arreglar algunas ventanas…

– Bien, – dijo el caballero estrechando la mano al vendedor – ya le llamaremos con nuestra decisión.

            A Esther, aunque la casa estaba un poco lejos del pueblo, la verdad es que le había gustado. En esos jardines podrían jugar sus futuros hijos y en coche se llegaba pronto al pueblo. Así que decidieron comprarla; el verano de aquel mismo año ya estaban viviendo allí con Zoraida, la chica que ayudaba en la labores.

            Zoraida era una joven mora, crellente y dicisciplinada en sus labores, así como un tanto supersticiosa y asustadiza de los malos augurios. No le gustaba nada el retrato que había sobre la chimenea del salón. Cuando entraba en aquel lugar apartaba la vista hacia el suelo, las mesas, o cualquier lugar alejado de la chimenea.

–   Señora. Por qué no quita ese cuadro de ahí. No ve que es una vieja muy fea con una mirada de malos agujeros. No sé para qué lo quiere, si esa mujer ahí dibujada no es familia suya.

–  Ya lo sé, Zoraida, pero fue la primera dueña de esta casa, por ello creo que debe permanecer en ese lugar. Ese retrato lleva demasiado tiempo colgado sobre la chimenea para que sea yo quien lo quite. Déjelo, no sea tan supersticiosa.

            Llevaban un año viviendo en aquella casa cuando Alfonso murió en un accidente de coche. Fue una noche de mucha lluvia en que el tráfico era denso y marchaba muy despacio. Al parecer, el marido estaba adelantando un camión cuando se tropezó con otro vehículo pesado que venía de frente, al intentar frenar, como la lluvia formaba una manta de agua que cubría la calzada, las ruedas resbalaron sobre el pavimento perdiendo el control del coche que fue a parar bajo el peso y la fuerza del camión . El utilitario quedó totalmente destrozado y el conductor atrapado por los gruesos neumáticos del pesado vehículo.

            Esther se quedó sola, ya que, de alguna forma, su marido murió sin dejar descendencia. Zoraida le hacia compañía compartiendo aquella casa y ayudándola en las labores. Fue poco después de la muerte de Alfonso cuando la criada comenzó a quejarse de que las cosas nunca estaban en el lugar donde ella las había dejado. Aunque la criada y la señora se acusaban mutuamente de coger, quitar, poner, guardar o esconder los objetos; éstos seguían desapareciendo, siendo los enfados y discusiones cada vez mayores y más fuertes. Hasta que un día, después de un fuerte debate, Zoraida hizo sus maletas y se marchó de aquel lugar repitiendo a diestro y siniestro que la señora se había vuelto loca, que no había persona en el mundo que la aguantase.

            De esta forma Esther quedó sola en la gran casa. Aunque ya no estaba la sirvienta las cosas parecían seguir cambiando de lugar. Esto extrañó tanto a la dama que pensó que se estaba volviendo loca de verdad, que era ella misma la que cambiaba las cosas de una forma inconsciente para luego no recordar dónde las había dejado, que padecía algún tipo de pérdida de memoria.

            Una tarde, mientras leía un libro en la biblioteca, las cortinas de la ventana se abrieron sin más. Esther observó asustada el desnudo mirador y dudando de que aquellos cristales hubieran estado cubiertos anteriormente, se levantó y cerró el cortinaje para después seguir con una novela que decrecía en interés.

