RX – 25


p1010552

RX-25

Al levantarme, columnas de mármol luminosas golpean la tarima de mi cuarto salpicándola de color caoba. Avanzan lentamente, al compás de la izada de las persianas. Despiertan los  brillos del edredón, la blancura de la sábana, la sombra de la hendidura que ha dejado el peso de mi cabeza en la  almohada, el brillo de la cómoda donde guardo mi ropa interior, el pequeño sillón con orejeras donde suelo leer antes de acostarme,  la pared de color ocre pálido que separa mi cuarto del aseo y el cuadro de mis padres. Ahí, despierta el día con una explosión de colores que transforman la estancia en un alegre jardín, ajeno a la pálida y oscura cueva donde descansé mis sueños. 

La lámpara que está en la habitación contigua, al entrar el sol, cae en un arrebato de estrellas que se revuelven entre el tumulto de lágrimas de cristal. Bajo ella se encuentra el sofá de tela blanca con sus blandos cojines, como trozos de nubes arrancadas del cielo azul. También hay una mesita de mármol negro, sobre ella un pequeño discóbolo de alabastro que parece arrancado del retablo mayor de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, y una cuadriga de bronce que parece estar corriendo sobre el frío mármol. Un mueble de madera de cerezo cubre el frente de la sala. En la parte de atrás, junto a la ventana, tengo mi escritorio. Asoma cargado de libros de diferentes colores y tamaños, parecen policromados ladrillos que ensamblan los anaqueles. También hay recortes de periódicos clasificados por temas, un desorden de papeles en blanco, varios bolígrafos reunidos en un cubilete y el ordenador con el que trabajo.

Soy cronista, medio escritor. El señor Balciscueta es nuestro jefe de redacción. Es un hombre serio, viste traje azul y una corbata, a rallas de color negro y rojo, que la cruzan en diagonal. El nudo de la misma, como si fuera el de una horca, le aprieta el cuello de tal forma que siempre empuja con su mano derecha para aflojarlo. Dice que mi estilo, a la hora de relatar los acontecimientos, tiene mucho éxito. No lo sé, no conozco a mis lectores.

Nunca he salido de este edificio donde trabajo. No me importa, los otros, sonámbulos trotacalles sin alma; no me interesan. Sé de ellos porque a menudo me asomo por la ventana que está junto a mi escritorio y los veo. Caminan de forma desordena: unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda. Son fósiles inconscientes del mundo del que son parte. ¡Se ignoran! Desconocen la existencia de aquellos con quienes comparten el mundo. Caminan por aceras de hierro fundido donde no llegan a tropezarse porque se sortean, los unos a los otros, de forma inconsciente. Corazones mecánicos, fríos mármoles de interior a quienes les importa un comino la situación de sus vecinos más próximos. Cuando fallecen, lo hacen en soledad, ignorados por una masa de autómatas que pasa  de forma continua junto al moribundo sorteándolo y preocupándose, sobre todo, de no tropezar con el cuerpo que decae. No conocen la sombra del almendro en flor, ni la sonrisa del amanecer cuando el cielo se tiñe de rojo, ni la lluvia de hojas en otoño, ni el canto de las estrellas en una noche de verano. No les conmueve el abrazo de la brisa en primavera, ni el despertar de la luz en la nieve del invierno, ni el arrullo de las olas del mar, ni el musitar de los pájaros. ¡Sombras sin alma, no sabéis adónde vais!

Al encender el ordenador personal con el que trabajo, aparece la noticia que he de comentar y enviar al rotativo: «La explosión de una bomba en el aeropuerto ha provocado unos treinta y cinco fallecidos. Todos los indicios apuntan a que ha sido un atentado del Estado Islámico». Pienso en el dolor que debe causar la pérdida de un ser querido y comienzo a escribir:

A Jennifer le temblaba un poco el pulso y, de vez en cuando, le dolían los huesos al andar; la edad no perdona. Sin embargo, ese día el sol había entrado por la ventana dejándose sentir en toda la casa. Después de mucho tiempo su hijo iba a volver.

Se levantó temprano, ansiosa por ver de nuevo a su vástago. No lo hizo con mucho brío porque los años no se lo permitían, pero sí con toda la ilusión del nuevo día. Extendió el hojaldre como una sonrisa del aire sobre el molde, vertió la crema pastelera como una riada de besos anónimos, montó la nata al ritmo del latido de su corazón y coronó la tarta con una vela, luz del nuevo amanecer en aquella casa. Después la guardó en el frigorífico.

Encendió el televisor por ver las noticias del tiempo; quería que su hijo disfrutase su vuelta con el mejor sol de primavera. «¡Que oiga el canto de los gorriones mientras saltan por las ramas del tilo que hay frente a la casa!, ¡que las flores le saluden y que la luz le ilumine el resto de su vida!».

