La noche de Todos los Santos


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LA NOCHE DE TODOS LOS SANTOS

El parking que había a la puerta del cementerio, estaba al completo. En el camposanto, la gente andaba de un lado a otro con flores, buscaban las tumbas de sus familiares. Era el día de todos los santos. El silencio que guardaba aquel lugar durante el año, desaparecía.

Una cuadrilla de amigos aprovechó aquella ocasión para visitar a sus familiares. Paseaban por los caminos que había entre tumbas y gastaban bromas sobre algún que otro epitafio.

Al  atardecer,  la gente fue abandonando el lugar. El soplo de la brisa volvió a escucharse entre los cipreses. Poco a poco, los nichos se quedaban solos de nuevo. Eran muchas las flores que adornaban sus mármoles. El cementerio tenía otro color, parecía nuevo.

El sol se perdía en el horizonte, las sombras crecían. La cuadrilla de amigos daba vueltas por aquellos campos. Ya solo se escuchaban sus risas, el murmullo de los visitantes había desaparecido. Las rígidas y mudas formas de mármol adornaban aquella campa.

—Así me gusta el cementerio —reflexionó Alfredo—, sosegado y en silencio.

—¿Te gusta el cementerio?—preguntó Cristina entre risas.

—Me parece un lugar tranquilo. Aquí los vivos solo vienen en días como hoy, y los muertos no molestan.

—¡Anda ya!—contestó Ricardo con una sonrisa— Me vas a decir que es un lugar apetecible para disfrutar de la soledad y el silencio.

—Por supuesto que sí.

—¿No es un poco siniestro? ¡Hay muertos dentro de esas tumbas!—Insistió Cristina con cierto desagrado.

—Lo cierto es que ni los ves, ni los oyes —mantuvo Alfredo—.

—Si molestan tan poco los cadáveres —continuo Ricardo con cierta sorna—, ¡a que no tienes huevos para quedarte aquí esta noche!

—¡Estás loco! —Se escandalizó Cristina.

—Alfredo habla mucho de la tranquilidad del cementerio, pero omite lo principal: el morbo de los muertos.

—Que te apuestas a que me quedo esta noche en el cementerio…, y tan tranquilo.

—Una ronda de cerveza.

—Hecho.

—Pero ¿estáis locos? ¿Cómo te vas a quedar aquí solo?

—Mira, se tumba en aquel banco y hasta puede echar una cabezadita—respondió Ricardo con ironía.

Delante de un pequeño mausoleo, había un banco de madera con un rosal por cabecera.

—Yo en aquel banco, me quedo como un tronco.

Alfredo, separándose de sus amigos, se dirigió al asiento que había junto al rosal. Se tumbó en él y sacudió su mano con un gesto de despedida.

—Anda vámonos, que ese está loco—resolvió Ricardo.

—¿Cómo vamos a dejarlo solo?

—Si quiere, que venga. Si no; él verá.

Alfredo se quedó mirando cómo se marchaban sus amigos sin moverse del banco.

Poco a poco, el cielo fue oscureciéndose. Solo una hermosa, redonda y blanca luna destacaba por su esplendor. En la oscuridad, las tumbas parecían más siniestras. Los colores de los mármoles tomaban un tono negruzco que se extendía por todo el cementerio.

Alfredo, no obstante, se sentía cómodo. Se arrellanó en el banco, tomó una bocanada de aire y cerró los ojos. El susurro de alguien, que debió haberse quedado por allí, despertó la curiosidad del muchacho. Se incorporó y miró, de un lado a otro, intentando descubrir, entre las tenues sombras de la noche, a su compañero. Como el camposanto estaba oscuro, no podía ver a lo lejos. Se dirigió hacia el lugar de donde partían las voces. Mientras caminaba entre tumbas; Los crucifijos, como oscuros e inmóviles espantapájaros, llenaban el entorno. Detuvo su paso para orientarse hacia el lugar de donde procedían las dichosas voces. Fue entonces, cuando a su espalda escuchó con claridad.

—¡Malditos rojos! ¡No vais a quedaros con mis tierras!

Alfredo se volvió de inmediato, pero allí no había nadie. Por su izquierda una voz un poco más alejada respondió:

—Para los cuatro acres que tienes, ¿quién se va a molestar?

—¡Son míos!

—¡Son del pueblo! —se oyó a lo lejos.

—¡Las iglesias son de Dios!—dijo una voz femenina y un poco tímida

—Sí, en el otro mundo, claro. ¡Ja, ja, ja!

—¡Rojos de mierda, devolvedme mis tierras!

