
Conversaciones con un recluso
Un Escalofrío que tensaba el músculo, recorrió el cuerpo de Begoña al traspasar la puerta de la prisión que chirriaba al abrirse de lo poco acostumbrada que estaba a ese giro. El eco de sus pasos se repetía rompiendo el silencio de la galería. Ella nunca había estado en un lugar como ése e imaginaba a los reclusos sucios, con tatuajes en los brazos y mirada desconfiada; debían haber cometido muchos delitos, era gente desalmada. Quizás la idea que tenía de aquel lugar se identificaba con el estereotipo más rancio de lo que debe de ser un preso; sin embargo no se asustaba, aunque los motivos que le habían dado para que estuviera allí se le revolvían el estómago como una mala digestión. Cuando llegó no conocía las horas de visita, pero no importaba; tenía una carta de recomendación. Se dirigió a información y la mostró:
— Siga por aquel pasillo y entréguelo en la última sala que hay a la derecha–. Respondió el funcionario mientras señalaba una alargada galería.
La puerta estaba abierta, dentro había dos funcionarios, uno sentado y el otro de pié recostado contra la pared mientras fumaba un pitillo. Cuando Begoña entregó el documento de presentación, uno de ellos contestó después de mirarlo:
— Ya sabe que éstas no son horas de visitas señora… —y mirando de nuevo el documento leyó – Usandizaga.
— Es la hora que me han dado; ya sabe, cosas de la burocracia. De todas formas, esto no es una visita —. El funcionario haciendo un gesto con la mano acompañó a Begoña adentrándose más en las estancias de la cárcel, hasta una habitación de cuatro paredes vacías; un aire gélido flotaba en toda la estancia. En una esquina y a lo alto había una cámara de televisión, en el centro una mesa metálica con unos pocos papeles esparcidos sobre ella.
— Pase por aquí y entre en esa habitación. Vamos a llamar al recluso ¿Lo conoce?
— Un poco. Por la prensa más que nada.
—¿Le conoce él a usted?.
— No.
— Bien, puede venir los lunes, miércoles y viernes a esta hora. Estarán vigilados, esta habitación tiene cámaras y habrá un vigilante en la puerta. No creo que tanga problemas.
Begoña se quedó sola mientras traían al recluso. La sobriedad del lugar le encogía el alma, no obstante no sentía ninguna lástima por la gente de allí, sabía que eran delincuentes; que en algunos el oscuro vaho de la soberbia entumecía tanto sus sentimientos que ni siquiera tenían conciencia del mal que habían hecho y se enorgullecían de sus actos. Era a estos últimos a quienes Begoña guardaba más rencor. Aunque tenía su propio juicio sobre el recluso que iba a ver, a quien no conocía más que por la prensa, su recuerdo la ofendía arrastrando por su interior unos sentimientos que hacía tiempo creía olvidados.
Cuando llegaron con el preso y lo vio esposado entre los policías, le decepcionó en parte; era más bien bajito, con el pelo revuelto y miraba con desconfianza sin saber qué es lo que estaba pasando; ella lo imaginó diferente.
Begoña se levantó del asiento y quedó quieta, observándolo. Era una mujer de pelo negro, bien peinado y seria. vestía tonos oscuros, casi se podía decir que estaba de luto; de su cuello colgaba una medalla junto a un pequeño crucifijo de oro. Tenía los ojos un poco colorados y una ligeras ojeras malamente maquilladas daban un aire cansado a un rostro hermoso, adornado con arrugas de madurez. Aunque le temblaban las manos mientras miraba a su compañero de visita, levantando la cabeza preguntó en alta voz y sin bajar la vista:
— ¿Mikel García?
—Gartzia —respondió el preso con desprecio y arrogancia.
— ¡Siéntate! —ordenó un funcionario mientas empujaba al reo para que se acomodara en una silla frente a Begoña.
— ¿Qué es lo que quiere? ¿A qué me habéis traído aquí? No pienso traicionar a Euskal Herria.
La mujer, sin tomar asiento, se dirigió al recluso en suave tono y un poco nerviosa:
— Yo no estoy aquí para interrogarte de nada, ni para hablar de política. Vengo… —Begoña paró un momento y se volvió para secarse un poco las mejillas y sonarse los mocos, estaba conmovida. Ese acto Mikel no lo esperaba, le dejó un poco confuso.¿Qué clase de interrogatorio iba hacer una señora en esas condiciones? y si no le iba a preguntar nada ¿qué hacía allí? El joven no entendía muy bien el papel que debía realizar una mujer que parecía desmoronarse, ni lo que estaba ocurriendo. Le habían dicho que esa entrevista podía reducir su condena, el resto, aunque le traía sin cuidado, le desconcertaba.