A la mañana siguiente cuando volvió a la biblioteca vio que los visillos nuevamente estaban recogidos; los cerró con genio y salió del cuarto dudando ya de su propia certeza, de su capacidad para seguir gobernándose sola. Mientras salía de la habitación oyó un fuerte golpe, provocado por el cierre brusco de la puerta a su espalda.  Esther se asustó. –¿Será una corriente de aire? – se preguntaba, pero no había ninguna ventana abierta. Abrió la puerta y entró nuevamente en el  cuarto; al observar que las ventanas estaban sin el dichoso dosel,  empezó a sospechar que algo raro ocurría en aquel lugar, que realmente ella no estaba loca. No hizo nada, salió de la biblioteca y se sentó en el salón pensativa y desconcertada. El piano comenzó a sonar. La mujer, al escucharlo, se levantó de un salto. Allí, además de ella, no había nadie; sin embargo debían de haber entrado en la casa. Se acercó al sonoro instrumento musical y pudo observar cómo las teclas se movían solas dejando en el aire una dulce melodía. Cerró con brusquedad la tapa silenciando la música. Después dijo en voz baja. Esta casa es mía y no voy a abandonarla por muchas extrañas tonterías que ocurran.

Así comenzó una lucha sin cuartel contra un extraño fenómeno que lo movía todo, que abría puertas y ventanas, corría cortinas, arrastraba banquetas, deshacía camas y tocaba el piano de forma insistente. La terca dueña pasaba el día dejando las cosas a su gusto para que luego cambiaran de lugar. Abría o cerraba las cortinas y ventana para que después, ellas solas se cerrasen o abriesen  contrariándola; silenciaba el piano, cerrando su tapa de golpe, y paseaba con garbo pretendiendo dominar el absurdo. Hasta que un día no pudo cerrar la tapa del dichoso instrumento musical y acallar así su melodía; la tapa estaba trancada. Ante su impotencia comenzó a gritar, para así oírse por encima de la música:- Yo soy Esther, la dueña de esta casa y no me voy a marchar de aquí nunca, nunca.- La música sonaba aún más alto y ella gritaba todavía más, era como un reto entre la garganta de Esther y el continuo sonido del piano. Así pasaban los días; el piano sonando y ella gritando y cuanto más gritaba el piano más alto sonaba.

            Un miércoles, día que acostumbraba ir al pueblo de compras, entró en una cafetería y preguntó a la camarera si había ocurrido anteriormente algo extraño en  la apartada casa del valle. La camarera no sabía a qué quería decir, miraba a la mujer un tanto extrañada por la pregunta. Contestó que los anteriores dueños eran muy simpáticos, tenían tres hijos y se tuvieron que ir a Italia, pero que les gustaba mucho la casa y los alrededores, así como el pueblo donde eran muy conocidos. 

            Esther, no atreviéndose a seguir con el interrogatorio, se sentó en una mesa a tomar un café. En el fondo del bar, junto a la ventana, había una mujer ya mayor, prácticamente una saludable anciana que se  le acerco diciendo:

– Perdone que me entremeta, pero no he podido evitar escuchar su pregunta.

– ¿Sabe usted algo al respecto?

– Todas las familias, que yo conozco, que han habitado esa casa no han tenido nunca el mínimo problema. Pero usted quizás se refiera a la primera dueña de esa casa, a Dña. Julia Cunyat.

–  Dicen que fue una mujer extraña.

–  Mi abuela me decía– continuó la anciana– que se quedó sola por sus manías. Al parecer, cambiaba todas las cosas de lugar a su criada, para negarlo después. De esta forma se quedó sin servicio y no había quien quisiera acompañarla. Después, se volvió loca; decía que no era ella, si no un fantasma quien movía los objetos de un sitio a otro, abría y cerraba las ventanas y cortinas, y no le dejaba tocar el piano. Un día puso una tablilla en la tapa del piano para que ésta no pudiera cerrarse; entonces, contaba, que el fantasma se puso a dar voces y cuanto más alto tocaba el piano más fuerte gritaba el condenado espíritu, repitiendo con sus gritos que se llamaba Esther y que era la dueña de esa casa. Decía mi abuela que aquella señora siempre contaba lo mismo para terminar diciendo – Si mi marido ha construido esta casa, cómo va ha haber un dueño anterior, cómo puede haber un fantasma que reclame mi hogar.- Nunca más se ha oído nada extraño en esa casa, hasta tal punto que esas habladurías se han olvidado. ¿Era por esto por lo que usted preguntaba?

