TELEQUINESIS


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Telequinesis

La evidencia no siempre es aceptada, aunque esté muy clara. Un servidor de ustedes vivió una circunstancia que nadie creyó, por muy real que fue lo sucedido. El hecho en sí, fue realmente increíble. Por eso mismo, solicité alguna prueba en la que apoyarme para que la gente creyera mi relato. Al poco tiempo, adquirí unas asombrosas habilidades que debían acreditar el extraño suceso que viví. Mas no fue insuficiente.

Para demostrar mis cualidades, me presenté en un programa de televisión. Se llamaba Tienes Talento. Pensé que la evidencia pública de esas extrañas habilidades, convencerían al mundo de veracidad de mi testimonio.

Puedo asegurarles, que cuando se abrió el telón no vi a nadie, aunque el aforo del teatro estaba al completo. Tampoco escuché aplausos, aunque se multiplicaron por los asientos. Poco a poco, y en la medida en que mis nervios se calmaban, fui descubriendo al jurado.

Frente a mí y mi izquierda, había un señor que me miraba con una sonrisa burlona mientras reposaba el rostro sobre sus manos. Junto a él estaba una mujer (siempre las he preferido), tenía una mirada tierna y amable, parecía decirme «ánimo seguro que nos sorprendes».  Después, estaba el presentador que tiene mala fama en estos concursos. Era el más borde de todos: ofensivo y censor. Estaba mirando no sé qué notas. No me hacía ningún caso.

El primero, el que tenía los codos sobre la mesa y la cabeza entre sus manos; dirigiéndose a mí, me preguntó mi nombre. Yo, un poco nervioso porque no estaba acostumbrado a esas circunstancias, le dije que Ricardo; Ricardo Fonseca Puentemayor. La chica me miraba sonriente y amable, el malhumorado no dejaba de ver las notas. Después me preguntó a ver qué es lo que iba a hacer. Le dije que un número de magia. Mis intenciones no estaban en ningún truco de magia, sino en sorprender por mis capacidades sobrenaturales, pero ¿en qué número las podía representar? El último hombre, el que se encontraba al otro extremo de la mesa del jurado mirando papeles; levantó la vista para decirme que por allí había pasado demasiada gente haciendo trucos de magia.

Eso era cierto. Estuve a punto de decirle que la mía era diferente; pero pensé en que sería mejor modificar mi exposición, y respondí:

—Bueno, mejor dicho, voy a hacer una demostración de telequinesis.

Eso sí que sorprendió al inquisidor, que levantó la cabeza y fijo la vista sobre mí como si buscara penetrar en el interior de mi cuerpo. Fue la muchacha, como siempre, la que rompiendo el hielo, me invitó a que empezara con mi demostración.

Poder mover objetos con la mente, no era un capacidad que yo tenía de nacimiento. Era la prueba de que me había ocurrido algo, aún más extraño que el mero hecho de desplazar objetos sin tocarlos. No obstante, la demostración que debía hacer no podía deja lugar a dudas de que era mi mente, no una argucia de malabarismo, lo que movía los objetos.  Por ello, dejé sobre el suelo y a mis pies: dos medias esferas y dos aros de diferente diámetro. Después, retrocedí dos pasos y miré al público. Era la primera vez que me fijaba en los espectadores. Todos me observaban en silencio. En el auditorio, que era grande, no se oía ni el zumbido de una mosca. Me impresionó. Miré de nuevo los objetos que había dejado en el suelo. Un foco los iluminaba, otro me alumbraba a mí.

Una media esfera comenzó a levantarse en el aire. Se oyó un suspiro. Después la otra mitad alcanzó a la primera y se aproximó a ella hasta forma la esfera completa. Pero, mientras una mitad giraba hacia un lado, la otra lo hacía hacia el contrario. Después, el aro más pequeño se alzó hasta incluir las dos esferas en su interior. Entonces, comenzó a girar sobre un eje horizontal encerrando a la esfera partida. Por último, el aro grande atrapando al más pequeño y a las dos medias esferas, los rodeó sobre un eje vertical.  Era como un pequeño astro dividido en dos y rodeado por aros, en una maraña de incansables giros que se entrecruzaban. Ningún hilo podía sujetar tantas piezas con movimientos contrarios. El pequeño astro se desplazó frente al jurado, luego sobre las cabezas del público. Finalmente volvió a mis pies, y las piezas quedaron de nuevo inertes en el mismo lugar de donde partieron.

Yo miraba al público esperando que estallase en aplausos. No creo que sea normal ver tal artilugio de elementos en movimiento recorriendo los espacios de un auditorio. Fue alguien, desde la parte trasera, quien comenzó a aplaudir en solitario, luego un estruendo de aplausos llenó el local mientras la gente se levantaba, aún incrédula, y me deba vítores.

Estaba seguro de que lo había conseguido. Los rostros de sorpresa y admiración de los miembros del jurado, me lo confirmaba. El hecho de que yo tenía poderes de telequinesia era tan evidente entre el público, que ni siquiera el crítico presentador sería capaz de negarlo. Tomé una gran bocana de aire y respire con alivio.

