Cartas en el cementerio
Carta del hijo
Leopoldo era un niño inquieto, tenía cara de niño travieso. Entre su tez morena sobresalían unos ojos cristalinos, negros; su pelo revuelto repetía el color de sus observadores vidrios y casi su mismo brillo.
Hoy no había ido su padre a comer con ellos, en la mesa estaban solos su madre y él. Sus padres se habían separado y esta vez iba en serio. Su madre le dijo que era cosas de mayores, que ya no podían seguir conviviendo juntos; que él podía ver a su padre cuando quisiera… pero sólo a su padre o sólo a su madre.
Leopoldo quería estar como siempre, con sus padres, todos juntos. Al ver que su padre no iba a ir a comer, salió de casa corriendo, no quería estar allí. Subió el camino del camposanto y adentrándose entre los nichos del cementerio, buscó la tumba más escondida, la más alejada de cualquier camino. En un rincón, casi cubierto por hierbajos, con una losa quebrada y la cabecera maltrecha, junto a la tapia que cerraba el camposanto había un panteón. Allí, entre el muro y la tumba, el muchacho escondió su pequeño cuerpo que los helechos del lugar terminaron ocultando.
Cayeron unas pocas gotas de agua. Los gritos de la gente que le buscaba se oían lejos, entre los ecos y murmullos de las olas del mar. Una rama de helecho molestaba el descubierto pescuezo del chiquillo, corrió su mano para quitársela y algo calló de su espalda. Era una carta. Sorprendido giró la vista, pasó la manga del jersey sobre su húmeda mejilla y un poco aturdido tomó la extraña misiva.
El sobre estaba cerrado, en él se leían tres palabras: Para mi padre. La curiosidad se despertó en el muchacho; lo abrió por ver lo que ponía. La letra era clara, comenzó a leerla sin mucha complicación; decía así:
“Aún puedo percibir, entre las grietas de la losa que cubre tu tumba, el olor a alcohol que desprende tu cuerpo encerrado en su caja mortuoria y no sé si descompuesto o descomponiéndose, o si es por el mero hecho de encontrarse en ese estado por lo que se desprende dicho hedor; ya que en él, apartando el licor, no queda nada más que una insegura, agresiva y colorada figura a la que durante años he tenido verdadero asco. Mentiría si dijera que siento tu ausencia; aunque escudriño entre los recuerdos que guardo en el hueco que queda entre mi nuca y mi frente, me resulta prácticamente imposible encontrar un momento entrañable de tu persona. Bueno… miento, sí los hay.
Los mejores recuerdos que tengo de ti son cuando era pequeño y tú me abrazabas con esas manos tan fuertes y grandes. Recuerdo que su palma la formaba una piel dura que entre sus grietas guardaba el color negruzco de las grasas de los coches que reparabas. Aunque tú te avergonzabas de ellas porque eran toscas y no estaban limpias, por mucho que te esmerabas en su aseo; para mí eran las manos más fuertes del mundo, ni un clavo podía traspasar aquella piel, me sentía seguro entre ellas. A mis amigos les decía que eras capaz de doblar una chapa entre tus dedos y cada vez que veía un coche, repetía una y otra vez que tú sabías arreglarlo. Me gustaba cuando me besabas y te quedabas a mi lado hasta que me durmiese; contigo eran los fantasmas los que se asustaban y hasta la oscuridad parecía un jardín. Pero eso fue hace tanto tiempo…
Dicen que fue culpa del alcohol, no lo sé; pero es la persona quien con su voluntad lo toma o lo deja, y tú lo tomaste. ¡Vaya si lo tomaste! y en cantidades industriales. No sé desde cuando comenzaste pero casi todas las noches llegabas a casa tropezándote con tus pies y golpeando tu cuerpo contra las paredes, haciendo un ruido de escándalo que asustaba hasta a las ratas; hablando en voz alta incomprensibles palabras ya que tu lengua se retorcía entre los dientes de mala manera, tus ojos desorbitaban en sus cavidades y, a veces, gritabas como un energúmeno a mi madre… No te lo podré perdonar.