Vengo —continuó Begoña— de la parroquia de San Isidro. Mi misión es hacer una serie de visitas a un recluso, a ti.
— ¿Todo este tinglado por el clero? ¿Va a hablarme de Dios?
—El párroco conocía al obispo que a su vez conocía a no sé quién y han presentado todo esto como un experimento. Dicen que puede ser bueno para ti y para mí.
—No entiendo nada. ¿De qué tenemos que hablar?
—No sé, tampoco yo lo entiendo muy bien —respondió la mujer tomando asiento frente al recluso.
— Bueno —Intervino el policía dirigiéndose a Begoña—, entonces nosotros estamos fuera, si necesita algo no tiene más que llamarnos.
Cuando quedaron solos el silencio heló el ambiente, ninguno de los dos parecía saber qué decir. Begoña miraba a Mikel sin parpadear y éste observaba los ojos de la mujer; estaban colorados. No había guión, ni nada preparado; un verdadero disparate, pensó el joven. Sin embargo Begoña le miraba de forma insistente, casi sin parpadear, como si le quisiera robar sus más íntimos pensamientos con el iris. Entre la tensión del no saber qué decir y la insistente mirada de la mujer, el joven comenzó a sentirse intimidado, no obstante, antes de perder la compostura prefirió desparramar su cuerpo por la silla, como si se estuviera aburriendo con tanto silencio.
—Tú dirás —solicitó el joven reincorporándose de nuevo.
La mujer, haciendo un gesto con las manos resolvió al azar:
—¿Sabes jugar al ajedrez?
El joven sonrió, pasar una hora jugando con una extraña al ajedrez y obtener beneficios penitenciarios por ello no era mala idea.
—Bien, se nos hará más entretenido.
Begoña, llamando a un funcionario solicitó el juego que estuvo sobre la mesa al poco rato.
Mikel inició la partida moviendo las fichas de forma distraída, pero guardando el orden para lograr el mate del pastor, era una jugada muy conocida pero lo cierto es que él no sabía mucho más de estas piezas. Begoña se lo desbarató en el segundo movimiento. Entonces el joven mostró una leve sonrisa en sus labios, miró a la mujer complaciente, como si se hubiera despertado en él cierto agrado por la compañía de esa señora tan seria:
—Me recuerdas a mi mujer, con dos movimientos no me deja desarrollar el jaque mate pastor.
—¿También ella juega al ajedrez?
—Sí, es mejor que yo.
—¿Viene a verte a menudo?
Mikel levantó la vista del tablero, sus ojos extraviaron la mirada hacia el recuerdo y cierta ternura se desprendió de sus labios, como un soplo que sale del corazón, acariciando las cuerdas vocales:
—No, no viene.
Begoña, sorprendida, dejó de mirar las fichas y volvió sus ojos hacia su compañero respondiéndose con un gesto entre ingenuo y despectivo:
—¡Vaya por Dios! No te quiere o qué.
—Está en París, en la cárcel. Al igual que yo por defender nuestro pueblo. Si no viene es porque no puede.
Begoña no respondió nada, volvió la vista a la mesa y después movió una pieza comiendo un alfil al reo. Lo hizo con brío, se podría decir que hasta con ira. No escuchaba las palabras de su compañero, se hacía la tonta, como si no oyera nada de lo que le estaba contando.
—¿Vives con alguien? —preguntó Mikel mientras volvía la vista al juego.
Begoña tardó en responder, tan siquiera levantó la cabeza del juego hasta que movió su pieza:
—Estoy casada, si eso es lo que quieres saber, con un hombre maravilloso.
Las palabras se deslizaron suaves entre los labios de la mujer, quedando su eco suspendido en el aire. En ese momento los ojos de la mujer se abrieron un poco más, pareció como si se hubiera hecho la luz en su cara; era la primera vez que Mikel vio que la firmeza de su rostro perdía la compostura y dejaba entrever un aire más humano
—Estás enamorada —respondió el preso con una sonrisa.
