RSS

A Juanra (un amigo)


A Juanra

 

No fue el vulgar gorrión que anda a saltos

quien trajo la nota desdichada;

Ni fue la paloma mensajera

quien vino reclamando el acuerdo;

ni el rapaz gavilán,

ni el águila,

ni el cuervo.

Fue el viento

quien de un soplo se lo llevó al cielo…

Mas dejó marcado un rastro en tierra

que en nuestra memoria vence al tiempo.

–oo—

Así quebró el témpano su esencia,

la transparencia perdió su velo,

su imagen tenue, entre grieta y grieta,

quedó nublada y etérea  en el hielo,

pero viva y clara en el recuerdo.

 

 ©Fernando Urien

 

 

 
Leave a comment

Publicado por en 10 septiembre, 2011 in Poemas

 

Rueda la rueda


 

Rueda la rueda

 

Rueda la rueda

que tal como la vida

rodando va.

 

 
Leave a comment

Publicado por en 3 septiembre, 2011 in Haikus

 

El miedo


El miedo

Quizás el miedo sea la constante que más nos acompaña en toda la vida. Recuerdo de pequeño el miedo que me daban las películas de Walt Disney, el miedo que pasé, ya más mayor, con El Exorcista que aunque no creía en ello, si es cierto que me aterraba pensar que la imaginación pudiera hacernos ver como real lo ficticio. El miedo a la reprimenda por haber hecho las cosas mal, el miedo a las calabazas de una mujer, el miedo a la oscuridad, a la amenaza, el miedo a la independencia, a la responsabilidad, a la pérdida de un ser querido, a la muerte.

Quizás una de las etapas por las que hemos de pasar bastante miedo sea en la vejez. Porque, de alguna forma, vemos mermar nuestras capacidades mientras las personas de nuestro entorno, en ocasiones, nos exigen como adultos, como lo que antes éramos.

Así le pasaba a Doña Eulalia, que tenía dos hijos: Alfredo y Miranda. Vivía sola en una casa bien hacendada y cómoda, pero en la que el silencio la había transformado en fría y lóbrega. Por eso, Doña Eulalia encendía la radio con el volumen alto, para que se escuchara en toda la  casa y pareciera que no estaba sola.  Doña Eulalia tenía plantas porque vivían, crecían y necesitaban de sus cuidados. Doña Eulalia también se acordaba de sus hijos a menudo; no podían ir a verla porque estaban trabajando y había unos nietos pequeños a los que debían de cuidar. Pero doña Eulalia quería a sus hijos, y añoraba los días que, de ciento en viento, le iban a ver. 

Doña Eulalia temía a la noche porque estaba sola y, a veces, oía ruidos en la casa; quizás fuera una corriente de aire, la madera pisada que tornaba a su postura inicial, o qué sé yo; pero oía esos ruidos que antaño no le preocupaban porque había alguien a su lado. Doña Eulalia, por la noche veía sombras; pero, claro, así se ve en la oscuridad. Por eso nunca se quejaba, porque no era una niña, ya estaba entrada en años.

En cierta ocasión, a doña Eulalia le dolían los huesos, pero eso le pasaba muchas veces, y le costaba tomar aire. Mas como seguía respirando, no le dio importancia y echó la culpa a los años. Pero cuando se metió en la cama y la oscuridad estrechó las paredes de su cuarto, el dolor apareció más agudo que de costumbre. Cuando oyó; no sé que ruido, cualquiera que fuera; notó que casi no podía respirar. La oscuridad le intimidaba adentrándose en la cama, y, entre las mantas, le robaba el aire. Ella lo sabía, pero cómo decirlo si nadie le iba a creer.

Al final, como se sentía muy mal, tomó el teléfono y, con cierto temor a molestar, llamó a su hija diciéndole que tenía dolores, que se mareaba, que le costaba tomar aire… Miranda respondió que tomase una pastilla para dormir y que al día siguiente, si seguía mal, ya llamarían a un médico.

Colgó el teléfono, miró hacía arriba y vio descolgarse del techo a la oscuridad, como estalactitas negras que se esforzaban por alcanzar la cama donde ella reposaba. Las sombras se movían por los cuartos de la casa en silencio, un mutismo que la estaba asfixiando. Aquel no era su hogar, allí no había nadie más que los crepúsculos, el silencio y una soledad que le asustaba.

Al día siguiente, cuando los hijos fueron a verla y llamaron a casa de doña Eulalia, nadie salió a abrirles; tuvieron que entrar con la llave que guardaban por si había alguna urgencia. Encontraron a la abuela  en la cama con los ojos cerrados e inmóviles. Se preguntaron si seguiría dormida y la empujaron del hombro para despertarla, pero no volvió a abrir los párpados.

La hija lloró y se culpó por no haberla hecho caso; el hijo estuvo callado, serio y consecuente. Alguien dijo, por consolar, que había sido una muerta rápida, sin sufrimiento, de un sueño… Sin embargo, en el brazo que asomaba entre las mantas, se podía ver que en su piel aún tenía los pelos en punta.

©Fernando Urien.

 
Leave a comment

Publicado por en 4 agosto, 2011 in Comentarios

 

Sinfonia Inacabada


Sinfonía inacabada

 

Parece que vamos por senderos ya andados,

hablamos con palabras mencionadas,

lloramos lágrimas repetidas

y reímos porque ríen los demás.

 

Que imitamos las miradas hacia el cielo

recontando sus brillos de colores,

y recitamos versos ya escritos

por una vida mejor en el más allá.

 

¡Ay! Me aburre la música de las olas

con su eterna y reiterada melodía,

que a falta de una nota en el pentagrama,

el mar repite, una otra y otra vez,

la misma sinfonía sin acabar.

 

Así vivimos en un difícil laberinto

construido con caminos circulares

que siempre van hacia donde partimos

aunque parezca que logramos avanzar.

 

De esta forma todos nacemos,

amamos, reímos y morimos

como siempre lo hemos hecho

y acabamos nuestras gracias

para que otros vuelvan a empezar.