            Esther quedó sorprendida y pensativa. Como no salía una palabra de su boca la anciana insistió:

– Señora. ¿Había oído algo al respecto?

– No, – respondió Esther- No había oído nada.

– Es usted ahora la dueña ¿No?

– Sí.

– Yo soy Jacinta, cuando era pequeña venía mucho a este pueblo a casa de mi abuela- se presentó la anciana extendiéndole la mano.

–  Yo me llamo Esther – Contestó la mujer tomando la huesuda mano de la anciana.

 
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Publicado por en 18 abril, 2008 in Fantasmas

 

El mejor abuelo del mundo

carta

El mejor abuelo del mundo.

Daniel es un muchacho inquieto, le gusta andar por todos los rincones de las casas, revolver en los lugares más extraños y buscar entre los objetos olvidados. Es hijo único, tiene doce años y se puede decir que en su casa no hay un solo rincón donde no haya hurgado.
Una tarde sus padres feron a visitar a la abuela Fortunata que estaba muy enferma, el tiempo no perdona y el cuerpo ya pesaba demasiado para la pobre vieja. La tía Felisa, hermana de su madre, vivía con ella atendiéndola. De vez en cuando sus padres pasaban las tardes allí cuidando de la abuela, para que así Felisa pudiera salir un poco. El abuelo Gustavo murió antes de nacer Doniel. De esta forma, el chico sólo conoce a este antepasado por las historias, anécdotas y diversos sucesos que le habían contado.
Aun estando solo, para Daniel la televisión no era necesaria, todos lo programas le aburrían y detestaba los anuncios con los que no podía ver a gusto las películas. Por eso subió al desván aquella tarde, para entretenerse. Allí entre cajas, viejos muebles, objetos rotos, diferentes baldas, ropas olvidadas, trastos de antaño y mucho, mucho polvo; Daniel se encontraba en el lugar más divertido de toda la casa.
En un rincón, olvidado por el tiempo, el muchacho encontró un viejo baúl. Daniel No tardó mucho en sacar las cosas que su interior guardaba. Había una gorra de marino, una pipa, varios libros, un viejo reloj de bolsillo que ya no funcionaba, unas fotos muy antiguas, entre ellas pudo ver una de la abuela cuando era joven; había pantalones, camisas, algún jersey grueso y una chaqueta bastante bien conservada que le llamó la atención por lo nueva que estaba. Revolvió la prenda sin parar y encontró, dentro del bolsillo de la americana, una carta. Los ojos se le encendieron de curiosidad ¿Sería una nota de amor escondida y nunca entregada?, o ¿sería de adiós?. El muchacho, nervioso, abrió el sobre, desplegó la carta y comenzó a leer:
“Hola, siento mucho no haber podido conocerte; pero eso no importa, con esta carta espero poder decirte lo que siempre he deseado contar a mi nieto… No es nada importante, sólo es el deseo de poder hablar un poco sobre lo que pienso. Espero que seas un niño formal; así es como te imagino . No sé qué pensarás de mí, pero supongo que bien; ni tu madre, ni tu abuela, ni tu tía te habrán hablado mal de este abuelo; no es que yo sea perfecto, lo que pasa es que de los muertos siempre se habla bien, acentuando los dones y justificando los defectos; de esta forma para ti yo seré casi perfecto; el mejor abuelo del mundo, sin lugar a dudas.
