VERDI


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Verdi

El iris de sus ojos se mantenía fijo en la pequeña pantalla. Sus párpados temblaban un poco, y una capa húmeda caía de arriba abajo, bordeando la curvatura del ojo hasta desbordar y caer arrastrándose por su mejilla. No pudo menos que pasar la mano por su rostro para secarse. Pero ese gesto llamó la atención de su hijo, que subiéndose al sofá se acercó a ella mientras le preguntaba por sus lágrimas. No respondió. Abrazó al pequeño contra su cuerpo. En la pantalla del televisor continuaban informando sobre una lancha de inmigrantes que se había partido entre las olas, mientras mostraba la imagen de un niño muerto, cuyo cuerpo yacía bocabajo en la orilla de la playa, junto a la olas del mar.

Como el pequeño de la casa se aburría, tiró de una manta que colgaba desordenada del respaldo del sofá. Con ella arrastró una pequeña caja de música que cayó al suelo. Con golpe la caja se abrió y comenzó a sonar una melodía. La madre se sobresaltó. Al ver lo que estaba haciendo su hijo, apagó el televisor y le preguntó si quería ir a jugar en la arena. Pronto salieron de casa. El niño llevaba un cubo y una pala; la madre apenas una blusa, el traje de baño y las chanclas.

Salieron a los jardines de la urbanización. Mientras cruzaban el vergel, saludaron a dos vigilantes que por allí caminaban. Los había contratado por seguridad, para que no entrasen extraños en las casas. Después de pasar la cancela que daba a la playa, el niño corrió hacia la orilla.

La arena era fina y no estaba muy caliente. Al pisarla se hundían los pies casi hasta el tobillo. Pero daba gusto, era como un templado y plácido masaje. El niño se quedó quieto junto a las olas que se deslizaban suaves hasta acariciar, tímidamente, su fina piel. El sol templaba el aire y el horizonte estaba tranquilo; allí el mar besaba el cielo sin querer. La madre hizo una agujero en la arena e invitó a su hijo a que lo llenara de agua con el cubo.

De pronto se levantó el viento. El niño seguía tomando agua de un mar cada vez más bravo. La arena, arrastrada por el aire, comenzó a levantarse del suelo. En poco tiempo la madre perdió de vista a su hijo. Clamaba una y otra vez su nombre mientras corría, de un lado para otro, entre la nube de arena. Los gritos del niño la orientaron. Al tomarlo en brazos la galerna se calmó. La niebla de arena fue desapareciendo. Entonces, vio que junto a ellos había hombres sucios, con las camisas rasgadas y un color de piel entre negro amoratado. Traían cuerpos de niños como pequeños paquetes entre sus manos. Habían salido del mar como si fueran muertos vivientes. Al fondo se veía, destrozada contra la escollera de un pequeño dique que llegaba hasta la playa, una balsa. Unos arrastraban, ya sin fuerza, a los otros que, al parecer, carecían de energía. Se dirigían hacia a la pequeña familia como una legión de zombis que casi no podían andar.

La madre, asustada, corrió son su hijo en brazos hacia los jardines de la urbanización. Allí cerró con llave la cancela y llamó a los guardas para que no dejaran entrar a nadie. Después, ya en casa, acomodó a su hijo entre juguetes. Las voces de la pequeña caterva aún se oían en la cerrada estancia donde la familia se encontraba. Entonces, la mujer puso el disco “Te Deum” de Verdi, se colocó los cascos cubriendo bien sus oídos y procuró no mirar hacia la ventana.

©F.Urien

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