—Hace doce años que lo estoy —después de aspirar una bocanada de aire continuó—. Siempre me ha tratado con sumo cuidado, ha soportado en silencio mis manías y me ha defendido aún cuando no tenía razón; nunca me ha reprochado nada. ¿Cómo no voy a estar enamorada de él?
Mikel moviendo una pieza comió un caballo a su compañera. Una sonrisa de satisfacción mostró en el rostro de Mikel la vuelta de algún recuerdo agradable a su mente:
—A mí me pasa lo mismo. Cuando estoy con ella me gusta tomarla y que se encoja entre mis brazos, me agrada cuando saca su genio y responde cerrando los párpados, hasta dejar entrever sólo unos pequeños y oscuros brillos entre ellos. Muchas veces, cuando está enfadada, le doy un beso y se pone de peores formas, pero me gusta ya ves… Muchas veces sueño con ella, ¿sabes?
Begoña, al oírle hablar así parece estremecerse un poco, esa imagen de persona desalmada que tenía de los presos estaba cayendo ante la mirada ausente del reo, la ternura de su voz y la añoranza de su pecho.
—¿Te pasa algo? —preguntó el muchacho al ver el rostro de su compañera.
La mujer se levantó volviéndose para darle la espalda y secarse un poco las mejillas; unas lágrimas se habían desprendido de su iris y no quería mostrarlas. Entonces, preocupado, el joven también se puso en pié. Era una mujer extraña; será cosa de esas religiosas que se enternecen por nada, pensó mientras preguntaba:
—¿Qué te pasa?
Begoña no respondió ya que en ese mismo instante entraron dos policías indicando que el tiempo se había acabado. Tomaron del brazo al reo y lo arrastraron fuera. Él, mientras marchaba, no dejó de mirar la espalda de su compañera de juego.
Mikel esperó el día siguiente de la extraña visita con cierta curiosidad, esa mujer escondía un misterio en su mirada y la sobria seriedad parecía desplegarse para no permitir ninguna aproximación. Tenía varias preguntas que hacerle, pero no sabía si iba a ser capaz de formularlas; al fin y al cabo, todavía desconfiaba de una extraña religiosa que había aparecido sin saber bien para qué.
Al principió pensó que esas entrevistas iban a ser un interrogatorio en toda regla; vete a saber para qué, pero después de la primera experiencia Mikel comenzó a pensar que era una forma amena de pasar el rato. Begoña era una mujer extraña, pero estar con ella cambiaba el ritmo al que estaba sometido. La idea de una partida de ajedrez y hablar de cosas sin importancia comenzaba a atraerle, temía que esas visitas acabasen y no quería. Cuando llegó a la habitación y vio a que Begoña estaba esperándolo, hasta se alegró. Iba más cuidada, se había pintado un poco de forma muy suave, hasta parecía más joven que la otra vez; sin embargo mantenía la seriedad en su rostro distanciándose de él y evitando cualquier actitud de confianza. La partida de ajedrez estaba sobre la mesa tal y como la habían dejado; Begoña observaba el juego.
—No por mucho mirar las piezas se gana una partida —comentó Mikel mientras se sentaba junto a su compañera de tertulia.
—Es curioso que no se haya tocado una sola pieza ¿Es que en este cuarto no entra nadie más que nosotros?
—Y yo qué sé. Pregunta al guardia —contestó Mikel desentendiéndose de ello.
—Era una pequeña curiosidad —respondió Begoña mientras movía el alfil.
—Te tocaba mover pieza, sí señor. Veo que no soy el único que guarda recuerdo de estos encuentros
—¿Te agrada jugar conmigo?
—Aquí, en la cárcel, tengo todo el tiempo del mundo y de alguna forma hay que pasarlo.
—¿Te parece ésta una buena forma?
— A mí sí ¿A ti?
—A mí no, preferiría estar en otro lugar pero insisten en que venga, ¿sabes? Por eso estoy aquí.
Mikel volvió la vista al tablero, comprendía que no estuviera muy interesada en esa charla, si el estuviera en su situación de libertad no gastaría el tiempo en experimentos con presos. Movió una pieza y respondió:
—Yo tampoco querría venir a la cárcel y escuchar las lamentaciones de un recluso que, al fin y al cabo, algo habrá hecho ¿No?.
Begoña levantó la vista y mirando a su compañero le dijo:
—Tienes toda la razón. Me lo pregunto cada vez que vengo aquí.