Te diría que estudies, y debes de hacerlo parael día de mañana ser un importante señor, para que no te falte el dinero ni nada y ser respetado por todos. Pero piensa siempre que lo más importante en la vida no es eso; lo más importante no es ser un ilustre caballero, ni un poderoso comerciante, ni un adinerado banquero; sino el amor, es querer y que te quieran, es despertar y sonreír al alba manteniendo sin querer la sonrisa todo el día hasta el anochecer y acostarse, ya cansado, con el deseo de volver a despertar para seguir viviendo. Por ello debes de saber buscar una compañera y no errar en la elección. Pienso que quizás lo más importante es esa decisión que tomamos al elegir con quien hemos de vivir el resto de nuestras vidas; sin embargo nadie nos lo enseña, sólo tú has de sentirlo y has de saberlo; pero no te confundas, que de poco servirá el dinero, la posición, o el respeto que los demás tengan sobre ti, si cuando despiertas cada mañana no sientes un golpe de alegría en el corazón por la suerte que tienes de tener a esa hermosa dama junto a ti. ¿Para qué sirve una enorme mansión si sólo la puedes llenar de piedras, por muy preciosas que éstas sean?.
Te puedo asegurar que todos los días de mi vida he sido feliz, y aún cuando estaba en el hospital deseaba tanto ver a tu abuela… y ella siempre estaba allí, esperando que despertara.
Recuerdo aquel primer día en que nos besamos, tiempos aquellos… Fuimos al monte, nos dimos un fuerte abrazo y caímos rodando por el suelo, revolviéndonos entre unas flores de Diente de León, también la dicen Meacamas, porque si juegas con sus pétalos luego te meas en la cama. No creo que sea cierto, pero cuando Fortu se dio cuenta de que estaba sobre ellas, se revolvió queriendo levantarse – ¡Meacamas!, ¡Meacamas!- gritó mientras se revolvía de un lado para otro hasta que tropezó con una ortiga, que, escondida entre las flores, le picó en el tobillo del pie. Yo, caballero impertinente, di una patada arranqué la planta del suelo. Tu abuela, al ver mi reacción, le quitó una rama y la guardó entre la hojas de su libro. Después dijo:
-Pobrecilla, ¿no ves que estaba sola, quieta y tranquila hasta que hemos venido nosotros?-me miró y me dio un beso. De esta forma guardó en su libro el recuerdo de aquel hermoso momento.
Ves cómo puedo contarte lo que quiero aún estando muerto, el tiempo palidece ante la fuerza del deseo. Si quieres contarme algo escribe una nota y déjala en el bolsillo de la chaqueta que yo la leeré y te contestaré desde el Cielo.”
Al terminar la carta un suave viento rozó el tejado y penetró entre la rendijas confundiéndose con el silencio.
Daniel no comentó nada con nadie sobre la nota del abuelo, le costaba creer que se pudiera haber dirigido un escrito desde el Cielo a un nieto desconocido. A la vez le ilusionaba, sentía como si su abuelo, de alguna forma, ya le conociera. -¿Será verdad que puedo escribirme con él?- Se preguntaba una y otra vez. Pero, claro, hay cosas que no se pueden comentar con nadie, porque te pueden tomar por loco.
Una vez escuchó una conversación de sus padres sobre Fortunata que le dejó preocupado. ¿Debería su fantástico abuelo saber en qué estado se encontraba la que fuera su esposa?. Aunque tenía muchas dudas de que un escrito sirviera de algo; pensó que de todas formas, al dejarlo en el bolsillo de una chaqueta olvidada, tampoco arriesgaba nada aunque todo fuera fruto de su imaginación. Tomó un bolígrafo y comenzó:
“Querido abuelo: Si es que de alguna forma lees esto, tengo que decirte que la abuela Fortunata está muy mala. Oí decir a mis padres que no creen que dure mucho, que es una mujer muy mayor y muy enferma, ya no quiere comer. A mi me da mucha pena, no quiero que se muera, quiero que cuando vaya a casa de mi tía esté ella allí, sentada en su silla de mimbre.
