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Archivo de la categoría: Microrrelato

María de la Piedra Seca

María de la Piedra Seca

Su madre rompió aguas antes de que ella naciera, no se sabe si fue una etapa más del embarazo o si la niña decidió expulsar el líquido que la contenía para salir a la luz seca. Fue el bebé que menos humedad portó al asomarse a la vida. Le pusieron de nombre María de la Piedra Seca porque al nacer lloró cuando la lavaron, y nunca consintió que le mojaran tan siquiera los labios con un poco de agua. De pequeña siempre estaba sucia, por eso la llamaban Cenicienta. Su madre tenía una verdadera lid para meterla en el agua. Le gustaba la playa para jugar con la arena, pero no consentía que una sola ola tocara sus pies. Se casó en Tierra Árida y fueron de viaje de novios a Arizona para ver los matojos de hierba seca rodar con el viento. Escapaba nerviosa de la lluvia y temía a las tormentas; se escondía en casa hasta que pasasen. No lloraba por no mojarse las mejillas. Apenas bebía agua y murió deshidratada por una insolación. Se incinero su cuerpo como era su deseo. Después su familia esparció los restos por el mar, cuyas aguas tragaron sin reparo todas y cada una de las motas de polvo.

 
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Publicado por en 27 mayo, 2011 in Microrrelato

 

CUALQUIERA

Cualquiera

 

Cualquiera es el más común de los humanos y el que menos interés despierta por desconocido y anónimo. Es una partida de gasto en el balance de una empresa. Es un dato infinitesimal en una encuesta. Es una partícula de la masa que responde al unísono junto a los demás. Cuando habla nadie le escucha; por eso a veces se junta con otros cualquiera para que se les oiga. Es ése que siempre se despierta a la misma hora, va a trabajar y vuelve para dormir. En ocasiones sueña con ser algo más que un vulgar desconocido. Es invisible en su soledad, inexistente para la historia. Sólo es importante en grupo. Pero cuando dos de esos cualquiera se aman, sienten que el mundo carece de importancia para ellos y disfrutan, con sus sueños, de la soledad que les da el anonimato. Y aunque eso no despierte el  interés de nadie, ni les va ni les viene, porque el mundo son ellos; aunque el mundo no lo sepa.

Fernando Urien

 
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Publicado por en 28 diciembre, 2010 in Microrrelato

 

Quién sabe

 

 

Quién sabe

El rubio es el más listo de todos, no porque tenga gafas, sino porque es el menos bullicioso y cuando habla todos callan. El de su derecha, más alto y moreno, no es que sea muy bueno estudiando, pero tiene madera de líder; cuando habla mueve los brazos abarcando todo el espacio. El más bajo y relleno sí que estudia, pero no logra las notas que por su esfuerzo debería tener. El último, que está frente a mí, ese alargado que al sentarse parece encogerse; ése tiene un autoestima que da pena.

Estábamos todos en el bar cuando surgió una pregunta sobre Bertand Rusell. El último, el doblado en su asiento,  muy apurado dijo que no, que tenía que estudiarlo. Entonces, el moreno, líder del grupo, le respondió que eso estaba chupado, y alzando el vaso dijo: “Brindemos por la antropología”. Todos levantaron sus copas y comenzaron a sonar los vidrios según se golpeaban. También yo levanté la mía, y no sé por qué, ya que ese brindis me pareció de lo más tonto; por la antropología.

Mi mano dirigió la copa contra las otras, que parecían quebrarse por los golpes, pero ni las rozó; traspasó los vidrios, las manos y a todos mis amigos si fueran aire. Mientras ellos reían y golpeaban sus copas, yo movía la mano de un lado para otro mientras la mía, ignorando a las demás, se fundía en sus cristales y los pasaba de largo como si no existieran. Así me quedé, levantado y moviendo el vaso en el aire mientras mis compañeros bebían después de haber brindado.

Me senté de nuevo y quedé observándolos. Ya no estaba seguro si ellos ya no existían o era yo el fantasma…

 

Fernando Urien

 
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Publicado por en 13 noviembre, 2010 in Microrrelato

 

El último beso

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El último beso

 

Mientras ella permanecía inmóvil él dibujó sus labios con un carmín lascivo; espolvoreó su rostro dándole un color lozano, como si hubiera tomado el sol; deslizó el peine entre los hilos de su cabello recordando el tacto de cuando reposaba sobre su pecho; la vistió con sedas tan suaves que, apenas llegaron a acariciar la fría piel, dibujaron la silueta de su perfecto cuerpo; luego la cubrió desde los hombros hasta los pies con un manto verde de terciopelo. Estaba perfecta, hasta el cielo envidiando su belleza, nubló la luz.