Hay cosas que quedaran en mi mente hasta la misma muerte. Recuerdo aquella noche de Febrero, hacía frío y al día siguiente, como todos los días, yo tenía que ir al colegio. Me metí pronto a la cama, mi madre se preocupó de ello, tú nunca estabas; tenías que pasar las horas con tus amigos de tasca en tasca cargándote de alcohol. Aquella noche, como todas, te costó abrir a puerta; no acertabas con la lleve. Al final, para desgracia nuestra, conseguiste entrar en casa tropezando con tus propios pies, agarrándote a las paredes para no caer y balbuceando incomprensibles y estridentes gritos. No me despertaste, ya estaba despierto; me asustaba dormirme y que fueran tus berridos los que me sacasen sobresaltado del sueño. Pude escuchar cómo caían todas las babas de tu asquerosa boca, cómo agarraste a mamá, y fue el silencio seguido de unos golpes contra la pared lo que hizo que me levantase de la cama. Te vi, nunca lo podré olvidar, vi como golpeabas la cabeza de mi madre contra las baldosas de la cocina. Paraste al verme en la puerta. Mi madre estaba embarazada y tú lo sabías, ¡no lo ibas a saber!; yo siendo un niño y era consciente de ello. Me fui a la cama porque mi madre me lo pidió. Aquella noche en la casa hubo un silencio que asustaba, las paredes se nublaban en la oscuridad y mis pensamientos se encharcaron de lágrimas, de impotencia y de rabia. Nunca te lo podré perdonar. Hoy escupo en tu tumba las rabias de mi niñez. Aunque no creo en el infierno, ardo en deseos para que exista y te pudras en él eternamente.
Después de aquel incidente mamá perdió al niño que su tripa portaba, yo perdí la inocencia; nunca volvió a ser lo mismo. Una gran parte de mi mundo, que eras tú, cayó hundido a mis pies y comencé a despreciarla con toda la fuerza que podía dar mi corazón, azuzado por una imaginación que no dejaba de sospechar que aquella no fue la única noche que golpeaste a mi madre. Tú urdiste en mi cerebro la imagen de un padre monstruoso y detestable.
No sé si viste alguna vez llorar a mamá, o si bien no te importó que llorase. Recuerdo una tarde que al llegar a casa del colegio pude escuchar un sollozo en vuestro cuarto, ella estaba de rodillas en el suelo con la cabeza sobre la cama llorando afligida. Me acerqué e intenté consolarla, no pude; era tal la tristeza que mostraban su congoja que también yo rompí a llorar. Acompañé su sollozo con el mío mientras mi madre me decía –llora, llora que las lágrimas desahogan–. No sé por qué lloré, ni por qué lloraba ella; sólo sé que inundamos el cuarto de lágrimas, de oscuridad y tristeza. Hoy pienso que aquel dolor fue causado por la depresión que padecía. Perdió la cabeza, sí; sus neuronas no fueron capaces de soportar el maltrato de su marido y la pérdida de un hijo en sus propias tripas. La trataste de loca, la cargaste de pastillas y la menospreciaste, cuando fuiste tú el causante de su locura, quien provocó su caída en el abismo de la depresión, quien amargó nuestra existencia con látigos de alcohol.
No esperes compasión de mi parte, no la tendrás; sólo deseo que te pudras ahí abajo, dentro de esta mísera tumba resquebrajada que tendrá un olor insoportable a alcohol para el resto de sus días. No confíes en que vuelva; no soporto el aroma que desprenden tus recuerdos”.
A terminar de leer la carta, Leopoldo la dejó caer sin darse cuenta. Estaba convencido de que su padre no era así, su padre nunca pegó a su madre ni llegó borracho a casa. Aunque algunas veces, cuando estaba solo en su cuarto, sí había oído cómo gritaba. Pero nunca pegó a su madre, de eso estaba convencido. No quería pensar ni por un momento que su padre pudiera tener alguna similitud con el de aquel que escribió la carta, aunque comenzaba a recelar de las bondades de su progenitor.