Bueno, como era tu esposa pensé que tenía que decírtelo. No sé qué más contarte, así que te envío un beso y me despido. Daniel"
El muchacho cogió la carta, la metió en un sobre, subió al desván, abrió el baúl y dejó el escrito en el mismo bolsillo de la chaqueta donde encontró la nota del abuelo. Después se fue al cuarto, cogió un libro y comenzó a leer. Sus ojos pasaban por encima de los renglones completándolos todos y saltando de página, pero sin enterarse de nada de lo que había leído; no podía concentrarse, quería saber si realmente esas cuatro letras que había escrito llegaban a su abuelo, y si éste le daba una respuesta. Así que volvió al desván, abrió el baúl, miró en el bolsillo de la vieja chaqueta y encontró un sobre, pero no era el mismo que él había dejado, era otro y contenía algo más que un papel con unas notas.
Efectivamente, entre la carta doblada había una rama de ortiga seca y aplastada, como si hubiera pasado largo tiempo entre las hojas de un libro que la debió guardar con mucho cariño. Desdobló la nota y comenzó a leer:
“No tienes porque preocuparte, mi adorado y desconocido nieto. Aquí, en este fantástico lugar, entre lo ilusorio y lo deseado, se está muy bien. No temas su marcha, piensa que de alguna forma volverá conmigo a recordar nuestros sueños y que sus deseos están más en este paraiso que en el que va ha dejar. Piensa que será feliz, tiene que estar cansada de tanta lucha, y desde aquí velaremos, tanto ella como yo, por vosotros mientras disfrutamos del tiempo.
Haz lo que yo te diga, por favor, verás cómo sonríe, cómo se enternece su cara cerrando los ojos en un plácido recuerdo. Ve y dale un beso en la punta de la nariz, después entrégale esa rama de ortiga que junto a la carta te envío. No hagas más, sólo obsérvala; verás que no me equivoco.
No le digas que es cosa mía, ella ya lo sabrá. Te quiero, mi ya no tan desconocido nieto.”
Una extraña brisa empujó las paredes de la buhardilla colándose entre las escasas grietas que parecían no existir, y acariciando suavemente el rostro del chico, impregnó el aire de un aroma especial.
Al día siguiente por la tarde, después de haber hecho las labores del colegio, Daniel pidió permiso a sus padres para ir a ver a su abuela. Éstos, aconsejándole que fuera muy formal, consintieron la petición orgullosos de que se hijo se preocupara por la enferma.
Al entrar en la casa de su tía, pudo apreciar un ambiente serio. Perduraba el olor a madera de siempre y el silencio gobernaba todo el lugar penetrando hasta en los más escondidos rincones. Al fondo del pasillo estaba el cuarto de la abuela; en el centro, con dos mesillas a los lados, se encontraba la cama; sobre ella un crucifijo adornaba la desnuda pared, y entre las sábanas, pálida e inmóvil, con los ojos cerrados y el pelo revuelto, reposaba Fortunata.
La anciana parecía dormida. Daniel, aproximándose hizo lo que el abuelo le dijo: Le dio un beso en la punta de la nariz. En ese momento los dormidos ojos se abrieron; el muchacho entregó la pequeña rama de ortiga seca a las huesudas manos de Fortunata que no necesitó ver la ofrenda. Su mirada, sin querer, se fue hacia el cielo; una sonrisa iluminó el cansado rostro que aún lucía un cutis perfecto. Apretó con sus torpes dedos la dádiva y, sonriente, se sumergió en un plácido sueño.
 
