El secreto


34656746047-1423083256

 

El secreto

La cama estaba desordenada, la sábana se enredaba con la manta que colgaba del pequeño nido hasta arrastrarse por el suelo. Sobre la pared se podía ver: un póster de Leonardo DiCaprio, otro de Rafael Nadal y un tablero de corcho donde había pegadas algunas notas. La foto rota de un muchacho se esparcía por el suelo. En un rincón, cubiertas por una falda corta, se encogían las piernas blancas y delgadas de Neli; sus brazos las rodeaban y empujaban contra su cuerpo como queriéndose esconder y desaparecer en la nada. Tenía las uñas pintadas de azul y los labios de un rojo irreverente, los coloretes contrastaban con la palidez de su rostro, que estaba cruzado, de arriba abajo, por negros riachuelos que partían de sus húmedos ojos.

Como una furcia, así se sentía, como esa furcia a la que tantas veces su padre le dijo que se asemejaba. El silencio se encogía en su vientre, mientras en su cabeza las desordenadas ideas no le dejaban ver el horizonte.

El ruido del pomo de la puerta al girar no hizo que la famélica figura se moviera. «¡Abre la puerta Neli! ¿Qué estás haciendo?», gritaba su madre desde el pasillo. «¿Qué te pasa hija? ¡Abre la puerta que me estoy poniendo nerviosa!». Neli se frotó la cara y al ver que estaba sucia por la puntura de los ojos, respondió a su madre con un «espera un poco» que sonaba a «¡déjame en paz!». Se acercó al espejo y se limpió la cara con un pañuelo. Su madre insistía; «¿por qué tardas tanto?» Mientras, la joven muchacha, sin alterar su paso, abrió la puerta.

Al ver la foto rota en el suelo, el pañuelo manchado sobre la cómoda y la sucia y desfigurada cara de su hija; la agarró del brazo, cogió un pijama y arrastró a su hija hasta el cuarto de baño para que se duchara. Fue allí, en ese mismo aseo, donde Neli se puso a expulsar parte de sus males por la boca del inodoro.

¿Qué te pasa hija? ¡Anda!, date un baño y ponte el pijama que no quiero que tu padre te vea así.

Ese día la muchacha no fue a cenar. En la cocina, su madre justificó la ausencia porque se encontraba mal, y era cierto. Neli no estaba en condiciones de cenar; era mejor que descansase.

A la mañana siguiente, la joven muchacha salió temprano a desayunar. No tenía la cara coloreada, tenía las uñas más bien cortas y sin pintar; vestía unos pantalones vaqueros, una blusa estampada y un jersey abierto. No habló mucho pero comió bien. Antes de marchar para el colegio dio un beso a su madre y a su padre saludó con la mano como señal de despedida.

En el colegio procuró no tropezarse con el muchacho de la fotografía. No era de su clase, sino que estaba dos cursos más adelantado. Tenía diecisiete años, dos más que ella.¡Todo un galán para la joven chiquilla! Neli sabía bien los lugares que tenía que evitar para no encontrase con él.

Por la tarde procuraba quedarse en clase estudiando un poco más, hasta que todos hubieran salido.

Una de esas tardes, mientras leía un libro, el muchacho de la fotografía se quedó mirándola desde la puerta. Al notar su presencia, Neli volvió la vista sobre el libro. No era capaz de leer nada, la sola idea de que la estuviera mirando la ponía nerviosa. El joven se acercó a ella y dejó una tarjeta sobre el pupitre. Neli no se atrevió a levantar la cabeza del libro. Hacía que estudiaba, escribía palabras sin sentido, subrayaba cualquier frase, con tal de esconder su mirada. El muchacho no insistió y salió de clase despacio, echando de vez en cuando una mirada hacia atrás, donde se encontraba la joven.

Una vez que el joven desapareció, ella esperó un poco más, después se levantó del pupitre y recogió sus libros. Se fijó en la tarjeta que el muchacho había dejado sobre la mesa. Dudó en cogerla, pero se marchó dejándola donde se encontraba. Según caminaba hacia su casa, notó como el pantalón le apretaba un poco la cintura. Llevó su mano al vientre y la arrastró con la palma abierta intentando medir su curvatura.

