El Mendigo


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El Mendigo

Al verlo solo,

sentado en la esquina

fría,

sobre el suelo mojado,

duro.

Su carne colgaba de los pómulos,

escasa.

Estiraba, como una rama que parecía irse a quebrar con el viento,

la palma de su mano

de largos

y desnudos dedos.

Me miró con esos ojos de párpados caídos,

oscuros,

que en la profundidad de las cuevas de su rostro perdían

su brillo

ingenuo y pálido.

Quizás debí gritar al aire y al viento

clamando justicia,

debí arrancar del bolsillo unas monedas

de hipócrita caridad.

Quizás debí haberlo apretado entre mis brazos y darle el calor

que en su soledad faltaba.

Pero él sonrió.

Y yo…

Escondí la mirada.

©Fernando Urien

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2 comentarios en “El Mendigo”

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