© Fernando Urien

 
Leave a comment

Publicado por en 12 julio, 2011 in Poemas

 

Conversaciones con un recluso


Conversaciones con un recluso

Un Escalofrío que tensaba el músculo, recorrió el cuerpo de Begoña al traspasar la puerta de la prisión que chirriaba al abrirse de lo poco acostumbrada que estaba a ese giro. El eco de sus pasos se repetía rompiendo el silencio de la galería. Ella nunca había estado en un lugar como ése e imaginaba a los reclusos sucios, con tatuajes en los brazos y mirada desconfiada; debían haber cometido muchos delitos, era gente desalmada. Quizás la idea que tenía de aquel lugar se identificaba con el estereotipo más rancio de lo que debe de ser un preso; sin embargo no se asustaba, aunque los motivos que le habían dado para que estuviera allí se le revolvían el estómago como una mala digestión. Cuando llegó no conocía las horas de visita, pero no importaba; tenía una carta de recomendación. Se dirigió a información y la mostró:

Siga por aquel pasillo y entréguelo en la última sala que hay a la derecha–. Respondió el funcionario mientras señalaba una alargada galería.

La puerta estaba abierta, dentro había dos funcionarios, uno sentado y el otro de pié recostado contra la pared mientras fumaba un pitillo. Cuando Begoña entregó el documento de presentación, uno de ellos contestó después de mirarlo:

Ya sabe que éstas no son horas de visitas señora… y mirando de nuevo el documento leyó – Usandizaga.

Es la hora que me han dado; ya sabe, cosas de la burocracia. De todas formas, esto no es una visita . El funcionario haciendo un gesto con la mano acompañó a Begoña adentrándose más en las estancias de la cárcel, hasta una habitación de cuatro paredes vacías; un aire gélido flotaba en toda la estancia. En una esquina y a lo alto había una cámara de televisión, en el centro una mesa metálica con unos pocos papeles esparcidos sobre ella.

Pase por aquí y entre en esa habitación. Vamos a llamar al recluso ¿Lo conoce?

Un poco. Por la prensa más que nada.

 

—¿Le conoce él a usted?.

No.

Bien, puede venir los lunes, miércoles y viernes a esta hora. Estarán vigilados, esta habitación tiene cámaras y habrá un vigilante en la puerta. No creo que tanga problemas.

Begoña se quedó sola mientras traían al recluso. La sobriedad del lugar le encogía el alma, no obstante no sentía ninguna lástima por la gente de allí, sabía que eran delincuentes; que en algunos el oscuro vaho de la soberbia entumecía tanto sus sentimientos que ni siquiera tenían conciencia del mal que habían hecho y se enorgullecían de sus actos. Era a estos últimos a quienes Begoña guardaba más rencor. Aunque tenía su propio juicio sobre el recluso que iba a ver, a quien no conocía más que por la prensa, su recuerdo la ofendía arrastrando por su interior unos sentimientos que hacía tiempo creía olvidados.

Cuando llegaron con el preso y lo vio esposado entre los policías, le decepcionó en parte; era más bien bajito, con el pelo revuelto y miraba con desconfianza sin saber qué es lo que estaba pasando; ella lo imaginó diferente.

Begoña se levantó del asiento y quedó quieta, observándolo. Era una mujer de pelo negro, bien peinado y seria. vestía tonos oscuros, casi se podía decir que estaba de luto; de su cuello colgaba una medalla junto a un pequeño crucifijo de oro. Tenía los ojos un poco colorados y una ligeras ojeras malamente maquilladas daban un aire cansado a un rostro hermoso, adornado con arrugas de madurez. Aunque le temblaban las manos mientras miraba a su compañero de visita, levantando la cabeza preguntó en alta voz y sin bajar la vista:

¿Mikel García?

Gartzia respondió el preso con desprecio y arrogancia.

¡Siéntate! ordenó un funcionario mientas empujaba al reo para que se acomodara en una silla frente a Begoña.

¿Qué es lo que quiere? ¿A qué me habéis traído aquí? No pienso traicionar a Euskal Herria.

La mujer, sin tomar asiento, se dirigió al recluso en suave tono y un poco nerviosa:

Yo no estoy aquí para interrogarte de nada, ni para hablar de política. Vengo… Begoña paró un momento y se volvió para secarse un poco las mejillas y sonarse los mocos, estaba conmovida. Ese acto Mikel no lo esperaba, le dejó un poco confuso.¿Qué clase de interrogatorio iba hacer una señora en esas condiciones? y si no le iba a preguntar nada ¿qué hacía allí? El joven no entendía muy bien el papel que debía realizar una mujer que parecía desmoronarse, ni lo que estaba ocurriendo. Le habían dicho que esa entrevista podía reducir su condena, el resto, aunque le traía sin cuidado, le desconcertaba.

Vengo continuó Begoña de la parroquia de San Isidro. Mi misión es hacer una serie de visitas a un recluso, a ti.

¿Todo este tinglado por el clero? ¿Va a hablarme de Dios?

El párroco conocía al obispo que a su vez conocía a no sé quién y han presentado todo esto como un experimento. Dicen que puede ser bueno para ti y para mí.

No entiendo nada. ¿De qué tenemos que hablar?

No sé, tampoco yo lo entiendo muy bien respondió la mujer tomando asiento frente al recluso.

Bueno Intervino el policía dirigiéndose a Begoña, entonces nosotros estamos fuera, si necesita algo no tiene más que llamarnos.

Cuando quedaron solos el silencio heló el ambiente, ninguno de los dos parecía saber qué decir. Begoña miraba a Mikel sin parpadear y éste observaba los ojos de la mujer; estaban colorados. No había guión, ni nada preparado; un verdadero disparate, pensó el joven. Sin embargo Begoña le miraba de forma insistente, casi sin parpadear, como si le quisiera robar sus más íntimos pensamientos con el iris. Entre la tensión del no saber qué decir y la insistente mirada de la mujer, el joven comenzó a sentirse intimidado, no obstante, antes de perder la compostura prefirió desparramar su cuerpo por la silla, como si se estuviera aburriendo con tanto silencio.

Tú dirás solicitó el joven reincorporándose de nuevo.

La mujer, haciendo un gesto con las manos resolvió al azar:

¿Sabes jugar al ajedrez?

El joven sonrió, pasar una hora jugando con una extraña al ajedrez y obtener beneficios penitenciarios por ello no era mala idea.

Bien, se nos hará más entretenido.

Begoña, llamando a un funcionario solicitó el juego que estuvo sobre la mesa al poco rato.

Mikel inició la partida moviendo las fichas de forma distraída, pero guardando el orden para lograr el mate del pastor, era una jugada muy conocida pero lo cierto es que él no sabía mucho más de estas piezas. Begoña se lo desbarató en el segundo movimiento. Entonces el joven mostró una leve sonrisa en sus labios, miró a la mujer complaciente, como si se hubiera despertado en él cierto agrado por la compañía de esa señora tan seria:

Me recuerdas a mi mujer, con dos movimientos no me deja desarrollar el jaque mate pastor.

¿También ella juega al ajedrez?