Carta del padre
Los gritos de la gente llamando a Leopoldo cada vez se oían más cerca. Temeroso de que lo vieran escondió más su cuerpo entre la maleza, el muro y la tumba. Quedó quieto por un momento, esperando a que pasaran. Cuando las voces comenzaron a alejarse, se estiró un poco y miró la resquebrajada tumba con el borracho dentro. Preguntándose por el misterioso olor que la carta desdibujaba, estiró la cabeza y olfateó un poco el aire, pero el aroma no era de alcohol sino de hierba mojada, acercó sus narices a la grieta pretendiendo con esa aproximación mejorar su olfato y confirmar lo acertado de lo leído. Aunque no olió nada, al acercarse al resquebrajo de la losa pudo observar cómo en esa grieta había atrapada otra carta. Sirviéndose de una palo fino hurgó en la fisura hasta que consiguió sacar el dichoso envoltorio que contenía una nota con unas cuantas letras:
“No me sorprenden tus palabras, hijo mío, aunque me duele escucharlas. No puedo dejar de sentirme culpable de haberte hecho nacer para mostrarte tantas desgracias y provocar tanto daño. En ningún caso deseé tu sufrimiento, ni siquiera el de tu madre, a la que quise con todo el alma y aún quiero. Ese olor a alcohol que tanto rezuma en tu mente, son aromas de los avatares no de los sentimientos. Es difícil esquivar los latigazos del destino y aún más soportarlos cuando viene uno tras otro acertando de lleno en lo más tierno de tu esencia y perpetuándose en el tiempo. Aunque no tenga excusa lo que hice; déjame por lo menos, hijo mío, explicarte el laberinto de mi vida y el fatalismo de mi destino.
Conocí a tu madre mucho antes de que ella se fijara en mí. Tenías que verla, hijo mío, paseando frente al taller de mi padre con los libros bajo el brazo, con un pelo suelto que jugaba con el viento, con la sonrisa eterna de esos labios rojos, con esa cara de colegiala y ese cuerpo de mujer que arrastraba mi mirada y encarcelaba mis pensamientos.
Un día salí de debajo de un coche que estaba arreglando justo cuando ella pasaba, pude ver perfectamente las pantorrillas que escondió presurosa pegando con sus manos la falda al cuerpo; desde el suelo alcé la vista buscando su rostro y ella me miró. No sé que cara puse ni cómo me vio; si fue la grasa del vehículo, el nerviosismo de mis ojos o los calores que yo notaba en el rostro; pero sonrió con una carcajada tan grande que aún hoy, según te lo cuento, parece que la estoy escuchando.
Volvió a pasar más veces por delante del taller mientras nuestras miradas se cruzaban cada vez con más descaro. Poco a poco se fue perdiendo el rubor y el escándalo, quedando solamente el recuerdo de la última vez y el deseo de la próxima. Una tarde la invité a ir al cine y ella accedió. Me miraba las manos que yo escondía por ásperas, grasientas y torpes. Ella sonreía y jugaba con sus dedos entre los callos de mis sucias palmas. La quise con todo el alma y aún la quiero, nunca he podido remediarlo. Ella me quería, al menos eso me hizo pensar su actitud frente a los problemas que tuvo nuestro amor desde un principio, como si estuviera destinada a ser una relación fatídica. El primer reto fue su madre que no deseaba que nos viéramos, no quería que su hija anduviese con un pordiosero; quería para ella un doctor, un notario, un escribano, un picapleitos; nunca un miserable obrero con grasas en las uñas y callos en las manos. Tu madre se enfrentó a tu abuela más de una vez, defendiéndome y desobedeciendo las normas que le prohibían nuestra relación. Puedes imaginar lo orgulloso que me sentía, la alegría de mi corazón aumentaba en la seguridad de que era correspondido.
Un domingo la llevé al taller de mi padre. Como era festivo estaba cerrado. Estuvimos solos, hablando, besándonos… y en el asiento trasero de un Mil Quinientos dimos rienda suelta a nuestro instinto disfrutando de la pasión como nadie en el mundo pudiera imaginar. Según te escribo esta carta dentro de mí se está repitiendo aquel momento, de la misma forma que se ha repetido una y otra vez durante toda mi vida.
De aquella ocasión quedó algo más que el recuerdo de una pasión desenfrenada; Tu madre quedó en cinta. Su familia no aceptó aquel embarazo, le exigieron que rompiera las relaciones conmigo, después ya se vería lo que hacían con el niño. Pero ella se mantuvo junto a mí, quería ese niño que había sido concebido en los asientos traseros de un Seat y deseaba continuar nuestra relación.