—Si yo fuera tú estaría con mi mujer, a la que no veo… Quizás sea eso, el hecho de no poder estar con ella lo que hace crecer la necesidad de tenerla. Pero tú tienes suerte, todas las noches puedes abrazarte a tu hombre… Estas casada, ¿no?
—Sí, pero no puedo estar con él, ¿no te lo había dicho? —en esta ocasión la mujer levantó la voz y un brillo cubrió su iris mientras despachaba un mirada que parecía querer traspasar a su compañero, sabía que se lo había ocultado—. Tú y tu mujer os lo habéis buscado. Pero yo lo perdí sin querer, él tampoco lo quería.
—Lo dices con rabia, como si en este país no se pudiera defender un ideal sin ser castigado…
—¡Calla! —gritó Begoña mientras se levantaba del asiento con brusquedad—. No estoy aquí para discutir los motivos de tu condena, que no me incumben; lo dictó un juez, no yo. No quiero hablar de eso, te lo dije desde un principio, la idea es no tocar ese tema y si insistes se acabarán las visitas. Yo no puedo ver a mi marido porque está muerto.
—Lo siento. Al parecer estamos iguales.
—No, no lo estamos. Yo no tengo posibilidad alguna, tú sí.
Mikel se revolvió un poco en el asiento, iba a contestarle sobre los motivos de su separación y la injusticia de los mismos, a hablarle de que es más doloroso saber dónde está tu amante y no poder disfrutarla, iba a discutir de política pero se calló, tuvo miedo a que cumpliera su palabra y no volviera; ese pequeño rato de tertulia le resultaba agradable. En la cárcel hay demasiado tiempo para pasar entre las zarzas de los recuerdos.
—Y ¿lo echas de menos? —preguntó en voz baja, como si le hubiera escapado entre los dientes y sin levantar la vista de las piezas
Begoña alzó la vista perdiéndola en lo alto, aunque no había cielo sino techo, pero tan a lo lejos miró que los límites de la estancia no era obstáculo para sus ojos.
—Todos los días. Lo echo de menos cada noche al acostarme y cada mañana cuando me despierto, cuando sopla el viento en mi cara y no puedo esconderme entre sus brazos, cuando tengo frío… Recuerdo su forma de andar, cómo se hacía el nudo de la corbata mientras yo le miraba, la cara que ponía cuando discutíamos… una vez me dijo que no hay hombres malos que son las circunstancias lo que nos arrastran en la vida; yo le dije que sí, que las cárceles están llenas de ellos; él insistió en que no, y como me puse muy terca me dio un beso y se calló. Él era así.
Mikel vio cómo le miraba su compañera al decirle eso, quebraba el aire, le estaba culpando por estar en la cárcel, al fin y al cabo, algo habrá hecho. Pero él no sentía ningún remordimiento por sus actos; eran cosas del conflicto. Ellos sólo estaban defendiéndose de los ataques de un estado represor. Quedó mirando al tablero durante un rato, el aire circulaba frío entre la piezas. Ella le había echado el guante, le estaba retando; ése era el experimento. Así que mientras Begoña le miraba desafiante Mikel comenzó a hablar:
—Sebes, Tengo un compañero de calabozo; es un muchacho delgado, la carne parece haberse ausentado de su cuerpo, se le marcan los huesos bajo la piel que es blanca como la luna y amoratada en diferentes lugares. Al parecer le pegaba su padre desde niño y su autoestima no existe, eso es privilegio de los demás. Lo he visto dormir encogido, se le nota la columna vertebral en la espalda y tiembla de vez en cuando, pero no un poco, son espasmos, como si saltara en la cama el cuerpo entero. A veces se esconde para llorar y otras lo he visto golpearse la cabeza contra la pared. Mató a su padre y lo condenaron porque era reincidente, había robado, traficado con drogas o qué sé yo. Qué importa, ese hombre no ha tenido niñez ni vida, ya que no se puede llamar así a un pasar el tiempo deambulando zarandeado por unos y otros en las calles. En este mundo a quien le sale mal no se le ayuda, se le castiga por tener mala suerte y luego se le pide que esté quieto, que no moleste. Estoy seguro que en la calle hay hombres mucho peores que él, pero que han tenido mejor vida y son señores, si algún día les castigan tendrán su defensa; no como éste que ni sabe que existen abogados.
Después, moviendo una pieza en el tablero, dirigiéndose a su compañera dijo en voz alta:
—Jaque mate.