Sí, es mejor que yo.

¿Viene a verte a menudo?

Mikel levantó la vista del tablero, sus ojos extraviaron la mirada hacia el recuerdo y cierta ternura se desprendió de sus labios, como un soplo que sale del corazón, acariciando las cuerdas vocales:

No, no viene.

Begoña, sorprendida, dejó de mirar las fichas y volvió sus ojos hacia su compañero respondiéndose con un gesto entre ingenuo y despectivo:

¡Vaya por Dios! No te quiere o qué.

Está en París, en la cárcel. Al igual que yo por defender nuestro pueblo. Si no viene es porque no puede.

Begoña no respondió nada, volvió la vista a la mesa y después movió una pieza comiendo un alfil al reo. Lo hizo con brío, se podría decir que hasta con ira. No escuchaba las palabras de su compañero, se hacía la tonta, como si no oyera nada de lo que le estaba contando.

¿Vives con alguien? preguntó Mikel mientras volvía la vista al juego.

Begoña tardó en responder, tan siquiera levantó la cabeza del juego hasta que movió su pieza:

Estoy casada, si eso es lo que quieres saber, con un hombre maravilloso.

Las palabras se deslizaron suaves entre los labios de la mujer, quedando su eco suspendido en el aire. En ese momento los ojos de la mujer se abrieron un poco más, pareció como si se hubiera hecho la luz en su cara; era la primera vez que Mikel vio que la firmeza de su rostro perdía la compostura y dejaba entrever un aire más humano

Estás enamorada respondió el preso con una sonrisa.

Hace doce años que lo estoy después de aspirar una bocanada de aire continuó—. Siempre me ha tratado con sumo cuidado, ha soportado en silencio mis manías y me ha defendido aún cuando no tenía razón; nunca me ha reprochado nada. ¿Cómo no voy a estar enamorada de él?

Mikel moviendo una pieza comió un caballo a su compañera. Una sonrisa de satisfacción mostró en el rostro de Mikel la vuelta de algún recuerdo agradable a su mente:

A mí me pasa lo mismo. Cuando estoy con ella me gusta tomarla y que se encoja entre mis brazos, me agrada cuando saca su genio y responde cerrando los párpados, hasta dejar entrever sólo unos pequeños y oscuros brillos entre ellos. Muchas veces, cuando está enfadada, le doy un beso y se pone de peores formas, pero me gusta ya ves… Muchas veces sueño con ella, ¿sabes?

Begoña, al oírle hablar así parece estremecerse un poco, esa imagen de persona desalmada que tenía de los presos estaba cayendo ante la mirada ausente del reo, la ternura de su voz y la añoranza de su pecho.

¿Te pasa algo? preguntó el muchacho al ver el rostro de su compañera.

La mujer se levantó volviéndose para darle la espalda y secarse un poco las mejillas; unas lágrimas se habían desprendido de su iris y no quería mostrarlas. Entonces, preocupado, el joven también se puso en pié. Era una mujer extraña; será cosa de esas religiosas que se enternecen por nada, pensó mientras preguntaba:

¿Qué te pasa?

Begoña no respondió ya que en ese mismo instante entraron dos policías indicando que el tiempo se había acabado. Tomaron del brazo al reo y lo arrastraron fuera. Él, mientras marchaba, no dejó de mirar la espalda de su compañera de juego.

Mikel esperó el día siguiente de la extraña visita con cierta curiosidad, esa mujer escondía un misterio en su mirada y la sobria seriedad parecía desplegarse para no permitir ninguna aproximación. Tenía varias preguntas que hacerle, pero no sabía si iba a ser capaz de formularlas; al fin y al cabo, todavía desconfiaba de una extraña religiosa que había aparecido sin saber bien para qué.

Al principió pensó que esas entrevistas iban a ser un interrogatorio en toda regla; vete a saber para qué, pero después de la primera experiencia Mikel comenzó a pensar que era una forma amena de pasar el rato. Begoña era una mujer extraña, pero estar con ella cambiaba el ritmo al que estaba sometido. La idea de una partida de ajedrez y hablar de cosas sin importancia comenzaba a atraerle, temía que esas visitas acabasen y no quería. Cuando llegó a la habitación y vio a que Begoña estaba esperándolo, hasta se alegró. Iba más cuidada, se había pintado un poco de forma muy suave, hasta parecía más joven que la otra vez; sin embargo mantenía la seriedad en su rostro distanciándose de él y evitando cualquier actitud de confianza. La partida de ajedrez estaba sobre la mesa tal y como la habían dejado; Begoña observaba el juego.

No por mucho mirar las piezas se gana una partida comentó Mikel mientras se sentaba junto a su compañera de tertulia.

Es curioso que no se haya tocado una sola pieza ¿Es que en este cuarto no entra nadie más que nosotros?

Y yo qué sé. Pregunta al guardia —contestó Mikel desentendiéndose de ello.

Era una pequeña curiosidad respondió Begoña mientras movía el alfil.

Te tocaba mover pieza, sí señor. Veo que no soy el único que guarda recuerdo de estos encuentros

¿Te agrada jugar conmigo?

Aquí, en la cárcel, tengo todo el tiempo del mundo y de alguna forma hay que pasarlo.

¿Te parece ésta una buena forma?

A mí sí ¿A ti?

A mí no, preferiría estar en otro lugar pero insisten en que venga, ¿sabes? Por eso estoy aquí.

Mikel volvió la vista al tablero, comprendía que no estuviera muy interesada en esa charla, si el estuviera en su situación de libertad no gastaría el tiempo en experimentos con presos. Movió una pieza y respondió:

Yo tampoco querría venir a la cárcel y escuchar las lamentaciones de un recluso que, al fin y al cabo, algo habrá hecho ¿No?.

Begoña levantó la vista y mirando a su compañero le dijo:

Tienes toda la razón. Me lo pregunto cada vez que vengo aquí.

Si yo fuera tú estaría con mi mujer, a la que no veo… Quizás sea eso, el hecho de no poder estar con ella lo que hace crecer la necesidad de tenerla. Pero tú tienes suerte, todas las noches puedes abrazarte a tu hombre… Estas casada, ¿no?

Sí, pero no puedo estar con él, ¿no te lo había dicho? en esta ocasión la mujer levantó la voz y un brillo cubrió su iris mientras despachaba un mirada que parecía querer traspasar a su compañero, sabía que se lo había ocultado. Tú y tu mujer os lo habéis buscado. Pero yo lo perdí sin querer, él tampoco lo quería.