Nos casamos y fuimos a vivir a una buhardilla. Después naciste tú. Te puedo asegurar que aquel momento fue el día en que más te detesté. No fue un parto fácil, tu madre estaba en peligro, fue necesario hacer la cesárea para que nacieses. Tú estabas bien pero ella no, y no podía parar de repetirme una y otra vez que si no hubiera caído en cinta el problema no habría existido. Tardó tres días en salir de riesgo, después todo volvió a ser hermoso. Ella te quería mucho y yo también. Para evitar problemas decidí hacerme la vasectomía, pero nunca le dije nada a ella ya que tampoco me lo exigió.
Compramos un piso, el que tú has conocido de toda la vida. En aquel barrio al que fuimos a vivir nos correspondía un médico de cabecera nuevo. Era un chico alto, joven y bien parecido. A mí nunca me han gustado los médicos, por eso tardé en conocerlo. Fue un día en que tu madre estaba bastante enferma, tenía fiebre y tosía mucho. Llamé al doctor para que viniera a verla. Entre ellos existía una confianza que no me esperaba. Cuando comenzó a auscultar su pecho con el estetoscopio ella sonrió y él correspondió dicho gesto con una mirada de complacencia que no me gustó. No sé que había entre ellos, pero mi imaginación comenzó a desarrollar un sentimiento que nunca antes había tenido, los celos.
No fue sólo en esa ocasión, fueron más los momentos que encontré en ellos miradas cómplices, sonrisas pícaras y gestos de una confianza que nunca creí que se pudiera tener con un doctor.
¡Qué iba a hacer yo!, hijo mío, el doctor era alto y delgado, yo más bien rechoncho y calvo; tenía unas manos finas con dedos largos, las mías gruesas y llenas de callos; era persona respetable y con título, yo maleado y con dificultades para cuadrar una suma. Me sentía totalmente desplazado. En mi cabeza aparecía la gente que me rodeaba con miradas de burla; aunque yo sólo sospechaba, suponía que todas las personas con las que me encontraba tenían un conocimiento absoluto de los enormes cuernos que levaba en mi frente.
Tu madre cada vez me hacía menos caso y eran muchas las ocasiones en que se negaba a mantener relaciones. Comencé a beber en la medida que me daba cuenta de que ella disfrutaba fuera de mi casa unas relaciones que a mí me negaba, o quizás en mi propio lecho; no lo sé ni quiero imaginarlo. Poco a poco me movía más con los amigos y el alcohol que con una mujer que cada vez que me acercaba ella era rechazado, que miraba a otro lado y que en cierta ocasión vi en compañía de un doctor a quien yo detestaba…
Después de no sé cuánto tiempo sin mantener relaciones hicimos el amor una vez, creí que volvíamos a empezar, pero al cabo de un mes largo tu madre vino a decirme que nuestra relación había provocado un embarazo. No contesté nada, me marché a la calle y me emborraché como nunca. Después, subí a casa gritándole que no podía ser, que me hice la vasectomía después de que tú nacieras. Ese hijo era del doctor, no mío. Ella lo negó con todo descaro, yo le insistí que era cierto… No sé que me pasó, perdí los estribos y la golpee contra la pared, no podía soportar tanta mentira. Hijo mío, me hice la vasectomía por ella, por temor a perderla y el cretino doctor no tuvo ningún reparo en insistir hasta que la dejó preñada. Encima me culpaba a mí… No tiene justificación lo que hice, pero te puedo asegurar que excepto aquella ocasión, nunca jamás levanté una mano a tu madre. Siempre la he respetado y aún la quiero.
Después perdió al niño, es cierto, no sé si por mi culpa o porque en su propia naturaleza todos los embarazos se complican. Perdió la cabeza, sí, ¡qué quieres que haga yo!; ¿también fue culpa mía?; cúlpame si quieres, pero yo no la dejé abandonada y hundida en un mundo de depresiones como hizo el estúpido doctor. Me emborraché en muchas ocasiones porque nunca me volvió a mirar como me miraba antes; porque, aún en su locura, buscaba las manos del malicioso matasanos.
Échame en cara, si quieres, todos los males, pero yo te quiero y te querré, a ti y a tu madre; aunque nade en alcohol.”
Al terminar de leer la carta, Leopoldo comenzó a recordar cada una de las amistades que tenía su madre, sobre todo de las masculinas, recelando de unos y otros. Al final no encontró a nadie que se aproximara a su madre como lo hacía su padre. A sus padres había visto besarse, y su madre nunca se había besado con otro chico. No, su madre no andaba con otra persona que no fuera a su padre, era buena.
