Un punto de luz


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Un punto de luz

 

El primer día que fui a la escuela me sentaron solo; me dejaron una estilográfica, que me resultó gorda y pesada, y me sacaron una fotografía. Comenzaba la época de mi vida donde debía aprender. Al dirigirnos a nuestra aula; algunos de mis compañeros lloraban, otros caminaban en silencio y eran pocos quienes hablaban entre ellos. Yo era de los callados.

Caminábamos por los pasillos en rigurosa fila, guardábamos un estricto orden militar. A la puerta del aula, había una señorita que nos indicaba el lugar que debíamos ocupar. Yo estaba en el segundo pupitre de la fila que daba a las ventanas.

En la mesa del profesor, que se encontraba sobre una tarima, había un globo terráqueo; detrás, una pizarra que ocupaba casi todo el frontal. Me llamó la atención su magnitud, su color negro y, sobre todo, el brillo que aparecía en parte superior del centro de la misma. Era extraño, pues emitía centelleos de colores: blancos, azules, verdes…  ¡Era lo más hermoso que nunca antes había visto! Lo observé con tanto interés que no me di cuenta de que ya había entrado el maestro. Por aquel entonces a los profesores se les llamaba maestros. Este colocó sobre la pizarra unas láminas con letras y comenzó a cantarlas. Yo las repetía al compás que me indicaba, pero lo que realmente quería, era ver el fascinante brillo que había detrás de las láminas literarias. Cuando terminamos la clase y nos fuimos a casa, las láminas aún seguían cubriendo la pizarra.

Al día siguiente, nada más entrar en el aula, vi que la pizarra estaba limpia, con ese brillo negro que tanto me fascinaba. En la parte alta del centro de la misma, brillaba la estaña y resplandeciente estrella. Me quedé quieto, mirándola, hasta que el maestro me dijo que me sentara en mi sitio. Luego volvió a cubrir la pizarra con unas cuantas láminas con diferentes números en cada una de ellas. Los fui repitiendo al compás que me decían. Pero, lo que quería ver era el brillo que esas láminas ocultaban.

Al día siguiente volvimos a clase y, otra vez, la pizarra estaba limpia y negra. El extraño brillo atraía mi mirada hacia él. Nuevamente el maestro lo tapó con notas musicales sobre líneas de pentagrama. Entoné las notas al compás que me indicaban, pero lo que deseaba ver, era el brillo que quedaba tras la música.

Así continué clase tras clase, hasta que un día, al entrar en el aula ni miré la pizarra. Me senté sin acordarme del brillo que antes tanto me había llamado la atención. Aquel día, el maestro no cubrió la pizarra con láminas, sino que comenzó a escribir sobre ella hasta llenarla de letras. Olvidé el destello que había cuando entré la primera vez en el aula.

 

©F.Urien

 

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