El mundo sobre la alfombra


Ayer falleció Ray Bradbury, Autor de Crónicas Marcianas y Fahrenheit 451. Un escritor de ciencia ficción cuyas historias apenas han sido llevadas al cine, salvo Fahrenheit 451, quizás porque no trataba temas de buenos y malos, de guerras o explosiones. Escribió muchos relatos Crónicas Marcianas es una muestra de ello. Inspirado en su relato La última noche del mundo, le dedico como un pequeño homenaje éste que yo he escrito.

El mundo sobre la alfombra

Llegó a casa y cerró la puerta despacio, sin ganas. Dejó las llaves sobre un cenicero que había en el vestíbulo. Entró en la sala y se sentó, como siempre lo hacía, en el sillón que había frente al televisor. Parecía que la cabeza le pesaba ya que le costaba mantenerla erguida. Sus movimientos eran lentos y desganados. Tomó el teléfono que había en una mesita a su derecha, debajo de la ventana que daba a un patio interior, y marcó el número de su único hermano. Le hubiera gustado tener una familia, pero se quedó soltero y en soledad. Mientras oía la señal por el auricular no pudo dejar de pensar en lo efímera que era la vida:

—¿José?

—Sí…, soy tu hermano, Antonio.

—Bien…, bien… Te llamaba para decirte que los viejos han muerto.

—Un accidente… tuvieron que sacar su coche de los bajos de un camión.

—Sí también yo se lo dije muchas veces…, era ya muy mayor para llevar un coche; nunca hizo caso.

—Eso…, eso… Creo que lo han pasado bien hasta el último instante.

—No, estaban ya muertos cuando los encontraron. No creo que hayan sufrido mucho.

—Sí, pero sabíamos que estaban ahí…

—No, no te preocupes.

—dale recuerdos a Julia.

—Adiós.

                Colgó el teléfono y encendió el televisor, emitían Lo que el viento se llevó, era una película que aunque la había visto varias veces, le distraía. En esta ocasión su cabeza no olvidaba a sus padres… La vida se fue en un abrir y cerrar de ojos… Ellos no dejaron nada pendiente, su padre tenía todo bien organizado. Sin embargo Antonio tenía una cosa con la siempre soñó y estuvo posponiendo una y otra vez; dar la vuelta al mundo. Se levantó del asiento y se dirigió al dormitorio, abrió el primer cajón del aparador y de debajo los pijamas sacó las libretas del banco. Al ver los saldos pensó que no debía de posponer un día más ese viaje. El pequeño taller donde él reparaba calzado podía quedar cerrado durante unos meses. Tenía que ir a alguna agencia de viajes y organizarlo.

                Volvió a la sala para continuar viendo una película que no lograba distraerle. Por el pasillo se oía el golpeteo de una gota de agua que salía del baño. “Debí arreglar esa fuente”, pensó mientras observaba el sofá donde nadie se sentaba. Levantó la vista hacia el reloj de pared que su padre le regaló al comprar el piso. Ese incansable y eterno “tic-tac” le llamaba la atención más  que los diálogos de una película que ya conocía.

                Estaba repasando los saldos de sus libretas cuando de improviso cortaron la retrasmisión para dar una noticia. Antonio levantó la vista y miró al televisor con interés; no era usual ese tipo de comunicados. Las cámaras mostraron a una señorita bien arreglada tras una mesa que ocupaba todo el estudio. Tras ella había una pantalla donde se veía el cosmos. Con el rostro serio la presentadora comenzó a dar la noticia:

                “Los centros de astronomía de todo el mundo han detectado la explosión de una supernova que se encuentra a diez mil años luz. La mayor densidad de rayos gamma llegará a la Tierra mañana al amanecer. Nuestra atmósfera no servirá de escudo en esta ocasión. Los rayos entraran en el planeta destrozando la capa de ozono y arrasando toda forma de vida. Algunos gobiernos intentan salvar muestras de cada especie escondiendo embriones en refugios antiatómicos. Apenas nos quedan una horas de vida; intentemos disfrutarlas.”

                Antonio levantó la vista del televisor y observó su entorno. La casa estaba en penumbras. Delante tenía la mesita de centro con un pequeño cenicero, dos papeles de propaganda y una pequeña reproducción del discóbolo de Mirón. Un retrato de sus padres con él y su hermano y una marina, acompañaban al reloj de pared que no dejaba su eterno “tic-tac”. El televisor seguía emitiendo Lo que el viento se llevó ¡Qué más daba! Tomó el teléfono y marcó el número de su hermano.

                —¿José?

                —No, no te preocupes por el funeral…

                —No, no es eso… ¿Has oído la noticia?

                —Mañana moriremos todos.

                —No te rías, por dios. No es broma…

                —Bueno…, tómalo como quieras…

                —No, no… Te he llamado para decirte que te quiero…

                —No, no es por la muerte de…

                —Ves como sí. Al enterarme, tú has sido la primera persona en la que he pensado.

                —Gracias… Me hubiera gustado haber tenido una familia…

                —No, no quiero ir a vuestra casa. Dile a Julia que se ponga.

                —Sí… ¿Julia?

                —No te preocupes… Recibe mi mayor abrazo. Mi hermano ha tenido mucha suerte contigo.

                —No…, no. Prefiero estar solo.

                —Sí… Gracias… Adiós.

                Cuando colgó el teléfono los diálogos de la película marcaban más el silencio. El tic-tac del reloj de pared parecía sonar más alto. Apenas había visto a la muerte en los seres más próximos, cuando ya le estaba esperando a él. Nunca imaginó que fuera a ser tan rápido, sin embargo no estaba asustado. No veía venir al fatal destino, aunque ya no tenía sentido esperar a mañana. Se levantó y fue al cajón donde guardaba muchos papeles de propaganda turística que había juntado durante tiempo. Luego retiró la mesita de centro y extendió los folletos de propaganda junto a fotos de sus padres y el cuadro que colgaba de la pared.

                Las ciudades y naciones del mundo se repartían sobre la alfombra. Desde su sillón podía ver todos y cada uno de los lugares del planeta.

Se detuvo en París y soñó con la Torre Eiffel, El Arco del Triunfo, disfrutó de Los Campos Elíseos, Llegó a Roma y entró en El Coliseo en el momento en luchaban los gladiadores, paseó por el Foro Romano, llegó a Moscú y visitó El kremlin, La plaza Roja…, la Muralla China, la Ciudad Prohibida, los jardines japoneses, Hollywood, la ciudad de Los Ángeles, Las Vegas, el Empire State, el país de los Incas, Rio de Janeiro, las cataratas Victoria… Las fotos de sus padres se confundían entre los folletos de propaganda mezclando los sueños con los recuerdos.

Todo estaba en su salón y él fantaseaba con cada uno de los lugares que veía. En ocasiones cerraba los ojos, otras veces tomaba un folleto y lo leía… para después soñar mejor.

El ruido del televisor sonaba con sordina, ajeno a lo que estaba sucediendo en aquel lugar. El golpeteo de la gota de agua se perdía entre los cuartos de la casa. Sólo el “tic-tac” del reloj, aunque sonaba más bajo que los diálogos de la televisión y era más monótono que la gota de agua al caer, Antonio lo sentía seco e imperturbable, como un oscuro e infinito eco que estorbaba a sus sueños.

 

©Fernando Urien

 

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