Carta de la madre
Ya no se oían voces, tan solo la brisa en las hojas de los árboles rompía el silencio. La tranquilidad del lugar hacía bullir en la cabeza de Leopoldo cierto interés por conocer al personaje que se encontraba enterrado debajo de esa quebrada losa. El muchacho se levantó y dio una vuelta alrededor del nicho. Cuando llegó allí no sabía nada del muerto de aquel lugar, sin embargo, ahora parecía conmoverle el mero hecho de que ya no estuviera vivo. Para él esa ya no era una tumba cualquiera, conocía un poco al difunto.
A los pies del panteón, atada con cinta que enganchaba a la losa, había una tercera y extraña carta. Leopoldo, nada más verla, la arranco del nicho con prontitud y curiosidad, la abrió y sentándose sobre la tumba comenzó a leerla:
“Querido marido e hijo, No puedo menos que intervenir en vuestra desdichada correspondencia para pedir perdón. Primero a nuestro hijo, a quien quiero con todo el alma y siento haberle dado esta mala vida; cuando mi deseo, como el de toda madre, era que fuese el niño más feliz del mundo; también al hombre con quien me casé, a quien quise y aún quiero, aunque entre el ayer y el hoy haya habido momentos de duda en mis sentimientos.
Cuando te conocí, marido, salías de debajo de un coche, tal como tú lo has contado, tenías toda la cara sucia de grasa, los ojos más asustados que curiosos y en tus mejillas sobresalían unos colores sonrosados de timidez que daban a ese enorme mocetón una aire de ternura que me hacía incapaz de ofenderme por tu indiscreta mirada. Desde ese mismo momento ya no pude olvidar esos ojos negros y esas mejillas sonrosadas. Pasé por delante de tu taller un día y otro día esperando que te fijases en mí y disfrutando de los colores que brotaban en tu rostro cuando me sonreías. Nunca me preocupó si mi madre se enfadaba o no; juzgué que nuestra relación no era asunto de ella y no estuve dispuesta a consentir que se inmiscuyera.
Aquel día que me llevaste a tu taller, suponía que tus intenciones iban a ser algo más que una conversación amorosa. Por una parte dudaba en aceptar dicha invitación, por otra ardía en deseos por satisfacer todas tus ansias de placer, ya que con ello colmaba las mías. Así fue y no me arrepiento ni me arrepentiré nunca de aquella tarde, todo lo contrario, te puedo asegurar que la tengo guarda en mí recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida y me entristece el no poder repetirlo.
Tuve un mal parto, es cierto; nunca te dije nada porque consideré que había sido causa de mi decisión y no estaba arrepentida de ello. No podía admitir reproches porque yo lo deseé con todo el alma, y aún lo deseo, sin temor alguno a los riesgos que ello comportara.
El nacimiento de nuestro hijo fue otro de los momentos más felices de mi vida. No toleré los deseos de mi familia porque te quería tanto como quiero a este hijo que Dios no dio. Deseo con todo el alma agradecerte que los mejores recuerdos de mi existencia los tengo gracias a ti, y por eso lloro tu muerte y la lloraré aunque muchos no lo comprendan… ¡Qué me importa!, el amor es entre tú y yo; el mundo se desvanece.
Conocí al médico un día que fui a su consulta por un dolor de garganta que tenía el niño. Era alto, joven, bien parecido y todo un doctor. ¿Qué quieres que te diga? Cuando entré en la consulta me miró de arriba abajo y me halagó que una persona tan distinguida se fijase en mí. Él se dio cuenta y continuó con unas sonrisas que yo correspondí. Entre nosotros comenzó una relación que no pasaba de los gestos, que me divertía y me halagaba. Pero tú comenzaste a acusarme de algo que no eran más que fantasías tuyas; yo no estaba dispuesta a aceptar que pusieras en tela de juicio mi sinceridad de forma continiada, y mucho menos a que tus celos condicionaran mi vida. Por eso, en mi rebeldía hacia tu actitud, continué con mis sonrisas y hasta alguna vez terminé tomando café con el doctor, ya que en ello no vi nada malo. Pero tú me estuviste ofendiendo una y otra vez; terminaste dándote al alcohol. Cómo no iba a rechazarte si olías que dabas asco, balbuceabas improperios contra mí y después querías besarme como si el matrimonio te diera derecho a poseerme sin respetar mi dignidad. No estaba dispuesta a consentirlo. Las malas relaciones contigo me llevaron a los brazos del doctor. Tanto él como yo estábamos casados y sabíamos que había unos límites que no debíamos de franquear. Un día nos acostamos, sí. Salí tan arrepentida y llena de culpa que quise complacerte. Aunque estabas borracho quise hacer el amor contigo para demostrarte que te quería. Estabas sobre mí cuando comenzaste a decirme que me acordara del doctor para disfrutar más del momento. Quise que te apartaras, que me dejaras y te empujé con todas mis fuerzas para separarte de mí, pero tú me forzaste. Cerré los ojos y lloré mientras disfrutabas.