—Bastante tienes con la que te cubre. ¡Ja, ja, ja!

Se formó una algarabía que Alfredo nunca hubiera podido imaginar. Las voces venían de las tumbas. Pero resultaba increíble que, al anochecer,  en el camposanto hubiera semejante rifirrafe. El alboroto iba subiendo de tono en tanto que el joven buscaba, ya nervioso; entre panteones, crucifijos y mausoleos la procedencia de tales voces. Al final, perdió los estribos y gritó al cielo, pues no sabía a dónde dirigir su voz: «¡¡callaros todos!!». El efecto fue fulminante. De nuevo el ruido que provocaba la brisa al mover las hojas de los árboles era el único sonido que se oía en aquel lugar. Alfredo, desconcertado y sin atrever a moverse, se quedó escuchando el silencio. Después, viendo que la tranquilidad había vuelto al lugar, se dirigió a su banco. Al ir a tumbarse de nuevo escuchó que alguien decía en voz baja:

—¿Hay un vivo por allí?

—¡Sssshh!

Alfredo fue a incorporarse pero volvió a tumbarse. Estuvo quieto y en silencio. Tenía curiosidad por saber lo que decían las voces. Le costaba creer que fueran los muertos. Pero por allí no había nadie a parte de él, las tumbas y los cipreses. Estaba seguro de que las voces venían del interior de los sepulcros. Al poco rato continuaron con la tertulia:

—Bueno…, ¡qué!. Se ha ido el vivo.

—¡Ssssshhh!

—¿Qué hace por aquí un vivo a estas horas?

Luego se escuchó un sollozo que venía de una tumba próxima:

—¿Dónde está mi hijo? Lo detuvieron en Santander. Tenía diecisiete años…

—¡Sssshhh!

—¿Era rojo?

—Se lo llevaron a Burgos —continuó la voz quejumbrosa.

—Si era rojo está muy bien en la cárcel.

—¿No veis que la mujer sufre?— se escuchó de la lejanía.

—¡Que me devuelvan mis tierras!

—Ya está ese, otra vez…

Poco a poco, el alboroto fue adueñándose del camposanto de nuevo. Alfredo no podía dormir. Le parecía increíble lo le estaba sucediendo. Pero no tenía miedo, solo se oían voces. Por allí, en la medida en que la penumbra le dejaba ver, no había nadie. Harto de tanto ruido, y por ver si conseguía dormir un poco, grito de nuevo:

—¡Silencio! ¡¡Callaros de una puta vez!!

El cementerio enmudeció. Alfredo estuvo un rato observando las penumbras y agudizando el oído. Después, no muy convencido de haber logrado que se callaran, se tumbó en el banco. Al cerrar los ojos, escuchó que alguien hablaba por los bajines:

—¿Se ha ido el vivo?

—Creo que ha sido el muerto del mausoleo.

—Seguro que sí. Los vivos no vienen al cementerio a estas horas.

—¿No los has escuchado antes? ¡Qué ruido!

—Por eso te quejas tú que no tienes visitas. Pero a mí me ha venido mi hija con una nieta… y no sé quién más. No conocía las voces.

—A mí me han venido mis hijos y la nuera.

—A mí no sé quién ha sido, pero ha estado llorando… me daba pena.

—A mí me parece que me han quitado las flores.

—¡Quiero mis tierras!

—Ya está otra vez el fascista ese.

—¡Calla, rojo masón!

—¿Qué es un masón?

Alfredo desbordaba de ganas de dormir. Volvió a gritar:

—¡Callaros!

—¡Cállate tú, pesado!

—¿Murió en Burgos?

—¿Quién?

—Sí.

—Ya sé quién era, el jovencito ese que murió de tuberculosis. Murió como un perro, no le hicieron caso.

—No digas eso, que es su madre.

—¡Callaros!—repitió Alfredo.

—¡Pesado! —respondió alguien.

Los muertos siguieron de tertulia durante toda la noche. Alfredo no pudo pegar ojo, ya que nadie le hacía caso.

A la mañana siguiente, los amigos fueron a buscar a Alfredo. Lo encontraron con el pelo revuelto, la tez blanca, unas ojeras que parecían de carbonilla, y una barba de un día que daba al pobre chico tal imagen de difunto, que los amigos se asustaron:

—¿Qué te ha pasado?¿No te dije que no te quedaras?

—No he dormido en toda la noche.

—¿Tenías miedo?

—No. Es que los muertos no callan.

Los dos amigos se miraron el uno al otro con gesto escéptico, y volviéndose después,  dijeron a Alfredo:

—Anda, vamos a casa.

©F. Urien

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