Solo es un fantasma


2014-11-15 12.24.12

Solo es un fantasma

Las paredes del cuarto eran de color verde. Había algún que otro desconchado junto al marco de la puerta. Un color negruzco y estirado se exhibía sobre la pared, en la parte alta del chifonier donde reposaba un reloj que no funcionaba. En el suelo no había alfombras. Las sabanas colgaban hasta llegar a la tarima.  En la cama dormía una mujer con el pelo rubio y revuelto. Permanecía ceñida a la manta como si fuera una extraña momia. En la mesilla había un candil con una vela y un cenicero con dos colillas aplastadas. La lluvia golpeaba los cristales de la desnuda ventana, hasta penetrar en la habitación formando hilillo de agua que resbalaba por la pared hasta mojar el suelo.

La mujer se sentó sobre el catre sin quitarse de encima la manta. Las arrugas de su frente apenas se veían entre los rizos y pegujones que colgaban de su cabeza. Sobresalían sus ojos azules en contraste con unas ojeras de carbonilla y su lánguida mirada. Se puso unas zapatillas rotas por las punteras y deshilachadas.

Fue a la cocina sin soltar la manta con que había dormido. El frigorífico estaba entreabierto. Se apreciaba la oscura vacuidad de su interior. El silencio. Sobre la cocina de butano había una sartén con restos de aceite solidificado. Una mancha de café adornaban las baldosas del suelo. Por la ventana entraba silbando el frío. Acercó su mano a un mendrugo de pan que había sobre la mesa y se lo llevó a la boca. Mientras arañaba con sus dientes la aspereza, sus ojos repasaban cada rincón de la cocina lentamente. Se le caía el alma.

Se levantó de la silla, se puso un abrigo que colgaba del ropero y caminando lentamente, como su tuviera miedo; salió de casa.

Bajó las escaleras despacio, procurando no hacer ruido. Al llegar al portal, vio el reflejo de su desaliñada imagen en el espejo que había en la entrada. Levantó las cejas y se estiró un poco el pelo. De sus venosas manos, con alguna que otra mancha oscura, resaltaban los dedos por largos y huesudos; como si sólo tuvieran pellejo.

Salió a la calle y estaba lloviendo, pero ella no se percató. Era una lluvia fina. Fue al notar la humedad en sus pies, cuando se dio cuenta que había bajado en zapatillas y con un camisón que apenas se veía porque lo cubría el abrigo. Se paró en mitad de la acera. La gente pasaba con los paraguas abiertos y las gabardinas bien cerrada. No le hacían caso, como si no existiera. Nadie templaba su marcha por su presencia. Nadie la miraba. Nadie sabía siquiera, que una mujer con camisón, en zapatillas y mal peinada; estorbaba.

Cerró los ojos con fuerza y extendió su mano. Su mejillas se humedecieron, no se sabe si por la lluvia o por las lágrimas. Allí, en medio de la acera, con la mano extendida, los ojos cerrados y sin moverse; pasó la mañana. Permaneció sola entre el tumulto, como si no existiera, como si fuera un fantasma.

©F.Urien

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