Poetas de marzo


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Aunque el ocho de marzo es el día de la mujer trabajadora; aprovecho que estamos en dicho mes para recordar que el papel de la mujer en las letras, en muchas ocasiones, no ha sido reconocido en su medida, aun cuando son las muchas y buenas las escritoras que la historia nos ha dado.

Me refiero a dos poetas rusas del siglo XIX; Anna Ajmátova (1889-1996) y Marina Tsvetaeva (1894-1993). Las circunstancias hicieron que sus versos sufrieran la cesura de la época de Stalin. Anna Ajmátova pasó horas de su vida haciendo cola para ver a su hijo en las cárceles rusas. El marido y una hija de  Marina Tsvetaeva fueron acusados de espionaje; su hija fue condenada a  años de cárcel y su marido fue ejecutado. Sin medios para sobrevivir, poco tiempo después se suicidó. Dicen que los poemas de estas escritoras, al igual que escribiría  Ray Bradbury en “Fahrenheit 451”, fueron aprendidos de memoria antes de ser destruidos, para después poder ser reescritos.

La mujer de Lot

(Anna Ajmátova)

«Entonces la mujer de Lot miró

atrás, a espaldas de él, y se volvió

estatua de sal».

Libro del Genésis

Y siguió el hombre justo al enviado de Dios,

grande y resplandeciente, por la montaña negra.

En tanto, una voz penetrante urgía a la mujer:

no es demasiado tarde, aún puedes mirar.

Mira las torres rojas de tu Sodoma natal, la plaza

en que cantaste, el patio donde hilabas, de la casa

en lo alto, las ventanas vacías, la casa en que tus hijos

nacieron fruto de unión feliz.

Una mirada solo. Y helados en un dolor de muerte

ya no pudieron mirar más sus ojos.

Sal transparente se tornó el cuerpo todo

y las piernas ligeras en la tierra arraigaron.

¿Y a esa mujer nadie la llorará?

¿Es figura anodina para ocuparse de ella?

Pero mi corazón no olvida

a la que dio la vida por una mirada.

(Traducción de Monika  Zgustova y Olvido García Valdés)

—000—

A  Ajmatova

(Marina Tsvetaeva)

¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas!

Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca.

Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas

Y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

Nos empujamos y un sordo ah

De mil bocas te jura fidelidad, Anna

Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro,

Cae en es hondo abismo que carece de nombre.

Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo;

Llevamos una corona.

Y aquél a que a muerte hieres a tu paso

Yace inmortal en su lecho de muerte.

Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas,

Y el vagabundo ciego canta loas al Señor…

Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas,

Ajmátova, y con ella te doy mi corazón.

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