Begoña se acercó al tablero y vio a su rey acorralado, miró detenidamente todas las piezas, después dando un golpe con el dedo índice en la cabeza del rey lo tumbo. Se apartó de la mesa y estiró el cuerpo manteniéndose tiesa; no estaba dispuesta a dejar eso así, quería la revancha, se le notaba en la forma que tenía de mirar a su compañero, desafiante; no estaba conforme con ese desenlace. Después miró el reloj y dijo:
—Ya es la hora, el próximo día comenzaremos una nueva partida.
Dicho esto se volvió hacia la puerta para llamar al vigilante y se marchó sin despedirse; aunque Mikel, con una sonrisa en los labios, le dijo un hasta la próxima que resbaló por el aire como si no fuera dirigido a nadie, ya que ella no quiso escucharlo.
Al miércoles siguiente, cuando le llamaron para ir a la visita de turno estaba esperando y con ganas de empezar una nueva partida de ajedrez con esa mujer un tanto oscura, pero cuya visita estaba siendo para él una necesidad que rompía con la rutina diaria, hasta se entretenía; Mikel disfrutaba con las tertulias aunque ella no sonriera nunca.
Al llegar a la pequeña sala, Begoña estaba sentada a la mesa, había colocado las piezas en el tablero y al ver venir al preso hizo un gesto con la mano para que se sentara; vamos a jugar, le dijo serena pero sin sonreír. Mikel se sentó y movió pieza, tenía las blancas, con lo que le correspondía abrir el juego; estaba convencido de que iba a ganar.
Al principio el silencio resbaló por toda la estancia durante un rato, se oía el ruido de las pieza que repicaban de vez en cuando; sólo había ajedrez, como si el resto de las cosas hubieran perdido importancia a raíz de la última partida. Pero eso, jugar al ajedrez, no era el motivo de aquella serie de visitas; lo sabía ella que no iba allí por su propia voluntad sino más bien por consejo de alguien, se diría que hasta forzada; y lo sabía él, a quien tan extrañas visitas sólo podía corresponder a algún tipo de relación experimental del que esperaban alguna respuesta, pero estaba muy seguro de sí mismo como para asustarse de esa mujer.
Begoña sabía que no era jugar al ajedrez lo que tenía que hacer, así que mientras movía una pieza, por romper el silencio, comenzó a hablar del tiempo.
—Este fin de semana ha hecho un tiempo excelente, mucho sol. El domingo lo pasé en el campo, los árboles están llenos de flores y con tanta luz se veían unos contrastes de colores que alegraban el espíritu, ¿verdad?
Esa última pregunta, ¿verdad?, fue hecha con cierta ironía, sabía que estaba hablando con un preso que no podía ir a ninguna parte.
—Es verdad, lo he visto a través de las verjas, como si el buen tiempo estuviera encarcelado… y lo está, por lo menos para mí.
—Lo siento, no me he dado cuenta de que el sol no entra en las cárceles.
Begoña no sonreía, mantenía la conversación como si fuera lo más normal del mundo, pero en el fondo buscaba dañarle, hacerle ver que él no podía disfrutar del buen tiempo. Mikel lo sabía, lo notaba en el tono de voz, en la sonrisa maliciosa que surgía de vez en cuando en el rostro de Begoña, en la forma de mirarle mientras se lo contaba.
—No importa —respondió Mikel despreocupado mientras movía un caballo—, gracias al buen tiempo mis suegros han traído a mi hijo para que lo vea; hemos tenido un bis a bis que agradezco mucho más que el aire fresco.
—¿Tienes un hijo? —preguntó Begoña alzando la vista del tablero.
—¿No te lo he dicho? Sí, tengo un hijo de cinco años… Me ha dado un beso. ¿Sabes cómo son los besos de los niños? —se lo dijo con ironía, buscando revancha.
La mujer, incorporándose en la silla, se quedo mirando fijamente a los ojos del joven mientras encogía los párpados. Un sí casi mudo se deslizó entre sus dientes; el silencio era tal en la sala que el eco del siseo pareció quedar en el aire de forma perpetua por un momento.
—Entonces comprendes que no echara en falta el buen tiempo, las flores y el campo.
