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Archivo de la categoría: Historas de Laudelino

El gato de Schrödinger

Cuando Laudelino Pocaspenas entró en el restaurante de Isidra con el periódico en la mano y el rostro abatido, Isidra estaba preparando unos pimientos rellenos para un grupo de turistas chinos con gran nerviosismo y preocupación, ya que si esos orientales salían contentos de aquella comida era muy posible que la operadora de viajes hiciera una parada para comer en su restaurante.

Laudelino, dirigiéndose a la cocinera, dijo en voz baja y resignado, tirando el periódico sobre el mostrador:

– Hoy mi mujer se ha marchado sin darme un beso. Ayer también, no sé si es que está enfadada o tiene novio

Isidra, sin embargo, continuaba con sus pimientos.

–Me ha dicho Braulia que lo más importante en los pimientos rellenos es la salsa. No sé…, no sé…

–Pero no te das cuenta. Si mi mujer está saliendo con otro, ¿qué voy a hacer yo? Me está poniendo los cuernos–.Y levantaba las manos sobre su cabeza mostrando la enormidad de los mismos

–Déjame, Laudelino, que tengo otros problemas. Creo que un poco de besamel y unas cuantas gambas troceadas mejorarán el relleno… ¡Ummm! Le falta un poco sal.

En ese momento entró en el bar; con el pelo revuelto, las gafas torcidas sobre la nariz y un montón de libros que mantiene a duras penas con sus dos manos, Rafael; un estudiante de física que era considerado como el más inteligente del pueblo.

–Rafael, mira, como me esté engañando mi mujer, creo que me voy a inmolar.

Entonces Isidra levanta la cabeza y pregunta.

–¡Qué tontería! Estás seguro de lo que dices

–A no sé. Eso de inmolarme… igual ya vale con quemar la ropa en la plaza y salir corriendo en pelota picada… Pero ya ni me besa.

Rafael, sin hacer caso a lo que se estaba diciendo, continuaba con sus pensamientos mientras movía los labios como si estuviera rezando.

–Rafael, ¿Qué te paree cómo están quedando estos pimientos?

El muchacho se acercó a la bandeja, y dijo que tenían buena pinta.

–No sé –replicó Isidra –tiene que gustar. ¡Ay! ¡que los chinos son muy raros!

–Y si mi mujer no me quiere ¿Qué crees que debo hacer? –pregunta Laudelino al joven que deja los libros sobre una mesa para que no se le caigan.

–¡Qué sé yo!. ¿Qué quieres que te diga? ¿Has hablado con ella?

–Si no me besa ¿Cómo voy a hablar?

Rafael mira los pimientos, después el periódico y dice convencido de tener la solución.

Todo esto es como el caso del gato de Schrödinger.

–¿Es chino?–pregunta Isidra

–Es el gato de algún vecino tuyo que se a ido por ahí con otra. Pero un gato es normal que busque gata. Pero mi mujer…

Hace años, continuó Rafael, el físico sr. Schrödinger, para exponer uno de los aspecto de la física cuántica, propuso el ejemplo de un gato encerrado en un cajón, clocando sobre él una botella con un liquido que al soltarse se tenía que gasificar en un veneno mortal, y un martillo que podía golpear, según que condiciones, la susodicha botella derramando el líquido dentro de la caja donde estaba el gato, que moriría en el acto.

–Hombre, Rafael, yo no voy matar a mi mujer. Antes me inmolo.

–¡Calla, Laudelino! que no te enteras de nada–respondió Isidra solicitando con un gesto a Rafael para que continuara.

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Schrödinger –continuó el joven– entonces propone activar una partícula radiactiva, que si se desintegra, accionaría el martillo que rompería el frasco. Dicha partícula tendría un 50% de posibilidades de desintegrarse. Determinando que mientras no se abra la caja, el gato está vivo y muerto a la vez; sólo podemos hablar de la potencialidad del estado del gato. En el momento de abrir la caja se modifica el estado del sistema, ya que observamos al gato, bien vivo o bien muerto.

Laudelino mira asombrado a Isidra que meneaba la bandeja de los dichosos pimientos de un lado para otro sin saber qué hacer, si meterlos al horno o tirarlos por el retrete. Después, volviéndose la cocinera hacia el lúcido físico le pregunta:

–Bueno, y al abrir la caja ¿Cómo está el gato?