Al llegar, su padre estaba en la sala viendo la televisión, su madre en la cocina preparando algún plato para la cena. Neli saludó en voz alta «¡buenas tardes!». Nadie respondió. No le importaba. Subió a su cuarto abrió los armarios y sacó los vestidos que tenía. Aunque aún hacía un poco fresco, comenzaban a notarse los rayos de sol en primavera. Después, se quitó el pantalón y la blusa. Miró su cuerpo reflejado en el espejo. Se veía guapa. Pasó la mano sobre su tripa suavemente. Después sobre sus pechos. Su rostro fue decayendo poco a poco. Se tumbó en la cama y se encogió. Una solitaria lágrima escribió un triste poema sobre su rostro. Un gorrión macho cortejaba a la hembra en el alféizar de su ventana. Podía oír los trinos. Pero no quiso escucharlos. El ruido de los platos en la cocina y el lejano murmullo del televisor acentuaban su soledad. Sintió el aire frío sobre su piel. Se levantó de la cama y se puso un vestido estampado. Se sentía cómoda. Comenzó a leer el libro de Flaubert: “Madame Bobary”, era de lectura obligada para superar la literatura. El grito de su madre indicando que la cena estaba preparada, la sorprendió. Fue a la cocina cogió un plato de carne con patatas fritas y se excusó diciendo que tenía que estudiar. Volvió a su cuarto y siguió su lectura mientras comía. El sol comenzaba a esconderse. Las sombras se alargaban dificultando la lectura. Cuando se levantó para encender la luz vio que su madre estaba en la puerta observándola.

Hola madre. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

¿Qué estás leyendo?

Madame Bobary, tengo que terminarlo para el lunes.

─Te has puesto un vestido de verano.

─Es que hace bastante calor.

Su madre, viendo que ya oscurecía, encendió la luz, entró en el cuarto y cerró la puerta. Luego, acercándose a su hija le acarició el pelo y sosteniendo sus manos con las propias, se sentó sobre la cama que ya estaba un poco deshecha. Después le dijo en voz baja:

─Tú sabes que siempre puedes contar conmigo, ¿no, hija?

Sí madre, lo sé.

¿Hay algo que deba saber?

Neli separó sus manos de las de su madre y volvió la vista hacia la ventana. Después, mirándole fijamente a los ojos, dijo un «no» que parecía costarle salir de sus labios. Su madre volvió a agarrale las manos. Se las acariciaba mientras no apartaba la vista de la mirada de Neli. Los ojos de la hija eran esquivos, recelosos y desafiantes; mientras que los de su madre estaban seguros de saber lo que escondía el oscuro iris que observaban. Sin apartar la vista, su madre continuó:

Han llamado del colegio…

Neli volvió el rostro esquiva. Últimamente procuraba tener todos los trabajos al día, era puntual y se esforzaba por cumplir con sus obligaciones.

─…me ha dicho tu tutora que han encontrado una tarjeta sobre tu pupitre,…

Era aquella tarjeta que desechó, la que le dejó el muchacho a quien no se atrevió a mirar. En ese momento pensó que debió haberla cogido y tirado en cualquier papelera de cualquier otro lugar que no fuera su colegio.

─…la de un médico que facilita los trámites para interrumpir el embarazo.

Neli volvió la vista hacia el suelo. Sintió un dolor en el estómago que se le revolvía en su interior con los restos de la cena que había ingerido. Le hubiera gustado que le dieran esas nauseas que a veces tenía para poder huir, escaparse hacia el aseo; pero en está ocasión se le encogió el estómago, sí; pero nada más.

¿Cuánto tiempo llevas embarazada?

Creo que cinco meses. Quiero tener el niño.

Mientras la hija se derrumbaba en la silla del estudio, su madre se dirigió a la ventana para mirar el exterior. Lo cierto es que no era capaz de ver nada. Su mente no se encontraba allí. Estaba aceptando la nueva situación. Después de un rato, en que el silencio se hizo mudo en aquel cuarto, acercándose a su hija, resolvió:

Está bien. Nadie debe de enterarse de que estás en cinta. Sobre todo tu padre, no debe de saber nada. Será un secreto en tú y yo. Tu obligación está en sacar los estudios. Ya pensaré cómo solucionamos esto.

¿Tendré a mi hijo?

Su madre echó sobre ella una mirada severa. Después se dirigió a la puerta sin responder. Pero antes de abrirla, volvió la vista a su hija y le dijo:

Eres una niña.

Es mi hijoreplicó la muchacha levantándose de la silla mientras acariciaba su vientre.

Su madre la observó de arriba abajo, reprochándole con el gesto los problemas que estaba trayendo a aquella casa. Después mirándola a los ojos, respondió:

No te preocupes por nada. Tendrás tu hijo…, pero no se lo digas a nadie; que tu padre no se entere…, por ahora.