Lo dices con rabia, como si en este país no se pudiera defender un ideal sin ser castigado…

¡Calla! gritó Begoña mientras se levantaba del asiento con brusquedad. No estoy aquí para discutir los motivos de tu condena, que no me incumben; lo dictó un juez, no yo. No quiero hablar de eso, te lo dije desde un principio, la idea es no tocar ese tema y si insistes se acabarán las visitas. Yo no puedo ver a mi marido porque está muerto.

Lo siento. Al parecer estamos iguales.

No, no lo estamos. Yo no tengo posibilidad alguna, tú sí.

Mikel se revolvió un poco en el asiento, iba a contestarle sobre los motivos de su separación y la injusticia de los mismos, a hablarle de que es más doloroso saber dónde está tu amante y no poder disfrutarla, iba a discutir de política pero se calló, tuvo miedo a que cumpliera su palabra y no volviera; ese pequeño rato de tertulia le resultaba agradable. En la cárcel hay demasiado tiempo para pasar entre las zarzas de los recuerdos.

Y ¿lo echas de menos? preguntó en voz baja, como si le hubiera escapado entre los dientes y sin levantar la vista de las piezas

Begoña alzó la vista perdiéndola en lo alto, aunque no había cielo sino techo, pero tan a lo lejos miró que los límites de la estancia no era obstáculo para sus ojos.

Todos los días. Lo echo de menos cada noche al acostarme y cada mañana cuando me despierto, cuando sopla el viento en mi cara y no puedo esconderme entre sus brazos, cuando tengo frío… Recuerdo su forma de andar, cómo se hacía el nudo de la corbata mientras yo le miraba, la cara que ponía cuando discutíamos… una vez me dijo que no hay hombres malos que son las circunstancias lo que nos arrastran en la vida; yo le dije que sí, que las cárceles están llenas de ellos; él insistió en que no, y como me puse muy terca me dio un beso y se calló. Él era así.

Mikel vio cómo le miraba su compañera al decirle eso, quebraba el aire, le estaba culpando por estar en la cárcel, al fin y al cabo, algo habrá hecho. Pero él no sentía ningún remordimiento por sus actos; eran cosas del conflicto. Ellos sólo estaban defendiéndose de los ataques de un estado represor. Quedó mirando al tablero durante un rato, el aire circulaba frío entre la piezas. Ella le había echado el guante, le estaba retando; ése era el experimento. Así que mientras Begoña le miraba desafiante Mikel comenzó a hablar:

Sebes, Tengo un compañero de calabozo; es un muchacho delgado, la carne parece haberse ausentado de su cuerpo, se le marcan los huesos bajo la piel que es blanca como la luna y amoratada en diferentes lugares. Al parecer le pegaba su padre desde niño y su autoestima no existe, eso es privilegio de los demás. Lo he visto dormir encogido, se le nota la columna vertebral en la espalda y tiembla de vez en cuando, pero no un poco, son espasmos, como si saltara en la cama el cuerpo entero. A veces se esconde para llorar y otras lo he visto golpearse la cabeza contra la pared. Mató a su padre y lo condenaron porque era reincidente, había robado, traficado con drogas o qué sé yo. Qué importa, ese hombre no ha tenido niñez ni vida, ya que no se puede llamar así a un pasar el tiempo deambulando zarandeado por unos y otros en las calles. En este mundo a quien le sale mal no se le ayuda, se le castiga por tener mala suerte y luego se le pide que esté quieto, que no moleste. Estoy seguro que en la calle hay hombres mucho peores que él, pero que han tenido mejor vida y son señores, si algún día les castigan tendrán su defensa; no como éste que ni sabe que existen abogados.

Después, moviendo una pieza en el tablero, dirigiéndose a su compañera dijo en voz alta:

Jaque mate.

Begoña se acercó al tablero y vio a su rey acorralado, miró detenidamente todas las piezas, después dando un golpe con el dedo índice en la cabeza del rey lo tumbo. Se apartó de la mesa y estiró el cuerpo manteniéndose tiesa; no estaba dispuesta a dejar eso así, quería la revancha, se le notaba en la forma que tenía de mirar a su compañero, desafiante; no estaba conforme con ese desenlace. Después miró el reloj y dijo:

Ya es la hora, el próximo día comenzaremos una nueva partida.

Dicho esto se volvió hacia la puerta para llamar al vigilante y se marchó sin despedirse; aunque Mikel, con una sonrisa en los labios, le dijo un hasta la próxima que resbaló por el aire como si no fuera dirigido a nadie, ya que ella no quiso escucharlo.

Al miércoles siguiente, cuando le llamaron para ir a la visita de turno estaba esperando y con ganas de empezar una nueva partida de ajedrez con esa mujer un tanto oscura, pero cuya visita estaba siendo para él una necesidad que rompía con la rutina diaria, hasta se entretenía; Mikel disfrutaba con las tertulias aunque ella no sonriera nunca.

Al llegar a la pequeña sala, Begoña estaba sentada a la mesa, había colocado las piezas en el tablero y al ver venir al preso hizo un gesto con la mano para que se sentara; vamos a jugar, le dijo serena pero sin sonreír. Mikel se sentó y movió pieza, tenía las blancas, con lo que le correspondía abrir el juego; estaba convencido de que iba a ganar.

Al principio el silencio resbaló por toda la estancia durante un rato, se oía el ruido de las pieza que repicaban de vez en cuando; sólo había ajedrez, como si el resto de las cosas hubieran perdido importancia a raíz de la última partida. Pero eso, jugar al ajedrez, no era el motivo de aquella serie de visitas; lo sabía ella que no iba allí por su propia voluntad sino más bien por consejo de alguien, se diría que hasta forzada; y lo sabía él, a quien tan extrañas visitas sólo podía corresponder a algún tipo de relación experimental del que esperaban alguna respuesta, pero estaba muy seguro de sí mismo como para asustarse de esa mujer.

Begoña sabía que no era jugar al ajedrez lo que tenía que hacer, así que mientras movía una pieza, por romper el silencio, comenzó a hablar del tiempo.

Este fin de semana ha hecho un tiempo excelente, mucho sol. El domingo lo pasé en el campo, los árboles están llenos de flores y con tanta luz se veían unos contrastes de colores que alegraban el espíritu, ¿verdad?

Esa última pregunta, ¿verdad?, fue hecha con cierta ironía, sabía que estaba hablando con un preso que no podía ir a ninguna parte.

Es verdad, lo he visto a través de las verjas, como si el buen tiempo estuviera encarcelado… y lo está, por lo menos para mí.