Aproximó su rostro al de ella rozando los labios con los suyos. Con el aliento se deslizó un poema inacabado que quedó suspendido en el aire entre el carmín y las perlas que éste escondía. Una mano lo tomó por el hombro separando la estampa. Al alejarse notó un escalofrío que recorrió sus venas haciendo temblar al corazón. Luego cerraron el féretro dejando la imagen que guardaba suspendida entre el deseo y un recuerdo que se repetiría por mucho tiempo.

Fernando Urien

 
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Publicado por en 15 mayo, 2010 in Microrrelato

 

Las cartas

Las cartas.

Sobre el embozo de la sábana reposa una mano que aprieta con vigor un escrito; el esfuerzo se nota en la tensión de los dedos, en las venas marcadas y en el papel rasgado por la fuerza de las uñas. El silencio cubre las mantas y la humedad la almohada. Las letras parecen rotas como trozos de vidrio que se arrastran por el papel dañándolo. Las frases son cortas y filosas, y la firma no se ve por la fuerza de los dedos que la abaten y unas uñas que la extirpan.

Los dedos van agolpando con fuerza la nota entre la palma, con un cris-cras tan sonoro en el silencio que al encogerse el papel pare quebrar las palabras y despedazar las frases que un día se escribieron. Después al cerrase, la mano aprieta con tal fuerza la nota que el puño tiembla haciendo tiritar hasta la cama, en la que se va escondiendo el cuerpo mientras la mano se tranquiliza, hasta dejar caer el estrangulado papel donde se amontonan las letras, las frases desordenadas y una tinta que más que escribir parece que ensucia. Queda la nota en el suelo, a los pies del lecho, y huye la poca luz que la ilumina hasta que es devorada por la oscuridad.

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En otro lugar, entre el silencio del atardecer, reposando sobre el lecho; otra mano sujeta una nota que los dedos acarician mientras el mensaje se desliza por la palma. El aire rueda entre los signos arrebatándole un perfume que emerge en el ambiente e ilumina la cabecera. La maestría en el trazo de las letras hace de ellas una obra de arte, y en las frases asoman poemas inspirados al amanecer, cuando nace el Sol arrebatando a la oscuridad el miedo de la noche.

Las uñas de los dedos van subrayando las frases que son repetidas, por lo bajo, por un corazón que quiere grabarlas en la memoria. Se oye una suave música que relaja al cuerpo que se acurruca entre las mantas. La tinta adorna el plano mientras esboza unas letras que no pueden dejar de ser leídas, saboreadas una y otra vez hasta que la noche apaga la luz y el sueño, en su mundo misterioso, vuelve a dibujarlas.

©Fernando Urien

 
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Publicado por en 12 diciembre, 2009 in Microrrelato

 

Todos los días

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Todos los días

Todos los días suena el despertador sacándome del letargo con un sobresalto, me levanto de la cama para después asearme en el lavabo, tomo un buen desayuno con el fin de aguantar  toda la mañana en la oficina. Ya a primera hora del atardecer, con bastante apetito, almuerzo; después vuelvo a trabajar si me toca, escribo un poco, salgo a dar una vuelta, ceno y  a la cama para que al día siguiente me despierte sobresaltado, desayune, vaya a trabajar, vuelva a almorzar, pase la tarde , cene y otra vez en la cama, para despertarme, desayunar, trabajar, almorzar, cenar y dormir, para despertar, almorzar, dormir… despertar… dormir… ¡Qué rápido pasa el tiempo!

Fernando Urien.

 
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Publicado por en 12 junio, 2009 in Microrrelato

 

Un pequeño vuelo

Un pequeño vuelo

Corría el niño queriendo elevarse como Supermán. El aire acariciaba su imberbe rostro, liso en formas, tierno; con una mirada aún infantil. Los pájaros le retaban con sus alas para que se alzase al cielo y él volaba… tan alto como alcanzaba su imaginación. Se deslizaba sobre las flores doblándolas a su paso, como una ráfaga de inocente viento; sus pies apenas tocaban el suelo, sólo un poco con la punta, acariciando la tierra. Se elevaba, sí, al compás del canto de los pájaros, empujado por el viento, alzado por un sueño infantil; poder volar, escapar de la tierra y llegar muy alto, ser Supermán.

