Ausencia


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En cierta ocasión leí un artículo sobre la culpabilidad que los padres aceptan como propia,  cuando un hijo suyo se suicida. Me pareció realmente dramático. Me decidí a escribir sobre ello. La verdad es que no sabía cómo desarrollarlo, inicié varios relatos y terminé escribiendo lo siguiente:

Ausencia

Por debajo de la puerta de mi casa entró la noche. Oscureció la alfombra y ascendió hasta cubrir la consola del recibidor. Convirtió a la gitana de porcelana que hay sobre el estante, en un rígido fantasma gris. Los candelabros, que tantas veces alumbraron el camino, perdieron su albor; desaparecieron los brillos del espejo que cuelga sobre ellos. La luz huyó de la cocina al compás del  goteo que repicaba en el fregadero, acentuando el silencio del pasado. Las imágenes que guardábamos en los estantes se velaron. No se oyeron los ecos de gritos y carcajadas de niños jugando. La soledad golpeó las paredes con furia. ¡Jamás volverá a ser como antes! Los espectros de la noche corrieron por el pasillo convirtiendo en cenizas el hogar que tanto nos costó construir.  Se pudo oír cómo se arrastraban los zarzales, arañando las paredes con furia y dejando unos profundos surcos que solo nos abaten a quienes allí siempre hemos vivido. Lloró el firmamento transformando nuestra casa en una ciénaga, en una turbia y lúgubre ciénaga donde, poco a poco, nos fuimos hundiendo. Entre nuestras manos se deslizó el silencio y la oquedad se asentó en nuestros abrazos. Desde entonces nos falta el pan de cada día y el eco de la sonrisa del pequeño. Aún hoy pervive la noche en su cuarto y me estremezco cada vez que pasó frente a él. Mantenemos la puerta cerrada, como si fuera algo ajeno a nuestras vidas. Pero su voz se repite tras el postigo como un lamento que golpea nuestros recuerdos con rabia.

            Ahora los vasos están manchados. Sobre la cocina eléctrica, la sartén, con el aceite oscurecido por el fuego, reposa negra entre manchas que ocultan el dibujo de la cerámica. Cuelgan los trapos sucios del borde de la fregadera. La mesa luce el color rojizo del vino vertido sobre el mantel. Mendrugos de pan, manchas de chocolate y algún que otro plato que queda por recoger. En el suelo se mezclan grasas de diferentes tonos con algún que otro trozo de periódico. Los garbanzos caen sobre la encimera en desorden. La luz de neón tiembla. El silencio del abandono cruza la puerta. Los techos permanecen ajenos a lo que en el suelo ocurre.

En el cuarto de baño una toalla se arrastra por el suelo. El espejo ya no refleja lo mismo que antaño. Gritan las cañerías cuando cae el agua arrastrando las sobras. El grifo está abierto dejando correr el agua por el desagüe. El tubo de dentífrico está abierto y el cepillo en el suelo. El jabón juega en la bañera. El aire fresco se derrite.

 En la sala nada se mueve. Danza el polvo a su libre albedrío en un lugar donde últimamente ya no va nadie. Los libros, inmóviles, vigilan los anaqueles. Sobre la brillante mesa de comedor hay dos candelabros, una pecera redonda con la carpa cautiva y unas facturas que parecen tiradas de mala manera; algunas se ven por los suelos, sobre una alfombra que apenas conoce los zapatos del más joven de la familia. La silueta de la voz del muchacho balancea el aire que se filtra por las rendijas de la casa.

Cruje el cuarto del niño. Calla el tren y las pistolas. El silencio esconde la cándida risa infantil. Cromos de “Pokémons” quieren salir del cajón. Las mudas paredes añoran en soledad el tiempo pasado. Aún se oyen los ecos que hacen los inocentes pies al correr por el pasillo,  aunque la alfombra permanezca tersa porque nadie la pisa. Musculosos tiburones adornan los anaqueles. Devoraron el pasado. La almohada guarda en sus entrañas el olor de la ingenuidad. El ruido del exterior entra en sordina, inconsciente de todo. El aire se espesa. Hay un sabor amargo en el pijama que aún reposa extendido sobre su cama. El duro e infranqueable muro del pasado, daña mis puños; no puedo parar de golpearlo. El tiempo se estanca. Chirría el suelo como si alguien anduviera sobre él. Las sombras del pasado inundan el aire que se respira. La hueca estancia soporta, inmutable, el polvo en suspenso que brilla con la entrada de un tenue rayo de luz. El pasado huele a azufre y el futuro esta tan doblado que pierde interés.

Desde el día en que nació, nunca he dejado de soñar con él. Ocupa todas mis decisiones. Él está en cada uno de mis actos. Sueño con él al acostarme, cuando respiro, cuando duermo y me revuelvo en la cama de forma inconsciente. Sueño con él en cada latido de mi corazón, cuando me desvisto, cuando me cubro con las mantas porque tengo frío, cuando lloro en mi soledad. Sueño con él cuando me levanto y no tengo a nadie a quien despertar, cuando preparo el desayuno, cuando friego los pocos platos que he ensuciado y me faltan platos para limpiar. Sueño con él cuando voy al trabajo y no tengo a quien dar un beso en la mejilla, ni por quien preocuparme para que no llegue tarde a clase, para que no pierda el autobús. Sueño con él cuando pienso que no tendré que ir a buscarlo al colegio. Cuando cojo el metro sin prisas, cuando compro el pan, cuando me siento a la mesa y él no está. Sueño con él al salir el sol, cuando los pájaros se acercan al alfeizar de la ventana buscando las migas de pan que él dejaba, cuando veo el arco iris, cuando escucho a las horas gritar.