Lo siento, no me he dado cuenta de que el sol no entra en las cárceles.

Begoña no sonreía, mantenía la conversación como si fuera lo más normal del mundo, pero en el fondo buscaba dañarle, hacerle ver que él no podía disfrutar del buen tiempo. Mikel lo sabía, lo notaba en el tono de voz, en la sonrisa maliciosa que surgía de vez en cuando en el rostro de Begoña, en la forma de mirarle mientras se lo contaba.

No importa respondió Mikel despreocupado mientras movía un caballo—, gracias al buen tiempo mis suegros han traído a mi hijo para que lo vea; hemos tenido un bis a bis que agradezco mucho más que el aire fresco.

¿Tienes un hijo? preguntó Begoña alzando la vista del tablero.

¿No te lo he dicho? Sí, tengo un hijo de cinco años… Me ha dado un beso. ¿Sabes cómo son los besos de los niños? se lo dijo con ironía, buscando revancha.

La mujer, incorporándose en la silla, se quedo mirando fijamente a los ojos del joven mientras encogía los párpados. Un sí casi mudo se deslizó entre sus dientes; el silencio era tal en la sala que el eco del siseo pareció quedar en el aire de forma perpetua por un momento.

Entonces comprendes que no echara en falta el buen tiempo, las flores y el campo.

Sin moverse, la mujer volvió a repetir un sí que era un calco del anterior, suave pero mantenido. No obstante, esa seria postura y la mirada fija no amilanaron a Mikel; estaba convencido de que volvía a ganar, de que la insistencia por hacerle ver lo mal que estaba en la cárcel estaba fracasando, así que continuó:

Me ha dicho mi suegro que el otro día Jagoba, mi hijo, se acercó a una pequeña heladería y dijo a la tendera, que debía de ser una señora bastante mayor, quiero un helado handia Begoña le escuchaba con atención, pero seria, sin embargo Mikel ponía toda la ilusión al contarlo. La tendera le respondió; perdona niño, sólo tenemos de fresa, de chocolate, de caramelo, pero de sandía no, ya lo siento. Mi hijo insistía; quiero un helado handia y la señora, desconcertada con un niño tan terco, le decía que no, que los helados de sandía no existen. Así hasta que mi suegro le dijo que lo que quería era un helado grande, handia en euskera.

Al contar esto Mikel se reía a carcajadas, y Begoña, imaginando al pequeño, estiró los labios en una leve sonrisa.

Has sonreído, sí señor, esta vez te he hecho reír.

Los niños son así respondió con los labios tersos aún en la boca recuerdo cuando a Eduardo, nuestro hijo, le estábamos enseñando a controlarse las ganas de orinar, le habíamos quitado los pañales hacía poco y le dijimos que nos avisase, que no se hiciera pis en los pantalones. Así, un día, mientras estaba jugando encima de la cama le debieron entrar ganas de mear, se bajó los pantalones para no mojarlos y dejó caer la chorretada encima de la almohada. No se mojó, no señor, tal como le habíamos enseñado. Mi marido y yo nos reímos mucho, no pudimos reprenderle.

Sonrieron los dos, Mikel estaba olvidando el lugar donde se encontraba. Ese pequeño cuarto de las extrañas visitas empezaba a ser acogedor para el reo. Podía compartir los sentimientos hacia sus seres más queridos con otra persona que le entendía muy bien. Las paredes del despacho desaparecieron en ese momento, como si estuviera en campo abierto; aunque no corría el aire, pero eso ya ni lo notaba.

Aunque los dos jugadores reían, la mirada de Begoña seguía siendo profunda y en el cristal de su iris se reflejaba una oscura niebla que brillaba por dentro, una luz que apenas desbordaba al exterior envuelta en un húmedo manto que parecía desbordar. Se levantó de su asiento casi tambaleándose, su mente se veía perdida y su rostro mostró una tristeza que oscureció el entorno de tal forma que las risas callaron de golpe. El reo, sorprendido, la miraba quieto, confuso y un tanto intrigado por el cambio. Entonces ella continuó:

Te imaginas a ese niño, tan pequeño como tu hijo, sentarlo en la parte trasera del coche poniéndole el cinturón de seguridad para que no corra riesgos y después arrancar el motor… Explotó, sabes, explotó… había una bomba bajo el asiento.

El retumbar del ruido de aquella detonación esparció por el cuarto un silencio que hizo temblar al reo. Begoña tenía los ojos colorados y las mejillas empapadas; no gritó, pero su voz estaba rota y el eco de sus palabras se repetía en las paredes del cuarto como espinas que se arrastran por el alma dejándola marcada para toda la vida.

Mikel bajó la vista y quedó quieto, mirando una partida que ya estaba empezada pero que no se iba a poder terminar. Su corazón golpeó una ola de calor en su interior que le impedía volver a mirar a la cara a esa señora.

¡La pusiste tú! señaló Begoña de forma directa a un hombre que no se atrevía a levantar la vista mientras ella lloraba, pero no de rabia sino de pena. Eran lágrimas que la acompañaban desde hacía cinco años, el mismo tiempo que llevaba preso el reo.

¡Tú los mataste! y no culpes a nadie más, sabes que frente al dolor de la pérdida de quien amas el resto de las cosas carecen de importancia, tú me lo has dicho ¿Te das cuenta? Me convencieron de que con estas entrevistas llegarías a arrepentirte de haber matado a un ser humano y que yo terminaría apreciando en ti esa misma condición; sigo teniendo mis dudas. Tú los mataste.

Las palabras se repetían una y otra vez como el eco entre las paredes del cuarto que abrasaban de calor provocando una atmósfera espesa que golpeaba el pecho a Mikel mientras se defendía en voz baja; no es culpa mía, es el conflicto con el estado… no es mi culpa. Pero aunque pretendiera justificar su actitud, sabía que fue él quien puso la bomba matando a un hombre que decía que no había gente mala, y a un inocente niño que por obedecer a sus padres meó sobre su lecho.