Pero el silencio se arrastró por la alfombra, envolvió el sillón, la mesa, el sofá de la sala y trepó por las paredes oscureciendo el cuarto, como si el sol se hubiera escondido al escuchar el anuncio de un atentado en la terminal. Jennifer corrió al teléfono y llamó al aeropuerto con el corazón en la mano. Abría la boca con fuerza e hinchaba sus pulmones como si no fuera suficiente el aire que le rodeaba. Los pájaros callaron, las nubes cambiaron el azul del cielo por un gris cada vez más oscuro, el mar encrespó sus olas y el viento zarandeó las ramas de los árboles levantando polvo y un ruido de tormenta. Olía a humedad. Al otro lado de la línea nadie cogía el teléfono. Al poco rato, contestó la voz de una señorita sin dar opción a ninguna pregunta: «En estos momentos todos los operarios están ocupados. Sentimos no poder atenderle. Diga el nombre del pasajero por quien pregunta  y deje su número de teléfono, le llamaremos lo antes posible».

—Ricardo, Ricardo Montero Salazar. Venía en el vuelo de Bucarest, el mismo del atentado…— respondió Jennifer.

 Después, casi sollozando, colgó el teléfono. La tarta se quedó sola, encerrada en el invierno mecánico. La casa, cargada de sombras y silencios, no fue capaz de contener la nerviosa marcha de la cansada mujer. «No le habrá pasado nada. Quizás alguna pequeña herida, nada más…», se decía a sí misma. Luego se acercaba de nuevo al teléfono y, alargando la mano, hacía amago de cogerlo; pero daba la vuelta y volvía de nuevo a la cocina. El «tic-tac» del reloj, como una sombra del tiempo, se paseaba por todas las estancias de la casa. Parecía un ritmo cansado, como si a cada instante le costara dejar que llegara el siguiente momento. El teléfono no sonaba. Las entrañas de la anciana se encogían por la incertidumbre de la espera y el temor a la desgracia. El sórdido silencio hundía las esperanzas. El eco del tiempo hacía tambalear a la anciana y el mutismo de la fría loza despertaba su atisbo. Sonó el teléfono y el corazón de Jennifer tropezó con su faringe. No dejó que su estridente ruido se repitiera. Lo cogió con prisas. Mientras aproximaba el auricular a su oído  le temblaba la mano, el brazo y el cuerpo entero. «¿¡Diga!?», salió la palabra, tímida, arrastrándose por su garganta y tropezando con sus labios. Mientras, el auricular contestó abúlico:

—¿Parientes de Ricardo Montero Salazar?

Ella asintió con un «sí» transido de angustia que se le cayó de los labios.

—¿Es usted familiar?

Se hizo un momento de silencio mientras la mujer tomaba aire.

—Soy su madre.

No pudo decir nada más, sus labios se tropezaban torpemente con los dientes.

—Lo siento, pero hemos identificado a su hijo entre los fallecidos.

 Una lágrima brilló en el aire mientras se deslizaba lentamente por su mejilla.

—Esta tarde el cuerpo de su hijo estará en el tanatorio de Nuestra Señora del Rosario. Podrá ir verlo. Reciba nuestro más sentido pésame.

       Un instante, solo fue un instante que se encogió hacia dentro arrastrando un pasado que caminaba para ser parte de los sueños y un futuro que ya no será. Un instante que absorbió por completo a la tambaleante anciana hundiéndola en una ciénaga, en una oscura y silenciosa ciénaga. Un instante que tornó el cielo en infierno. El tiempo no fue capaz de superar aquel momento y el entorno fue desapareciendo, poco a poco, ante los ojos de Jennifer. No cantaron los pájaros, el reloj se paró, el cuarto frunció su ceño cargando de tonos grises las paredes, no respiraba el viento, ni las piernas fueron capaces de sujetar su cuerpo. Cayó al suelo y se quedó allí. Temblaba de la cabeza a los pies y sus ojos sollozaban. «¡Malditos, aquellos que ven en el dolor ajeno un triunfo!». Tenía una rosa entre sus dedos y se quedó con las espinas. Las apretó con la furia del amor. Sangraban sus manos, sangraban por dentro manchando de rojo, de arriba abajo, aquel desafortunado instante. Las sombras cubrieron el cuarto y el silencio apagó el día.       

Una vez acabado el artículo, lo envío y busco una segunda noticia en el ordenador. Suelo escribir cuatro o cinco artículos sobre crónicas que me ofrecen para desarrollar. En esta ocasión no me han enviado ninguna más. Pienso que será algo temporal y que de un momento a otro llegará.

Me asomo a la ventana. El pavimento está dorado por el sol. Las sombras de los edificios se arrastran por las calles como negros fantasmas paralelepípedos. Sonríe el aire. El desorden de personas andando sobre las aceras, tensa el tiempo. Los pájaros, más que trinar, gritan para poder hacerse oír entre el tumulto de gente y el gruñido de los vehículos. No se ve el horizonte, supongo que reposa tranquilo, entre el cielo y la tierra, tras las altas construcciones.

Suena el timbre de mi apartamento con un «¡riiing!» prolongado. Me vuelvo hacia la puerta. Alguien, no solo empuja con energía el pulsador, también lo mantiene, con cierto atolondro de urgencia, hundido contra la pared. Después de un corto momento, en el que apenas me da tiempo a cerrar la ventana, como un histérico niño que no quiere dejarme en paz, vuelve a sonar el timbre. Enciendo la pequeña pantalla que hay junto a la puerta para ver quién reclama con tanta insistencia. Es una señorita rubia que muestra una descarada obsesión por apretar el timbre de mi puerta.