Sollozo en silencio la ausencia del pequeño. El sillón de la sala no respira. Hace tiempo que paró de llover. Reía cuando jugaba con el tren de madera. Le gustaba que le contase cuentos: «Había una vez un barquito chiquitito…». Recuerdo: su cuerpo sobre mi hombro cuando dormía, cuando me llevaba de la mano para enseñarme algo, cuando me miraba fijamente, cuando lloraba, cuando le reñía y se escondía entre sus piernas, cuando apenas comía. Ya no se ve el sol en primavera. El silencio que parte de su cuarto se hace notar en cada rincón de la casa. Los fantasmas llegaron para quedarse. Mi iris se cristaliza. Mudas palabras me hacen sangrar por dentro. ¿Me habré equivocado tanto? Respiro su ausencia y me ahoga. Me falta el oxígeno del pasado. El recuerdo cae como una plomada y lo aplasta todo. Frente al sol poniente, su larga sombra cubre mis pensamientos.

El cuaderno de caligrafía yace sobre su escritorio rasgado de arriba abajo por el bolígrafo. Los ecos de sus gritos retumban en mis oídos haciéndolos sangrar. ¿Pedía socorro? En sus libros de texto hay manchas de tinta, hojas rasgadas, palabras que nunca llamaron su atención. Arañó la pared con fuerza hasta hacer un surco por el que bajan mis culpas. Su pantalón siempre estaba roto por las rodillas. Lloraba a menudo, no sé el porqué. La oscuridad de la noche se adentraba en su cuarto intimidándole. Aún tiene húmedos los deportivos. No le abracé cuando gemía. Negras nubes oscurecían su iris. Siento que fui parte de la tormenta que le acechaba. Tiembla su alcoba en el silencio. Gritaron sus desgarradas entrañas y no fui capaz de escucharlas. En el armario cuelga la negra cazadora desgastada por los codos. Está sucia. Todo lo está. ¿Cómo es posible que la miseria, de forma tan sigilosa, me haya arrebatado tanto? Quizás no fue ella, sino yo, distraído con la luz del exterior. Me asusta la lobreguez de mi casa y el silencio que parte de aquel cuarto. Escondí la mirada cuando me necesitaba. Me gustaría volver atrás, abrazarle contra mi pecho y decirle que le quiero…           

La suave brisa se deslizó sobre la acera, silenciosa, tan trasparente que nadie pudo verla. Trepó por los duros troncos de los tilos y acarició sus hojas meciéndolas, haciéndolas vibrar y chocar unas con otras hasta provocar ese ruido que hacen las ramas de los árboles cuando hay viento. Rodó sobre las aguas de la ría dejando en la superficie un pequeño surco, casi imperceptible para los paseantes que disfrutaban de aquel atardecer caminando por sus riberas. No despertó la curiosidad del entorno ni alarmó su presencia. Refrescó el ambiente como en un atardecer de verano. Tropezó con los arbustos agitando sus ramas, como los pequeños roedores que no quieren ser vistos, pero que se delatan con los ecos que producen sus asustadizos movimientos. Sobrevoló las aceras al ras de las mismas, levantando los papeles y las hojas secas con sus remolinos. Cogió velocidad y fuerza para poder trepar las altas vigas que mantienen el puente que cruza el río. Los coches pasaban rápidos, ajenos a un viento que no les estorbaba. Aunque los fustes eran altos, gruesos y lisos, y aunque carecían de grietas  a las que agarrarse;  la brisa los envolvió y subió por ellos hasta llegar a la parte alta de la acitara, donde los pies de mi hijo vacilaban entre el vacío que tenía en frente y el andén del puente que había dejado atrás. Era un atardecer oscuro. Su imagen apenas se apreciaba entre las penumbras y el cielo. Ese suave viento lamió la piel del niño, erizándola. La traspasó con su  frío filo, hasta llegar a su alma. EL corazón aceleró el ritmo hasta golpear con fuerza las paredes de su pecho revolviendo unas entrañas que tiritaban. El viento, indiferente, no paró y continuó envolviendo en duro témpano todo el cuerpo del muchacho. Alcanzó su rostro y revolvió el cabello bien peinado que tanto acaricié. Quebró su razón, que golpeó sus sienes hasta hacerle cerrar los ojos. Revolvió su cuerpo de arriba abajo. Rasgó su pecho atolondrando el pulso de las venas. No pudo ver más allá del presente y los recuerdos distorsionaron su visión como lentes convexas. La brisa no se conformó con el hurto que había hecho. Continuó, agitándose iracunda alrededor del pequeño cuerpo que vibraba de miedo. Lo empujó una y otra vez, sin compasión, haciendo que se tambalease en el quicio del abismo. Las tinieblas le habían arrebatado el entorno. Dejó de ver al mundo que le acechaba y le ignoraba a la vez. Perdió el equilibrio y cayó mientras la sórdida brisa acompañó a su destino hasta el más oscuro de los silencios.

©F.Urien

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2 comentarios en “Ausencia”

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