 

© Fernando Urien

 

 
Leave a comment

Publicado por en 11 junio, 2011 in Relato

 

María de la Piedra Seca


María de la Piedra Seca

Su madre rompió aguas antes de que ella naciera, no se sabe si fue una etapa más del embarazo o si la niña decidió expulsar el líquido que la contenía para salir a la luz seca. Fue el bebé que menos humedad portó al asomarse a la vida. Le pusieron de nombre María de la Piedra Seca porque al nacer lloró cuando la lavaron, y nunca consintió que le mojaran tan siquiera los labios con un poco de agua. De pequeña siempre estaba sucia, por eso la llamaban Cenicienta. Su madre tenía una verdadera lid para meterla en el agua. Le gustaba la playa para jugar con la arena, pero no consentía que una sola ola tocara sus pies. Se casó en Tierra Árida y fueron de viaje de novios a Arizona para ver los matojos de hierba seca rodar con el viento. Escapaba nerviosa de la lluvia y temía a las tormentas; se escondía en casa hasta que pasasen. No lloraba por no mojarse las mejillas. Apenas bebía agua y murió deshidratada por una insolación. Se incinero su cuerpo como era su deseo. Después su familia esparció los restos por el mar, cuyas aguas tragaron sin reparo todas y cada una de las motas de polvo.

 
Leave a comment

Publicado por en 27 mayo, 2011 in Microrrelato

 

Camino, camino


Camino, camino

 

Camino, Camino

de hierba mojada

que acaricia al andar.

 Camino, camino

no pongas piedras

que dañen los pies.

Que el aire huela a rosas

y acaricie la brisa.

Camino, camino

déjame caminar.

©Fernando Urien

 
Leave a comment

Publicado por en 27 marzo, 2011 in Poemas

 

Entre bragas anda la cosa


Entre bragas anda la cosa

Mírenme ahí, solo, caído en el suelo como un mártir, con una pierna encogida, la otra estirada y mientras una mano cierra el puño, la otra reposa sobre el pecho como queriendo tomar un corazón que se detiene de forma irremediable.  Nunca he sabido hacer las cosas de forma discreta y ahora, estoy solo en este camarote de mi mujer, que no debía de ser nada extraño el estar ahí; sin embargo, ha pasado a verme hasta el mismo capitán que ha dicho que no se me toque, y soy la comidilla de todo el barco. Todos se preguntan qué hace mi cadáver en esta nave; bueno, son cosas del destino:

            Todo empezó la primavera del año en el que me presentaron a Patricia, mi mujer. Yo tenía veintidós años y para aquel entonces ya había conocido a Engracia, la hija del ama de llaves; María Antonia, la hija de la condesa de Butrón; a Idoia y alguna que otra amiga más sin importancia. Pero nunca me había comprometido con nadie, mis padres tenían acordado un matrimonio con los Astigarraga, una familia propietaria del holding empresarial “Amalore”.

            Todos daban por pedido ese matrimonio concertado, decían que a mí me gustaban demasiado las hembras como para soportar a Patricia, una mujer con fama de fría y arrogante. Sin embargo, cuando me presentaron a la que iba a ser mi mujer, quedé sorprendido. Hablaban mucho de su rudeza, del desplante que daba a los hombres,  de sus formas poco femeninas; no le sé, sólo recuerdo la seriedad en un rostro perfecto con unos ojos grandes y verdes que me miraban desconfiados, y un pelo castaño que no dejaba de revolver el viento. Estaba distante, sí, pero su silueta me conmovía y su piel me invitaba a tocarla.

Mi suegro, al verme sonrió; yo era un buen mozo y mejor partido. Tomó del brazo a su hija y se acercó diciendo:

            – Hola Ernesto, mi hija está deseosa de conocerte; le hemos hablado mucho de ti. ¿No me dirás que no es una gran mujer?

            – Me parece… –quedé un momento observándola; mientras su padre tiraba de ella arrastrándola hacia mí–…una mujer muy hermosa.

            No era un cumplido, me salió del alma y creo que Patricia se dio cuenta, ya que volvió la vista y se desembarazó de su padre. Por un momento pensé que iba a salir corriendo de aquel lugar, pero quedo quieta mirándome un tanto de soslayo.

            – Bueno, os dejo solos – concluyó mi suegro. Luego se dio la vuelta nos dejó al uno frente al otro en el porche del jardín.

            Hacía un día excelente, Patricia traía un vestido de manga corta, las gafas de reposaban sobre su cabeza recogiendo un poco el pelo, y una falda corta dejaba al descubierto unas finas y largas piernas.  Dimos una vuelta por el jardín y conversamos un poco. Varias veces traté de aproxímame pero ella con mucha educación, pero se apartaba de mí. Iba a ser una conquista difícil; siempre me apasionaron los desafíos.

            El día en que nos casamos hizo mal tiempo. Estas cosas para ciertas personas son importantes; por ejemplo, para mi tía Aquilina la lluvia en el día de bodas no solo desmerecía la ceremonia, sino que también era un mal augurio para el futuro de nuestras relaciones, y esparció un pontón de sal sobre nuestras espaldas para deshacer el maleficio. Yo nunca he creído en estas cosas y está claro que estoy en lo cierto; la sal no sirvió para nada.

            Una de las noches más esperadas por mí fue la de bodas; iba acostarme con la mujer más hermosa del mundo.  Sin embargo resultó estar tan agotada que no quiso meterse en la cama; quedó dormida en el sofá de la suite.

            Al día siguiente salimos para Cancún, en el avión no hice otra cosa más que preguntarle a ver qué tal había dormido. Ella mi insistió que bien, hasta me llamó pesado. Así que cuando llegamos a la habitación del hotel lo primero que hice es deshacer la cama e invitarla a consumar el matrimonio.  Me dio largas, me dijo que quería ver un poco la ciudad, que lo dejásemos para la noche.  Así anduve todo el día siguiéndola por Cancún, lanzando mi brazo, una y otra vez, sobre su hombro para que ella lo retirase diciendo que le daba calor. No dejaba de pensar en el tiempo que quedaba para que se hiciera de noche.

            Cuando volvimos al hotel, la oscuridad cubría todo el entorno hasta un horizonte que ya no se preciaba. Patricia se puso a hablar y bailar con todos los clientes del hotel. Yo quería estar a solas con ella en la habitación, me estaba sacando de quicio, pero mantuve el tipo.  Viendo que no podía hacer nada contra el ímpetu de mi mujer, decidí seguir la corriente invitándola a tomar una, otra, y otra copa de champagne hasta que perdió la orientación y la llevé en la cama. Me desnudé y la tomé entre mis brazos mientras ella reía y yo también. No sé si fue ese deseo reprimido que explotó en aquella noche, pero fue el momento de mi vida que más disfruté con una mujer.

            Después de aquella fueron más las que hicimos el amor. A veces noté que se estremecía, pero otras… por lo visto siempre he sido un poco rápido en estos menesteres. Quizás debí cuidarla más, preocuparme de su placer prolongado el juego y las caricias antes de penetrarla. Porque es cierto, después de hacer el amor me siento tan relajado que casi me olvido de ella, a veces hasta me duermo.  Por eso cada vez que la veía inmóvil, dejándose hacer sin mostrar el mínimo interés; me esforzaba más por acariciarla y besarla, por prolongar al máximo el momento de coito. Pero no he sido capaz de darle siempre un placer que a mí me sobraba.  