Rafael observando la cara de angustia de sus oyentes encogiéndose de hombros responde:

–Pues, vivo– dejando sin explicar la otra posibilidad.

–¡Menos mal!– respondió Laudelino –ya pensé que tenía que inmolarme.

Y tomando aire los dos angustiados vecinos, lo soltaron poco a poco mientras la cocinera metía los pimientos en el horno y el compañero Pocaspenas salía del bar olvidando el periódico.

 

Fernando Urien

 
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Publicado por en 28 noviembre, 2009 in Historas de Laudelino

 

Laudelino Pocaspenas

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Laudelino Pocaspenas

Dicen que Laudelino es un hombre desgarbado, no sé a que querrán decir con semejante adjetivo, suele llevar una chaqueta a cuadros, sin corbata y en pelo desmelenado, no creo que sea por descuidado, si no más bien porque tiene un pelo tieso, indomable ante la amenaza de cualquier peine. Está casado y tiene un hijo y una hija. Para desayunar come fruta, porque, dicen que la mejor forma de comerla es en ayunas; la leche, cuando la toma, ha de ser desnatada, sin grasas; vamos, que no tenga colesterol porque a este hombre le gusta cuidarse, estar joven; aunque ha decir verdad, los jóvenes no se preocupan de esas cosas, los son y ya está. No obstante Laudelino ya ha superado el medio siglo y le han dicho que debe de cuidarse que haga ejercicio de forma rutinaria y que procure no tomar grasas, ni dulces. No es que tenga nada más en especial a parte de la edad si es que ésta lo fuera.

El otro día, según volvía Laudelino del trabajo, tuvo que pasar entre un grupo de jóvenes que ocupaban toda la acera. Eran unos muchachos altos y grandes, entre ellos el pobre Pocaspenas se sentía pequeño. Según pasaba en, procurando no molestar mucho, el más alto de todos, que tenía una flor de lis tatuada bajo la oreja, le miró desde aquella talla y sonriente le saludó. Laudelino devolvió el saludo con cierta inseguridad. ¡Quien demonios era ese muchacho!, ¿lo conocía? No. Laudelino no tenía ni remota idea de quien podía ser ese grandullón.

Al llegar a casa, nuestro amigo seguía dándole vueltas al asunto del muchacho. No recordaba quien podía ser y eso le preocupaba ¿Estaría perdiendo memoria?; comenzó a preocuparse, por lo que decidió que debía de comer ajos, ya que dicen que favorece la retentiva.

Cuando llegó Felisa, su mujer, lo primero que hizo Laudelino fue contarle lo sucedido.

– ¿Dices que tenía una flor de lis tatuada? –Preguntó Felisa como queriendo confirmar

–Sí, bajo la oreja.

–Ese es Joselito. ¿No te acuerdas? El hijo de Asun que fue compañero de Fernando, nuestro hijo, cuando eran pequeños.

Laudelino, aún con esos datos, mantenía una cara de circunstancias que daba pena.

–Sí, hombre, su marido era taxista, en cierta ocasión jugaste una partida al mus, que pediste, como siempre, claro. No te acuerdas.

Pocaspenas alzó las cejas y abrió la boca lentamente mientras decía:

– ¡Ah! sí, el hijo del taxista, ese chiquillo que no dejaba el balón para nada. Ya sé. Pues cómo se ha puesto.

–Claro a estas edades si dejas un tiempo de verles dan un cambió total.

Sí, Laudelino, al final reconoció a aquel joven grande que le saludó mirando para abajo como quien mira a un enano. Era el muchacho que, en cierta ocasión, mientras jugaban al mus, de un balonazo tiró la cerveza sobre su pantalón. Después, cuando se acercó a recogerla, Laudelino se la entregó con una sonrisa y muy amable mientras pensaba por dentro; “la próxima vez te vas a tragar la pelota, chiquitín”

Así que era ese chico que le miró, tal como él lo miró antaño y le saludo amablemente, igual que él hizo cundo era niño… ¿Qué coño habrá pensado que debo tragarme? se preguntó temeroso, nuestro amigo Pocaspenas.

 
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Publicado por en 13 septiembre, 2009 in Historas de Laudelino

 
 
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