AMANECIENDO


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Amaneciendo

Cuando a Alfredo le vienen a visitar las musas, no son las harpías ni los licántropos; ni el unicornio ni el grifo quienes le estimulan. Es la neblina que se mece en el aire al amanecer en el embarcadero, junto a las aguas del mar en calma chicha. La que se desliza entre la penumbra de la noche que se pierde y el frescor que el despertar del nuevo día escarcha sobre las plantas. La luna extraviándose en el horizonte, mientras su pálido color deja al arco iris que gobierne la tierra. El arrullo de la tórtola que se confunde con el trinar de los gorriones, los gritos de las gaviotas y el canto del ruiseñor que apenas se oye.

La calina sube entre las callejas aún dormidas y se desliza sobre un adoquinado que brilla como si estuviera recién limpio. Los espectros de la noche se van evaporando y dejan los rincones del pueblo tranquilos. La oscuridad se pierde entre los colores de las fachadas de las casas que poco a poco asoman con alegría. Las luces de las farolas se apagan y el lugar parece aún más dormido que cuando las tinieblas ensombrecían el cielo.

El campaneo de la torre más alta de iglesia enciende las luces en algunas ventanas. El olor a pan recién hecho derrite la niebla y el mar, entre brillos amarillos se clarea. El sereno se retira y el murmullo, de los zapatos al caminar, se repite en las callejuelas. El ruido que hacen las persianas de los comercios al subir despierta a las golondrinas. El arrastre de mesas y sillas en las terrazas de los bares preparan el descanso.

Un joven camina dando largas zancadas con la prensa bajo el brazo cerca del quiosco de la plaza. La madre lleva el niño, aún dormido, con paso ligero. Dos muchachos caminan juntos hacia el colegio con sus mochilas al hombro. Un hombre, vestido con corbata y trajeado, se cruza frente al quiosco con el joven de largas zancadas. Se enciende la luz roja del semáforo y los coches paran. La niebla ya ha desaparecido, el color domina el entorno y los ecos de los sonidos del quehacer llenan el pueblo.

Las olas del mar golpean la escollera. La oscuridad se agota en el cielo y las tinieblas se extravían por los rincones. El vaso superior de la clepsidra está casi vacío. El océano alcanza despierto la playa donde caminan las gaviotas y dejan sus huellas en la arena húmeda, cerca de la orilla.

Después, las musas abandonan a Alfredo que encuentra su mesa de trabajo llena de papeles y documentos pendientes de realizar.

© F.Urien

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