            En cierta ocasión, hablando de la homosexualidad con unos amigos, cuando Patricia no estaba, Ángel, un machote que  desde joven siempre disfrutó contando sus aventuras con muchas mujeres; vino a decir que la homosexualidad está en todas partes, a veces mucho más cerca de lo que creemos; y me miraba a mí. Entonces, dándome por aludido, respondí a voz de pronto:

            – ¡Oye! que a mí no me van los machos.

            Entonces, su mujer entró en la conversación diciendo:

            – Parece que algunas mujeres tampoco.

            Yo la miré con un rostro desconcertado. La mujer de mi amigo Ángel, encendiendo un pitillo, cambió de conversación, pero yo dándome por aludido respondí:

            – Quizás sean sólo sus maridos los agraciados.

            Nadie quiso contestar, salió el fútbol a relucir y no se habló de nada más.

            A la semana siguiente murió mi hermano en un accidente de tráfico; se me cayó el corazón. Con él siempre mantuve una relación especial. Patricia no me dejó ni un momento solo en aquellos días difíciles, me consoló en lo que pudo y se desarmó por ayudarme a superarlo. Gracias a su cariñosa ayuda  pude superarlo. Noté que me quería.

            Sin embargo, ciertas habladurías me llevaron a sospechar que mi mujer tenía relaciones con otra persona. Fui a la cafetería donde por lo visto frecuentaban. Entré haciéndome el distraído; vi a Patricia sentada en un rincón, la luz que le alumbraba era tenue y la música tranquila. Entre los bultos que se dibujaban en las sombras pude apreciar dos cuerpos juntos, abrazados el uno al otro; se estaban besando.  No me atreví a decir  una sola palabra, di la vuelta y, como si nunca hubiera estado allí, salí del bar tropezándome con mis pies y caminando rumbo a ninguna parte; paseé hasta bien entrada la noche. Los recuerdos de los buenos ratos que pasé con ella, chocaban con los rumores del aire, y un beso que yo, aún con todo, parecía verlo ajeno a mí, como si fuera algo ficticio; otro rumor que no debía afectar en absoluto a nuestra relación.

Mi intención fue olvidarlo y hacer como si no hubiera pasado nada. En la vida hay extrañas situaciones efímeras que las circunstancias nos traen, pero que no se repiten, quedando en un error del ayer. Al fin y al cabo ella no me vio, y yo, con la oscuridad del lugar, bien pude equivocarme.

Sin embargo, a la mañana siguiente Patricia me dijo que su amiga Albertina tenía dos pasajes de barco que le habían tocado en un sorteo; estaba invitada a hacer un crucero con ella. El mero hecho de saber que iba a irse sola alteró mis nervios. Me preparé un baso de café con leche, al que agregué dos cucharadas de cacao y una infusión de té; partí una manzana en dos y unté de mermelada una de las partes. No hice más, Patricia me reprendió sin alzar la voz, como hacía siempre para sacarme de quicio:

– Si quieres echas un poco de sopa en la taza y unos callos para revolverlos con la manzana y la mermelada; claro que con una pizca de guindilla, ni el mojo picón le hace sombra.

Dejé la comida en la mesa y un golpe de calor recorrió mi cuerpo de abajo arriba. Me dirigí a ella con la intención de escupirle en la cara que la vi besándose en una esquina de un bar. Pero no me dejó; me abrazó y me dio un beso con la mayor dulzura que nadie pudiera imaginar. Después me dijo:

– Anda, ¡que no es para tanto!, en una semana estoy de vuelta. ¿No querrás que pierda esta oportunidad?

Entonces asentí con la cabeza; en ese momento tomé la decisión de que también yo iba a ir ese barco.

El buque era el Splendour of de Seas, un crucero impresionante. En el dique caminaban varios marineros ayudando a llevar maletas a una señora mayor con un chiguagua en los brazos que gritaba para que no tratasen mal sus enseres; una pareja de recién casados tonteaban sin parar, un argentino rodeado de periodistas y un sinfín de baúles que dos jóvenes arrastraban, un matrimonio con una niña que preguntaba a ver cuando llegábamos, cinco amigos medio borrachos cantando “Asturias patria querida”; una señorita de terciopelo que miraba a todos los lados por ver quién se fijaba en ella, una mujer muy gorda que caminaba arrastrando a un marido pequeño y delgado, con bigote redondeado por las puntas; una cuadrilla de migas, un viejo con peluquín, mucha gente; pero no había rastro de mi mujer ni de su amiga Albertina. Al subir a bordo mientras el capitán nos saludaba yo miraba de un lado para otro buscando el rostro de Patricia, mas no la encontré.

Mi camarote era interior, me habían dicho que cuanto más cerca del eje del barco se encontrara menos me iba a marear. Había una cama, un pequeño televisor, una mesa y un armario para guardar la ropa; todo un palacio para mí solo. Dejé la poca ropa que llevaba, ya que no había preparado el viaje. Había iniciado el viaje de forma atolondrada, como todo lo que me estaba ocurriendo.

Salí a cubierta más que por conocer el barco, por ver si encontraba a mi mujer. Nunca pensé que un crucero pudiera ser tan grande. Había dos piscinas, hamacas por todos los lados, pistas de tenis, una cafetería impresionante, sala de juegos, un cine… Lo tenía difícil para dar con mi mujer y su amiga.

Pasé el primer día en el barco deambulando de un lado para otro como si estuviera tan entusiasmado que no dejaba un rincón sin examinar. A la hora de la cena recorrí el restaurante, de forma disimulada, por ver si aparecía mi mujer por algún lado; fue en balde. El argentino de lo baúles al verme pasear de un lado para otro me invitó a que me sentara con él; deseché la invitación con un “muchas gracias pero ya tengo servida la sopa”. Busqué un plano del barco y volví tarde a mi camarote; estaba muy cansado de tanto ir de aquí para allá. Me tumbé en la cama y recordé la sonrisa de Patricia, sus besos y esa forma que tenía de cuidarme cuando más la necesitaba.

            A la mañana siguiente, antes de ir a desayunar, tomé el plano del buque y lo diseccioné, distribuyendo mi quehacer del día en recorrerlo de forma ordenada para no dejar un rincón suelto. Después, lo guardé en una carpeta y salí camino del restaurante. Cual no fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que la voz de mi mujer sonaba a mi espalda. No me volví, sino que aceleré un poco el paso para distanciarme de ella y llegar antes al comedor. Me senté en una mesa, tras una columna, desde donde podía ver la puerta de entrada al restaurante y a la vez ocultarme, si ese era mi deseo.