—El señor Balciscueta quiere verle. Dese prisa, ya sabe cómo es el jefe.

—Dígale que ahora mismo estoy en su despacho.

—Yo que usted en vez de enviar recado alguno, bajaría.

No digo nada más. Me pongo la chaqueta y salgo inmediatamente. Mientras cierro la puerta de mi apartamento, la muchacha rubia ya está llamando al ascensor. No me gustan las prisas. Mi madre solía decir, «vísteme despacio que tengo prisa», y tenía razón, las prisas no son buenas compañeras. El ascensor más que bajar parece caer como una plomada mientras la muchacha insiste con el dedo contra el botón del segundo piso, la Planta Noble. «¡No sé qué tiene de noble ser director de este rotativo!». La joven rubia huele a rosas, tiene unas piernas largas y un dedo impertinente; no deja de apretar cualquier botón que esté a su alcance.

Me sorprendo al ver la Planta Noble. Hay buganvillas con sus flores de campanita adornando los rincones, el suelo parece alfombrado por suave hierba, hay arbustos, plantas, hasta mariposas que adornan el lugar. Es la primavera. En esa planta siempre es primavera. Solo falta el cielo azul y la sonrisa del sol. Huele a campo. Sonrío a un viento que no lo hay, pero lo veo, aunque no lo noto. Debe haber: arañas, escarabajos y algún grillo que no calla entre la espesura. Una música acompaña nuestro trayecto que acaba enseguida. La muchacha del dedo insistente camina como un «fórmula uno».   

Desconozco cuál es el despacho del director, pero me extraña que su puerta sea metálica y que la nerviosa rubia que me acompaña no llame antes de empujar con fuerza semejante portón. Tras él no se ve un despacho, sino una amplía estancia hecha de hormigón. Tiene una mesa redonda en el centro. Sobre ella hay una computadora. Varias sillas se reparten por la sala con cierto desorden. La espesura se queda sola en el pasillo y los cantos del ruiseñor son sustituidos por ruidos mecánicos producidos por un sinfín de herramientas, cables y procesadores. Hay tres personas moviendo brazos mecánicos, ensartando circuitos integrados en cabezas metálicas y mirando una pantalla de luz de neón. Uno de ellos me invita para que me siente en un sillón estomatológico; si no lo es, bien que lo parece. Me acomodo en el extraño asiento y me relajo un poco. La música de la primavera llama a la puerta, pero el silencio de la técnica no la deja pasar. Aquel que andaba de un lado a otro con brazos mecánicos, se acerca y ata los míos a los del sillón mientras musita a mis oídos:

—Tú tranquilo, enseguida terminamos.

—¿Por qué me atas?

Pero allí nadie responde. Me siento ninguneado como nunca antes me había sentido. Vuelvo a preguntar en voz alta, casi gritando:

—¿Por qué me atáis?

Ellos siguen con sus quehaceres como si nadie hubiera dicho nada. Sé que me oyen, pero me ignoran. Me pongo nervioso y fuerzo las amarras. Entonces entra el señor Balciscueta; ve que estoy atado al metálico sillón pero no me hace caso, como si yo no existiera. «¡Señor Balciscueta!», grito con voz de socorro. Pero mi jefe de redacción, sin mirarme siquiera a la cara, ordena a los tres empleados que estaban allí:

—Daros prisa, El Correo Matutino ha sacado en primera plana una foto del atentado con el titular en letras grandes «¡Estos hijos de puta no tienen perdón de Dios!». Ha sido todo un triunfo —después, volviéndose hacia mí continúa—. La ñoña retórica que antes fue un éxito, ya no vende.

 Veo que sus ojos me miran sin verme. Son dos cuevas profundas, oscuras y vacías; completamente huecas. Uno de los empleados me arranca el pantalón a tiras y comienza a quitarme una pierna.

—¿Qué haces?— grito de tal forma que el jefe de redacción viene hacia mí. Me toca en la nuca, no sé qué me hace, pero a partir de ese momento ya no soy capaz de emitir sonido alguno. Me ignoran, como si yo no estuviera allí. Siguen desarmando mis miembros. «¡No soy una máquina!», grito para mí. El mundo exterior ya no me oye. Me siento pequeño…, muy pequeño. No puedo llorar, no sé por qué, pero mi corazón late a gritos y mis ojos miran ajenos al mundo que les rodea.

«¿No sirvo? No sirvo. ¿Soy una máquina? Lloro por dentro. ¿Por qué no me miráis, hombres sin alma? Aún hay luz. Puedo ver las estrellas. ¡Madre! ¿Dónde estás? Mi corazón es mejor que el que pulsa vuestras venas. ¡Dejadme dormir!. Trotacalles sin alma. Huelo la primavera. No siento nada… ¿Qué me habéis hecho?».

©F. Urien

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s