La alfombra roja


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La alfombra roja 

Hoy en día, las mujeres españolas tienen una esperanza de vida de 85 años y los varones de 79 años. En el año 1.900 la esperanza de vida de las mujeres en España era de 35,7 años y la de los varones de 33,9 años. En el siglo XX y lo que llevamos del XXI, la esperanza de vida de los españoles ha crecido de forma continuada. Esto es debido a la universalización de la sanidad,  la mejora en la alimentación y los avances de la medicina. Quizás sea esto último lo que más está incidiendo  en la longevidad, cada vez mayor, de las personas. Pero se envejece.

Muchas de las enfermedades que antes eran mortales, hoy, con un tratamiento adecuado,  se han transformado en crónicas. No hemos sido capaces de curarlas, pero sí de adormecerlas. Una enfermedad crónica es de larga duración y progresión generalmente lenta. Se espera que dentro de unos años, sean las responsables a nivel mundial del 73% de las muertes y del 60% de la carga de enfermedad.

El deterioro constante del organismo humano es una variable que la medicina no ha podido controlar. Una alimentación sana, junto con ejercicio rutinario, puede prever una vida saludable, pero no la eterna juventud. La vejez delata el imparable deterioro de un organismo. Pero, ¿hasta qué punto se puede cronificar?

Los diferentes avances farmacéuticos están permitiendo aletargar el deterioro de un organismo. Hay medicamentos que regulan el colesterol,  la hipertensión, facilitan la fluidez de la sangre, ralentizan enfermedades autoinmunes, etc. El progreso de la vejez deteriora la calidad de vida. Así, hoy en día, nos podemos encontrar con personas que debido a la vejez, tengan un deterioro de su organismo muy importante; pero no fenezcan.  Pueden estar existiendo sin ninguna calidad de vida, pueden permanecer durante mucho tiempo inconsciente o seminconscientes; pero sin morir. En estos casos la medicina se vuelve perversa. La legislación prevé la posibilidad de dejar de medicar a esa persona, suministrándole, claro está, tratamientos paliativos. Pero, a no ser que exista un testamento vital, esas normas no están muy claras.

Es ahí, donde centros residenciales de personas mayores pueden estar obstruyendo la muerte natural a individuos que carezcan de la menor calidad de vida (a veces en contra de los deseos de su familia), mientras se cobren los costes de la habitación que ocupan. La legislación debería también velar por el bienestar de esas personas, que al encontrarse en ese estado de seminconsciencia, no tienen capacidad para acogerse a las ventajas de un testamento vital. Sin embargo, pueden convertirse en rehenes de unos tratamientos que esclavizan el pulso de sus venas en tanto sean fuente de ingresos.

Respira…

¡Sí, respira!

Sus pulmones apenas el aire retienen.

Y el alma,

¡Ay,el alma!

el alma de su cuerpo está que va y viene.

Que va…

que va y viene.

Gélida, la estancia de ecos mudos

donde su cuerpo reposa entre níveas sábanas

y negras sombras.

El tiempo como un gong inmóvil no se inmuta

y pervierte la estancia donde la figura duerme.

A veces se agita y solloza muda

porque chillar no puede.

Le tiemblan los labios,

le tiemblan los labios…

le tiemblan los labios cuando escucha la voz de alguien a quien ella quiere.

No ve, aunque abra los ojos,

permanece entre sombras y sueños.

Siempre duerme.

No vive,

no vive,

no vive,

pero tampoco muere…

tampoco muere porque no le dejan los tratamientos que la ciencia impone.

Ya no le dan vida…

y tampoco permiten que La Parca entre.

Sus entrañas vomitan,

sus entrañas vomitan medicinas que ya no quieren.

porque es un vivir sin vida

y un morir sin muerte.

Se enfadan los doctores,

se enfadan los doctores,

se enfadan los doctores cuando dices que dejen la puerta abierta

que pongan la alfombra roja

que dejen pasar a la muerte.

Y que se la lleve,

y que se la lleve

y que se la lleve de este limbo donde no está viva

porque vivir no puede

y tampoco está muerta

porque cierran la puerta

para que  Azrael no entre.

©F. Urien

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