Al poco rato entró Patricia hablando sin parar con su compañera. Yo me giré escondiendo mi cuerpo tras la columna. Albertina alzó la vista y miró a la redonda buscando un sitio para sentarse, luego señaló con el dedo hacia donde yo estaba. Temiendo que sus miradas se dirigieran hacia mí y me descubrieran, giré mi cuerpo pretendiendo esconderme más tras la columna, con tan mala suerte que resbaló la silla y caí al suelo. Para cuando logre levantarme ellas ya no estaban en la puerta de entrada. Busque con la vista y las encontré sentándose en una mesa al otro lado del comedor. Esa mañana no tomé nada para desayunar, no me atreví a levantarme del asiento y exponerme a ser descubierto, así que hice ayuno. Esperé a que ellas salieran para seguirlas, ver que hacían y conocer un poco tanto el número del camarote donde se alojaban como los lugares que recorrían.

Fue un día entretenido aunque apenas comí para no quedar al descubierto en el restaurante. Supe dónde se encontraba su camarote y las vi abrazarse, compartir caricias y juntar sus labios con pasión… Sentí celos e impotencia; poco podía hacer yo contra el amor de otra mujer. De todas formas no pude creer que Patricia no me amase, al menos un poco. Esa otra mujer no podía ser un amante como yo; claro, que tampoco yo podía serlo como ella. Esos besos y arrumacos que presencié en el bar y en la proa mientras el viento violentaba sus cabellos, no podían ser tan reales como los que ella y yo disfrutamos. En mi interior yo no pude aceptar esa relación de Patricia. Por ello, convencido de que esas muestras al aire libre no pasaban de ser más que un juego en la búsqueda de nuevas sensaciones, pensé en ingeniármelas para verlas en la habitación, quería saber hasta qué punto se amaban; me costaba admitir su recién descubierta inclinación sexual.

Su camarote era el 323. Así que me acerqué a la oficina del contramaestre y llamé a la puerta. Del interior surgió una voz ronca que decía:

– ¡Adelante!

Entonces me marché y al cabo de una hora volví a llamar. Esta vez nadie respondió, aunque insistí tres veces con  los nudillos. Entonces abrí la puerta y pregunté: ¿Hay alguien ahí?, como no obtuve respuesta me adentré en la oficina, busqué la llave del camarote 323 y salí de forma sigilosa.

Al poco rato ya me encontraba frente a la puerta del aposento de mi mujer. Hice lo mismo que en la oficina del contramaestre, aunque estaba seguro de que a esa hora no había nadie en la habitación. Llamé y no hubo respuesta. Abrí la puerta y entré. Después encendí la luz; frente  mí había una cama de matrimonio… ¿Para qué querrán dos mujeres una cama de matrimonio?, me pregunté irónicamente. Todo estaba ordenado, demasiado para mi gusto. Abrí el armario y las ropas de mi mujer se mezclaban con las de Albertina como si todo fuera de una sola persona; comencé a sentirme derrotado. Ese espacio íntimo hacía que me sintiera ajeno a la unidad que representaban las dos; por primera vez tomé conciencia de que estaba haciendo el idiota en ese barco.

            Un ruido en la puerta del camarote me precipitó a que apagara la luz. No sabía dónde esconderme; me metí en el armario y quedé quieto. Después de oír cómo se abría la puerta pensé que era una tontería esconderse en un ropero; sería el primer lugar que abrirían para cambiarse. Así fue, de pronto se abrió la puerta del guardarropa. Frente a mí apareció una silueta oscura que empujé asustado. Era más fuerte de lo que yo esperaba y me tomó de las solapas mientras yo tropezaba con los zapatos de mi mujer,  de la mujer de mi mujer, o qué sé yo, lo cierto es que caí al suelo dándome en la nuca con la esquina de la mesa.

            Así quedé, tal como ahora me veo, con una pierna encogida, la otra estirada y mientras una mano cierra el puño, la otra reposa sobre el pecho como queriendo tomar un corazón que se detiene de forma irremediable.

©Fernando Urien   

 
2 Comments

Publicado por en 4 marzo, 2011 in Relato

 

Retorno


RETORNO

 

Vacio al partir

de historias rebosabas

cuando volviste.

Fernando Urien

 
2 Comments

Publicado por en 25 febrero, 2011 in Haikus

 

Amanecer


Desde que surgió la “Ley de Partid Políticos” con la  consiguiente ilegalización de Batasuna, cada vez que se aproximan las fechas de una elecciones desde la Izquierda Abertzale surge un nuevo partido político. Ahora es el turno de “Sortu” que dice que condena la violencia de ETA, si la hubiere. Es decir, no condena la que existe ni la que existió, sino la que pudiera haber, y su palabra debe de ser aceptada. No obstante, como dicen que van a cumplir la ley y todo está en manos de los jueces, que sea lo que los magistrados digan.

Aun con todo, ya ha habido alguna voz (el portavoz de la asociación Jueces para la Democracia) que a puesto en tela de juicio la buena voluntad de las pruebas presentadas por la policía, alegando que ésta se atreva a dar valoraciones jurídicas; como si las sentencias pudieran estar influencias por las valoraciones de la policía, la Izquierda Abertzale, la derecha, el centro, los periodistas, el nacionalismo vasco y la señora de la compra que, de vez en cuando, también osa a dar su valoración.

También, como si de un festín se tratase, ha entrado en escena un grupo internacional que ya no tiene una finalidad de medición, sino que busca facilitar las cosas.

Quizás, el mayor problema que la sociedad vasca tiene no sea el de la legalización o no de la Izquierda Abertzale, que es importante; sino la fractura social que han provocado los actos de ETA. Prueba de ello son las declaraciones de gente que se ha visto forzada a salir del país vasco, cuando la convivencia entre diferentes es básico en democracia.

Por eso, y para facilitar las cosas, el primer paso que debería de dar ese grupo internacional es hablar con las víctimas del terrorismo de ETA y hurgar en la posibilidad de una aproximación entre quienes dicen condenar la violencia, si la hubiere; y quienes han sufrido las consecuencias de la organización terrorista. Si en ese ejercicio llegasen a tener éxito, el resto seguro que viene rodado.

 
Leave a comment

Publicado por en 20 febrero, 2011 in Comentarios

 
 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.