Fue la mujer del jurado la primera en admitir su asombro. Me dijo que estaba gratamente sorprendida y que me daba su voto para que acudiera a la final. Su compañero, el que estaba mi izquierda, admitió su desconcierto con semejante número y me dio su voto para que repitiera el extraño truco. Aunque yo le insistí en que no había truco, él me miró desconfiado. Fue el tercero, el amargado sacafaltas, quien puso muchas dudas a mí número. ¡Como si todos los días se viera por ahí tanto cachivache en movimiento y levitación! Insistió en que pudo haber sido un buen número de magia, pero que mi pretensión era otra cosa. Esa fantasiosa capacidad de mover objetos con la mente, había que demostrarla frente a científicos y gente preparada para ello. Me dio su voto para que volviera. Sería en esa final donde unos incrédulos, estudiosos de los fenómenos paranormales, evaluarían mis capacidades de telequinesia.

No es que mi intento quedase en un fracaso, sino que yo supuse que tal destreza, la telequinesis, era evidente. No entendía tanta duda y tanto remilgo en aceptar lo innegable.  Me fui a casa con la sensación de que esa habilidad que tan especial me parecía, resultaba tan increíble que cuanto más evidente la mostraba, surgían más dudas.

Llegó el día de la final del concurso. So estaba seleccionado para acudir a ella. El motivo no se encontraba en la calidad de mi número, sino en la confirmación de mis capacidades. Aunque no lo crean, no estaba nervioso. Sabía perfectamente que movía objetos con mi mente. Lo había hecho muchas veces. Hasta había logrado un dominio que me asombraba a mí mismo. Era capaz de enhebrar una aguja sin coger el hilo ni el punzón, de mover objetos sin tenerlos a la vista, de escribir en un papel sin tocar la pluma, con la agilidad y el pulso de mi mano. Era capaz de hacer demasiadas cosas como para que me asustaran las pruebas a las que me iban a someter.

En el hombro del escenario donde yo estaba, había cuatro muchachos vestidos de torero. Estaban esperando para salir a cantar. Se les veían orgullosos de sus trajes de luces. El más joven estiraba de la chaquetilla para abajo, debía parecerle demasiado corta; otro no dejaba de pasar, de una mano a otra, la montera. Los otros dos miraban hacia el escenario, serios; sin apenas moverse. Después de ellos tenía que salir yo. Estaba tranquilo, solo mi pierna derecha temblaba de forma incontrolada. No sé qué es lo que los rejoneadores cantaron, pero apenas di una vuelta, y me estaban llamando para que saliera al público.

En esta ocasión sí que vi a la gente. Había mucha. El auditorio era más grande de lo que fue la primera vez. El jurado estaba más lejos. No obstante, los pude distinguir bien. Guardaban el mismo orden que en la primera ocasión. El que estaba a mi derecha era el ofensivo, censor y malas pulgas. Me miraba sonriente. A unos tres metros, alejada de mí, había una mesa. Sobre ella reposaban dos medias esferas y los dos aros. La muchacha del jurado me pidió que repitiera el número, como la primera vez. Lo hice casi con los ojos cerrados. El público me aplaudió mucho. Sin embargo, el sacafaltas de mi derecha, sin dejar de sonreír aclaró que no era magia lo que yo pretendía; sino una demostración de poderes de telequinesia. Yo afirmé bajando la cabeza. Entonces, bajó un señor del público y dejó sobre la pequeña mesa que había en el escenario, una caja transparente. Dentro de ella, había lámina de metal. Me dijeron que en la parte de arriba del recipiente había una ranura por donde la lámina se había introducido. Sin acercarme a la mesa tenía que sacar la chapa de la caja.

Me pareció cosa fácil. Fue impresionante el silencio que se hizo en el auditorio. Me concentré en la lámina. Sin embargo, no sé movió. Yo había movido agujas, papeles, pelotas, bolas de cristal, bolos, piedras. ¿Cómo no iba a poder mover una pequeña y fina lámina de metal? Quise acercarme a la mesa, pero enseguida me llamó la atención el insufrible miembro del jurado. Me quedé quieto, y mirando fijamente a la caja me esforcé más que nunca por mover la pieza. Pero seguía en la misma posición en que la habían dejado. ¡No era posible! Me acerque a la mesa y tomé la caja. ¡Era una imagen holográfica! El jurado me gritó que no la tocara, y un señor me la quintó de las manos. Denuncié el engaño: ¡la chapa no estaba, era una imagen lo que allí había! Nadie me hizo caso. Dijeron que quien la propuso como prueba a superar, era un experto en fenómenos paranormales. Que lo de los aros era un buen número, pero que habían visto mejores.

Yo era capaz de mover objetos con la mente. Lo sabía. Lo había hecho muchas veces. Me estaba poniendo nervioso y grité que no, que mis poderes de telequinesis eran la prueba de que había sido abducido por una nave espacial…

El auditorio enmudeció como nunca antes lo había hecho. Me sentí solo. Después, la muchacha del jurado me agradeció mi presencia en el concurso y, con buenas palabras, me invitó a marchar.

©F.Urien

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