Lo cierto es que de esos días de ajetreo quedé embarazada, No sé de quién, nunca lo sabré. Cuando me reprochaste el embarazo, yo te dije que era hijo tuyo y no mentí; contigo también tuve relación. Tú me dijiste que te habías hecho la vasectomía, no te creí. Cómo iba a creerte si el dichoso médico usaba siempre preservativo al mantener las relaciones sexuales. Insistí en que era tuyo porque nunca me habías dicho nada sobre esa intervención. Me golpeaste la cabeza contra la pared y se levantó de la cama el niño. Nada me dolió más en el mundo que los ojos de aquel, nuestro hijo, a la puerta de la cocina. Le pedí que se fuera a la cama y comencé a reflexionar sobre las estupideces que había hecho y sobre la posibilidad de que realmente tuvieras hecha la vasectomía.
Fui al doctor y cuando le dije que estaba embarazada me expulsó de la consulta y no quiso volver a recibirme. Tuvimos que cambiar de médico. Comencé a tener pánico a ese niño que estaba engendrando. Me detestabas y te emborrachabas día tras día escupiéndome en la cara la desidia de mis actos y renegando de la vida que estaba gestando. Lloré mucho durante aquella época, y me culpé mucho más. Quise quitarme la vida. Conociendo los riesgos que comporta toda gestación, sobre todo en mí; un día golpeé, con todas mis fuerzas, una y otra vez mi vientre contra la pared; hasta que caí rendida al suelo sangrando de entre las piernas. Me llevasteis al hospital y el niño salió muerto, pero yo no. Mi mente no podía soportar el hecho de vivir con tu repulsa y con el desprecio que yo misma tenía hacia mi persona. Imaginé que había sido un ángel maligno el causante de todo; tú te habías hecho la vasectomía y el doctor utilizó condón, sólo un espíritu perverso pudo haber fecundado en mí aquel ser y quiso llevárselo antes de que naciera. No podía ser otra cosa. Renegaba una y otra vez del joven médico que me engañó en complicidad con el ente maligno y misterioso.
Os puedo asegurar que entre todo los avatares de mi vida, los momentos que he pasado con vosotros son lo más hermoso que me ha podido ocurrir. Os quiero tanto… siento hasta lo más profundo de mi alma no haber sabido estar a la altura del amor que os profeso”.
Cuando Leopoldo terminó de leer esta carta las voces repitiendo su nombre una y otra vez desde la lejanía, se iban acercando. Esta vez no se escondió, estaba anocheciendo y el cementerio no es un lugar muy propicio. Volvió la vista para ver la tumba con su resquebrajada losa sobre la que estaba sentado. La miró y se encogió de hombros. No sabía que pensar, quizás la vida arrastre locuras o quizás sean las locuras las que nos arrastran por la vida, de todas formas, él estaba seguro de que sus padres no habían tenido unas relaciones tan tortuosas, ni siquiera él, como hijo, tenía la sensación de haberlas padecido. Pero comenzó a sentirse excluido de las pugnas de los mayores; en cualquier caso, el hijo del difunto era el que menos se había enterado de las trifulcas de sus padres.
No le dio tiempo a ponerse en pié cuando le abrazó su madre alzándolo por los aires. — ¡Hijo! ¡Hijo!, tú no tienes la culpa, es cosa de mayores.— Junto a su madre, su padre también le abrazaba y le besaba mientras le decía — No podemos seguir juntos, pero tampoco queremos hacerte daño. ¿No lo comprendes?.—
El muchacho miró a sus padres, volvió la vista al panteón y se dijo en voz baja —¡Vaya lío!—.