Sin moverse, la mujer volvió a repetir un sí que era un calco del anterior, suave pero mantenido. No obstante, esa seria postura y la mirada fija no amilanaron a Mikel; estaba convencido de que volvía a ganar, de que la insistencia por hacerle ver lo mal que estaba en la cárcel estaba fracasando, así que continuó:
—Me ha dicho mi suegro que el otro día Jagoba, mi hijo, se acercó a una pequeña heladería y dijo a la tendera, que debía de ser una señora bastante mayor, quiero un helado handia —Begoña le escuchaba con atención, pero seria, sin embargo Mikel ponía toda la ilusión al contarlo—. La tendera le respondió; perdona niño, sólo tenemos de fresa, de chocolate, de caramelo, pero de sandía no, ya lo siento. Mi hijo insistía; quiero un helado handia y la señora, desconcertada con un niño tan terco, le decía que no, que los helados de sandía no existen. Así hasta que mi suegro le dijo que lo que quería era un helado grande, handia en euskera.
Al contar esto Mikel se reía a carcajadas, y Begoña, imaginando al pequeño, estiró los labios en una leve sonrisa.
—Has sonreído, sí señor, esta vez te he hecho reír.
—Los niños son así —respondió con los labios tersos aún en la boca— recuerdo cuando a Eduardo, nuestro hijo, le estábamos enseñando a controlarse las ganas de orinar, le habíamos quitado los pañales hacía poco y le dijimos que nos avisase, que no se hiciera pis en los pantalones. Así, un día, mientras estaba jugando encima de la cama le debieron entrar ganas de mear, se bajó los pantalones para no mojarlos y dejó caer la chorretada encima de la almohada. No se mojó, no señor, tal como le habíamos enseñado. Mi marido y yo nos reímos mucho, no pudimos reprenderle.
Sonrieron los dos, Mikel estaba olvidando el lugar donde se encontraba. Ese pequeño cuarto de las extrañas visitas empezaba a ser acogedor para el reo. Podía compartir los sentimientos hacia sus seres más queridos con otra persona que le entendía muy bien. Las paredes del despacho desaparecieron en ese momento, como si estuviera en campo abierto; aunque no corría el aire, pero eso ya ni lo notaba.
Aunque los dos jugadores reían, la mirada de Begoña seguía siendo profunda y en el cristal de su iris se reflejaba una oscura niebla que brillaba por dentro, una luz que apenas desbordaba al exterior envuelta en un húmedo manto que parecía desbordar. Se levantó de su asiento casi tambaleándose, su mente se veía perdida y su rostro mostró una tristeza que oscureció el entorno de tal forma que las risas callaron de golpe. El reo, sorprendido, la miraba quieto, confuso y un tanto intrigado por el cambio. Entonces ella continuó:
—Te imaginas a ese niño, tan pequeño como tu hijo, sentarlo en la parte trasera del coche poniéndole el cinturón de seguridad para que no corra riesgos y después arrancar el motor… Explotó, sabes, explotó… había una bomba bajo el asiento.
El retumbar del ruido de aquella detonación esparció por el cuarto un silencio que hizo temblar al reo. Begoña tenía los ojos colorados y las mejillas empapadas; no gritó, pero su voz estaba rota y el eco de sus palabras se repetía en las paredes del cuarto como espinas que se arrastran por el alma dejándola marcada para toda la vida.
Mikel bajó la vista y quedó quieto, mirando una partida que ya estaba empezada pero que no se iba a poder terminar. Su corazón golpeó una ola de calor en su interior que le impedía volver a mirar a la cara a esa señora.
—¡La pusiste tú! —señaló Begoña de forma directa a un hombre que no se atrevía a levantar la vista mientras ella lloraba, pero no de rabia sino de pena. Eran lágrimas que la acompañaban desde hacía cinco años, el mismo tiempo que llevaba preso el reo.
—¡Tú los mataste! y no culpes a nadie más, sabes que frente al dolor de la pérdida de quien amas el resto de las cosas carecen de importancia, tú me lo has dicho ¿Te das cuenta? Me convencieron de que con estas entrevistas llegarías a arrepentirte de haber matado a un ser humano y que yo terminaría apreciando en ti esa misma condición; sigo teniendo mis dudas. Tú los mataste.
Las palabras se repetían una y otra vez como el eco entre las paredes del cuarto que abrasaban de calor provocando una atmósfera espesa que golpeaba el pecho a Mikel mientras se defendía en voz baja; no es culpa mía, es el conflicto con el estado… no es mi culpa. Pero aunque pretendiera justificar su actitud, sabía que fue él quien puso la bomba matando a un hombre que decía que no había gente mala, y a un inocente niño que por obedecer a sus padres meó sobre su lecho.
© Fernando Urien