Cuando su madre se fue, Neli cerró la puerta y se sentó a la mesa de estudio, cogió el libro de Flaubert y no pudo leer ni un solo renglón más. Mientras acariciaba su vientre se alegraba; estaba segura de que iba a tener a su hijo. «Se llamará Luis, y será un niño sano y alegre. Le daré pecho. Dicen que es mejor que el biberón. Le dormiré cantando las mismas nanas que mi madre me cantó». Con esos pensamientos Neli se fue a la cama y durmió tranquila, como hacía tiempo que no lo había hecho.

Desde entonces, mientras estudiaba, Neli solía hacer calcetines, chaquetas o gorros de punto. Ahorraba para comprar las sábanas, baberos, blusas de piqué para su hijo. Todo lo guardaba doblado en una caja de cartón con aristas metálicas. No pasó mucho tiempo cuando tuvo que comprar otra. En la cama cantaba nanas a su hijo, sobre todo desde que le dijeron que la música era buena para los bebés.

No fue a menudo, pero algún que otro día a Neli le dieron nauseas. Su madre le preparaba una manzanilla. Nunca la llevó al médico. «No te preocupes, hija, que estas cosas yo ya las conozco. Te he parido a ti. Si no sabré yo…», repetía su madre una y otra vez.

Era el mes de junio. Cuando solo faltaba un mes escaso para dar a luz, la madre de Neli dijo a su padre que iban a ir a un apartamento que tenían Santa Pola. El padre no puso objeción y aunque la pusiera daba lo mismo, cuando la madre de Neli decidía algo, no había quien la parara.

El apartamento de Santa Pola era pequeño. Tenía dos habitaciones que daban a un patio interior, y una piscina de la comunidad. Neli quiso bajar a tomar el sol, pero su madre no se lo consintió:

Estás muy delicada. Es mejor que te quedes en casa.

Pero, dicen que es bueno tomar vitamina «D»

Haz lo que te digo hija. No quiero tener problemas.

Estaba la muchacha haciendo unos guantes de punto para el niño, cuando notó la primera contracción:

¡Ya está aquí, madre, ya está aquí!

Su madre puso la mano en el vientre y esperó un poco, Cerró los ojos para concentrarse. Neli se sentía segura con su madre, ella tenía experiencia.

No es nada hijadijo después de un rato─. Tienes que tener las contracciones más rítmicas. Toma y echa aire de forma continuada durante un rato y verás como te encuentras mejor.

Sin embargo no pasaron ni dos horas cuando la muchacha se puso a gritar como una loca. Su madre, asustada de que la gente oyese semejante griterío, le dijo que se callase y que se tumbase en la cama. Mandó que se abriese de piernas y observó el interior. Entonces dijo en voz baja:

Ya está aquí. ¡Empuja, hija! ¡Empuja!

La muchacha comenzó a sudar mientras se le hinchaba la cara de los esfuerzos que hacía. La madre ayudaba con sus manos a que el bebé saliese. Neli daba algún que otro grito, pero su madre enseguida le mandaba callar. Así que más que gritar, sudaba con el rostro angustiado y deformado por unos esfuerzos que no podía dejar de hacer. Cuando se escuchó el lloro del niño. Neli dejó reposar su cuerpo sobre las sabanas:

¡Déjamelo un poco!

Estaba empapada de sudor. En sus ojos brillaba el deseo de tener a su hijo entre los brazos. Su madre se lo entregó mientras cambiaba las sábanas y limpiaba a su hija del sudor y la sangre.

Neli notó el peso del pequeño cuerpo sobre el suyo. Lo llamó Luis, en voz baja. Entonces el niño se calló y buscó, con sus tiernos labios, el pecho de la madre. Al dárselo, la muchacha notó de los labios de su hijo el beso más tierno que mujer alguna pudiera haber vivido. Y le dejó sorber, mientras ella se relajaba y el niño se dormía. Su madre los tapó a los dos con sábanas limpias y dejó que Luis se alimentara. Neli sonreía a su madre con un brillo en los ojos que encendían el día. Después, cuando el niño estuvo ya dormido, su madre se lo cogió para limpiarlo y vestirlo. La muchacha, antes de separase del bebé, lo besó en la frente. Después, agotada, se dejó atrapar por los sueños.

Cuando despertó el cuarto estaba en orden, la cama bien hecha, las sábanas blancas… Como si allí no hubiera pasado nada. Llamó a su madre que pronto entró en el cuarto preguntando:

¿Qué quieres hija?

Madre, traeme al bebé que quiero tenerlo conmigo.

A lo que la madre respondió como si estuviera escuchando un disparate:

¿Qué bebé?

©F. Urien

Anuncios

4 comentarios en “El secreto”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s