 

©Fernando Urien.

 
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Publicado por en 7 marzo, 2008 in Fantasmas

 

(El Sueño)

 

El sueño

 

 Ainhoa es una mujer inteligente, tiene la carrera de arquitectura terminada, ejerce como tal en una empresa constructora donde se siente bien considerada, y está acostumbrada a organizar a la gente. No se deja engañar con facilidad y las ideas que le presentan deben de estar sólidamente argumentadas para que las admita. Es trabajadora y como a toda mujer, sobre esa imagen impertérrita, queda en su interior ese instinto maternal que no ha sido capaz de llevar a la práctica por no truncar, en la empresa de construcción donde trabaja, su carrera ejecutiva. Es  muy activa, apenas tiene tiempo para descansar, cuando ya está sonando el despertador para volver a sus labores.   

Un viernes llegó tarde a casa, el agotamiento acumulado durante la semana la arrastraba de forma irremediable a la cama. El cansancio le reclamó con urgencia el tiempo de sueño y la atrapó  en la tranquilidad de que al día siguiente no tenía que madrugar.  Dormía plácida y sosegadamente cuando un extraño sueño invadió su descanso.  

            Se encontraba en una ciudad con las calles llenas de escombros. Las roturas de cristales invadían las aceras junto a trozos de cemento arrancados de cuajo; había socavones, los edificios estaban golpeados; se notaban los agujeros de las balas en paredes y fachadas, pocas ventanas tenían todos sus cristales enteros y entre los escombros de la calle de la ciudad apenas había gente. De pronto sonó una sirena, las pocas personas que andaban por la calle desaparecieron, ella se encontró sola entre pasillos de cemento. El seco ruido de las balas trazaba su eco entre los edificios de la solitaria calle. Ainhoa echó a correr, no sabía hacia dónde dirigirse, corría sin rumbo; estaba muy asustada. A los ruidos de la balas que se oían por las calles adyacentes se unieron los estruendos de las bombas. Nuestra arquitecto no sabía qué hacer cuando de pronto vio a un niño de unos cinco años que, solo entre los escombros, lloraba cubriéndose la cara con las manos para que no le diera la metralla. Ainhoa se acercó al niño, lo sujetó intentando resguardarle con su cuerpo. Una bomba calló al lado de un edificio de doce pisos, el hongo que produjo era más alto que la construcción de docee plantas frente a ela se elevaba, la onda expansiva empujó a la mujer y al muchacho unos metros hacia atrás. Cuando se levantó estaba totalmente asustada, miraba de un lado para otro con nerviosismo, todavía tenía en sus brazos ese niño  que se le agarraba al cuello con fuerza. Frente a ellos se podía ver una casa, tenía  la puerta destrozada y los escombros se esparcían tanto por dentro como por fuera del lugar; sin pensarlo dos veces, Ainoa,  con el niño en brazos, se adentró en aquel edificio. Era como si  un mal de ojo la estuviera persiguiendo; no tuvo tiempo de soltar al muchacho cuando un gran estruendo tiró la casa abajo. Allí empezó a caer el techo, las vigas, a saltar las paredes y a temblar el suelo como si de un gran terremoto se tratase. Su instinto maternal escondía al niño debajo de su cuerpo pretendiendo protegerle. Cuando se hizo el silencio, el polvo hacía que aquel lugar fuera irrespirable, el niño tosía y estaba muy asustado. Ella se levantó entre los deshechos buscando un poco de agua. Una tubería rota dejaba escapar un  chorro del dichoso líquido cuyo golpeteo contra el suelo refrescaba el polvoriento ambiente. Limpió la cara del niño y le dio de beber. El crío hablaba en árabe, ella no podía entenderlo; pero como el muchacho no paraba de hablar y de gritar, ya que estaba muy asustado, la alarmada dama, simulando tranquilidad y  en voz baja, le dijo que no se asustase, lo apretó contra su pecho y le dio un beso en la mejilla. Estuvo un rato con el niño en brazos hasta que notó que alguien se acercaba, entonces gritó, al parece le oyeron y comenzaron a mover las piedras. Apenas un rayo de luz entraba por entre los escombros cuando Ainhoa se despertó. Miró por la ventana y estaba todo tranquilo, había sido sólo un sueño. 

           En Bagdad había sido rescatado un niño que había quedado atrapado entre los escombros de una casa después de un bombardeo. El niño decía que había una mujer con él, que era extranjera, que le había dado agua y un beso en la mejilla. Pero por más que revolvieron aquel lugar allí no había nadie. 

           En Bagdad hay un niño que ha visto un fantasma que le ha salvado la vida y le ha dado un beso en la mejilla. En Bagdad hay un niño que cree en fantasmas, en buenos fantasmas; aunque Ainhoa no crea en ello.

 

 

 
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Publicado por en 26 enero, 2008 in Fantasmas

 
 
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