La Daga


Daga

La daga

¿Has aproximado, alguna vez, un cuchillo de filo pulido y de punta afilada a tu pecho desnudo, sin ropa que lo cubra? Cuando el cuerpo está al aire libre, uno se siente tremendamente más vulnerable que cuando está cubierto, aunque lo esté por una seda frágil y fina. Si acercas una daga a tu piel, notas su frío filo sin que siquiera llegue a tocarte. En la medida que acercas el puñal a tu pecho tiembla el pulso de tu mano. Desconfías de tus dedos como si fueran ajenos, como si de un momento a otro pudieran volverse locos y traicionarte.

Así encontraron el cuerpo de Leonora sobre la fría loza del baño. Sus ojos, aún abiertos, parecían asustados, incapaces de comprender lo que le había sucedido; su piel había perdido el leve color sonrosado dejando paso al tibio blanco; su cuerpo, inmóvil, dibujaba las líneas de una frágil cadera y unos hermosos pechos; sus piernas, entrecruzadas, mostraban unos carnosos muslos que bajaban escondiendo levemente las rodillas y estrechándose hasta sus descalzados pies; sus finos brazos colgaban de unas manos tensas, agarradas con fuerza a un tenebroso puñal que traspasaba su pecho un poco a la izquierda del esternón; la sangre adornaba el níveo cuerpo hasta dibujar en el suelo, con todo el escándalo de su color, la entrada de la muerte en aquel estrecho lugar. Cerca del lavabo había unas gotas de sangre que parecían ajenas al torrente que surgió del pecho de la difunta. Tuvieron que romper la puerta para llegar a ella; estaba cerrada por dentro.

«Ha sido un suicidio», sentenció el inspector y todos corroboraron la evidencia.

Sin embargo, aquella noche, al llegar a casa Leonora dejó caer sus hombros, soltó el bolso sobre el aparador, tiró el abrigo sobre el sofá de la sala y se dirigió a su cuarto soltando los zapatos según caminaba. Se desnudó, dejando la ropa sobre la cama, se puso el albornoz y se adentró en el cuarto de baño. Cerró la puerta por dentro, siempre lo hacía; cuando estaba desnuda se sentía indefensa. Se quitó la bata de baño, la colgó sobre una percha que había tras la puerta, y se dirigió a la bañera. Aquel día estaba muy cansada. Cerró los ojos con fuerza e inspiró profundamente para dejar salir el aire de su pecho poco a poco. Ese ejercicio, que siempre hacía cunado se sentía abatida, la relajaba mucho.

Al volverse para entrar en la ducha, vio sobre el lavabo la daga de su marido. Era grande, casi un machete, cuya empuñadura estaba rodeada por una cuerda tersa que acababa en un remache de latón que la retenía. Las estrías que subían en espiral, estaban rellenas con un poco de grasa y el sudor de la mano de Ricardo Fonseca, su marido, a quien detestaba: por él abandonó su tierra, por él no pudo estar junto a su madre cuando murió, por él se marchó su único hijo de casa, por su arrogancia y su falta de detalle, por su negativa a concederle el divorcio para poder vivir con el hombre a quien amaba, que no era él, y porque le había hecho la vida imposible. De ese cuchillo caían unas gotas de la sangre que cubría la hoja hasta la empuñadura.

Al verlo, Leonora se estremeció. Luego, cierta tranquilidad iluminó su rostro, todo el ajetreo del día parec desaparecer. Su marido había muerto y esa daga ensangrentada era la prueba. Pero, ¿qué hacía el machete allí? Ella nunca pidió a Fernando Alonso Contreras, su amante desde hacía años, que le devolviera la prueba del delito. Solo quería librarse de su marido, nada más.

Tomó la daga por la empuñadura y fue a coger un poco de papel higiénico para lavarla. Sin embargo, al inclinarse notó cómo se movía entre sus dedos. Como si tuviera vida propia giraba hasta señalar su pecho con la punta de la hoja. Llevó de forma precipitada la mano izquierda hasta sujetar con ambas manos el rebelde cuchillo que parecía haber tomado vida. Sin embargo, el arma blanca quiso zafarse de la presa y empujó su filo ensangrentado hacia el cuerpo que la retenía. El Rostro de Leonora cambió: sus ojos se abrieron asustados, sus labios se cerraron prietos y fruncidos, sus músculos se tensaron y un pie retrocedió parar tener un apoyo más sólido frente al empuje del puñal. Resbaló con la alfombrilla y cayó al suelo. Ese golpe la descolocó y el machete cruzó su pecho aun cuando los brazos forzaban la empuñadura para que no lo hiciera. Sobré la fría cerámica corrió la sangre mientras cedía la fuerza de unas manos que no pudieron defender a su propio cuerpo.

En el Cementerio de Derio, enterraron a Leonora Martínez Yagüe. Allí estaba el vicario, los padres y familiares de la difunta, y algunos amigos. Entre ellos se encontraba su marido, Ricado Fonseca Labrador, tenía la cabeza gacha, escondía su rostro entre las solapas del abrigo y una bufanda abultada. Todos le dieron el pésame mientras miraba de reojo cómo, unos metros más arriba entre lágrimas y suspiros, daban tierra a D. Fernando Alonso Contreras; a quien no llegó a conocer.

©F. urien

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