Un estruendo, como un invisible muro golpeó al niño tirándolo al suelo… Cogió su fusil y pegando su cuerpo a la tierra se arrastró como las serpientes para no ser visto…

 
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Publicado por en 27 abril, 2009 in Microrrelato

 

Por unos cuantos euros

 

 

 

Por unos cuantos euros.

 

31 de agosto 12:00 del mediodía:

He entrado en el banco a punta de pistola. Aunque me temblaba la mano y el arma no era real, los empleados han estado muy quietos. Creo que una joven gritó un poco, pero se ha callado en cuanto al darme la vuelta la he apuntado con el arma. La media que me cubría la cara me estaba picando y no he podido rascarme, me ha molestado mucho. Ningún empleado puso resistencia. Tomé todo el dinero que me dio tiempo; no debía de estar dentro de la oficina más de diez minutos. Creo que nadie me ha reconocido, ya que llevaba la cara cubierta con la dichosa prenda que me fastidiaba mucho.

31 de agosto 20:00 horas:

He decidido gastar parte del dinero en ir a cenar con Andrea. Luego la invitaré a tomar unas copas y al baile… ¡A ver si hay suerte!.

31 de agosto 24:00

Hemos estado cenando en una terraza del restaurante "La parrilla". Andrea ha estado muy amable. Me gusta ver cómo se mueven sus labios cuando habla. Después hemos ido a bailar, se arrimaba un montón; estaba muy contenta. Cuando Andrea toma una copa de más tiene un punto muy cachondo. Ahora estamos en mi apartamento y se está preparando… yo ya lo estoy.

01 de setiembre 7:00 de la maña

La policía ha llamado a la puerta del apartamento. He procurado controlar los nervios. Me han preguntado a ver donde obtuve un billete de cincuenta euros que, al parecer, gasté en el restaurante "La parrilla", ya que su numeración coincidía con la de unos billetes robados. Andrea, que estaba en la cama, ha comenzado a decir, mientras se cubría con una sábana, que ella no sabía nada y que he sido yo quien ha pagado la cena.

Les he dicho que no lo recuerdo nada, pero uno de los policías ha registrado mis bolsillos encontrando dos billetes más. Todos del banco. No he sabido qué decir… creo que debo de buscarme un abogado… no sé con qué billetes pagarle.

Fernando Urien

 
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Publicado por en 7 febrero, 2009 in Microrrelato

 

Jugando con la videoconsola

 

Jugando con la videoconsola

Marchaba un comunista estalinista, rojo de verdad; caminando por el parque mientras entretenía su ocio con una videoconsola, jugando a matar fascistas nacionalsocialistas. Disfrutaba tanto con el juego que aporreaba las teclas como con una piqueta, y cada vez que tenía que matar a un fascista se mordía la lengua con tanta furia que a veces se hacia sangrar; todo por no errar el tiro. Así andaba por el parque, sin darse cuenta que de frente venía un nacionalsocialista, fascista al cuño; con otra videoconsola en la mano, haciendo los mismos gestos que el distraído estalinista; sólo que eran rojos comunistas los que mataba en vez de fascistas.

Como los dos iban muy distraídos al cruzarse se tropezaron y cayeron al suelo. Una máquina para un lado y la otra para el otro. Se pidieron perdón y recogieron las videoconsolas equivocadas. Así marcharon, mordiéndose la lengua para no errar el tiro y golpeando con ganas las teclas, un fascista jugando a matar socialnacionalistas y un estalinista, con las mismas trazas, matando rojos comunista a diestro y siniestro.

 
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Publicado por en 2 noviembre, 2008 in Microrrelato

 

La pregunta.

 

La Pregunta

Había un hombre sabio que pasaba el día meditando sobre el mar, el cielo y la tierra; y había una pregunta que le trastornaba por completo ¿Qué finalidad tiene el hombre, con todos los esfuerzos que gasta en esta vida, si al final termina desapareciendo?. Desde que salía el Sol hasta el nuevo amanecer no había tiempo suficiente para obtener la respuesta adecuada.

Junto a él vivía un esclavo que araba la tierra, cuidaba el ganado, preparaba la comida y el lecho para él y para su amo, el pensador. Y también tenía una pregunta que le obsesionaba de forma especial y se repetía en su mente cada vez que disfrutaba de un momento de descanso, o cuando se iba a acostar, o cuando tomaba el agua cristalina del arrollo. Siempre la misma pregunta, que más que una duda era verdadera esperanza para él ¿Cuándo llegarán las vacaciones?

 
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Publicado por en 10 julio, 2008 in Microrrelato

 
 
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