2.227


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2.227

Hola… ¿Lo he logrado? ¿Estoy ahí, ya? Sí, parece que sí. A ver, creo que ya llega mi mensaje…

Buenos días, tardes, o lo que esté haciendo en este momento allá donde sean capaces de leerme:

Este mensaje lo envío desde el año 2.227. Sí, de un futuro que ustedes desconocen; pero, desde el que yo, Abel Mijangos, les estoy escribiendo. No me pregunten cómo puedo hacer esto, es decir, escribir desde el futuro; no lo sé. Lo cierto es que que el hombre de mi tiempo sabe menos que vosotros..,; bueno, según a lo que se considere qué es el saber, claro.

Los procesos informáticos están avanzando a una velocidad que nosotros, los hombres, desconocemos en absoluto. Desde que los procesadores cuánticos se aplicaron a la inteligencia artificial con capacidad para mejorarse; los hombres hemos perdido la iniciativa. Pero no es malo; el mundo cibernético está hecho para servirnos.

Es tal la información que el sistema tiene de nosotros, y su capacidad para procesarla, que las decisiones que vamos a tomar, nos vienen dadas antes de que nosotros actuemos. Son las mismas que nosotros deseamos realizar, solo que nuestros algoritmos son procesados a una velocidad superior a nuestras propias capacidades. Por ello, no sé si soy yo quien escribe este mensaje, o, si bien, está ya escrito para cuando deseo hacerlo. Esta es la razón por la que planteo que el hombre de hoy; es decir, el del año 2.227, es más torpe que vosotros.

Tampoco puedo explicaros cómo estoy enviando este mensaje. El tiempo, esa intuición pura por la han disertado tanto los filósofos, es una herramienta humana necesaria para articular nuestra realidad. Pero, desconozco cuál es la realidad de un ordenador cuántico de quinta generación que recibe estímulos, del mundo que nos rodea, a través de muchos más cuces que nuestros míseros cinco sentidos. Son esos procesadores los que nos facilitan este acercamiento.

Vivimos en un mundo sin problemas, donde la mente humana se ha relajado en exceso. Apenas necesitamos querer algo, para cuando ya lo hemos obtenido. No memorizamos, los datos nos vienen dados; ni necesitamos orientarnos; ni leer, ya que recibimos las palabras con antelación; ni escribir, como ya os he explicado antes. No tenemos necesidades: comemos a placer, reímos, nos enamorarnos, cantamos, tenemos hijos… Todo nos viene dado con extrema prontitud, hasta el sexo. Ya no sé si, esto último, es más una fantasía que provoca nuestra excitación, o una vivencia física.

Dudo de lo real y lo ficticio; nos llega todo con tal perfección que no somos capaces de diferenciarlo.

Tengo 234 años; no conozco el dolor, ni la muerte. No porque no haya muerto, sino porque las personas de mi entorno siempre han estado vivas. Por ello dudo de que nuestros hijos sean reales: tener una vida perpetua y seguir reproduciéndose, es un imposible. Pero mis dudas existencialistas son comunes a las de los humanos de antaño, como Segismundo, el personaje de Calderón de la Barca que temía que su vida fuera solo un sueño.

Como pueden ver; no soy yo quien escribe, ni quien lee, aunque todo se realice según mis deseos. Ni sé si existo, o si soy la réplica de una conciencia humana en un programa de Inteligencia Artificial sofisticado, o si más bien, soy el pobre personaje de un bloguero que no sabe cómo rellenar el pequeño espacio que tiene en la red. ¡Quién sabe!

©F. Urien

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2 comentarios en “2.227”

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