Es la guerra


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Robert Capa

 

Es la gerra

Me quité el fino jersey abierto que llevaba y lo até a la cintura, la humedad de mi cuerpo me sofocaba. Por las calles había pocos coches, todavía se veía alguna que otra tanqueta circulando. El silencio era común entre los transeúntes. Alguna que otra mirada de soslayo, con muchos temores, se cruzaba entre nosotros. Caminábamos cada uno por nuestro lado. Al entrar en la Gran Vía, vi una bandera nacional cubriendo prácticamente por completo la balconada del Palacio de la Diputación de Vizcaya. Antes ahí estaba la ikurriña y nuestra enseña republicana. Ahora esa, la traidora, casi llega hasta el suelo…

Alguien me tomó con fuerza del brazo y me arrastró hacia él. Me resistí como pude pero sus dedos penetraban en mi brazo hasta el húmero.

—Has mirado, con malos ojos, la bandera.

Era un hombre alto y delgado, con una incipiente barba negra que contrastaba con la palidez de su rostro. Su mirada me asustaba, mostraba un desprecio absoluto hacia mi persona.

—¡No he hecho nada! ¡Suélteme!

Intenté liberarme, pero me hacía daño en el brazo. Me llevaba contra mi voluntad. El miedo, como una descarga eléctrica, atravesó mi cuerpo e hizo que me tambalease hasta caer al suelo. Me  arrastró como si fuera un saco de patatas. Noté cómo se entumecían mis huesos. El corazón aceleró su pulso golpeándome el pecho. Comencé a temblar, no pude evitarlo. El entorno se nubló entre movimientos espasmódicos. Golpeé la acera con los pies. Alguien le ordenó que me dejara en paz. Al liberarme, caí de cuerpo entero. Noté el calor de las baldosas a través de la ropa. Mi cabeza, incontrolada, golpeaba la dura acera. Perdí el control de mi ser. El cielo y la tierra se mezclaban con los colores de una bandera que era símbolo del enemigo que mi padre combatía. Noté que me sujetaban la cabeza y levantaban del suelo.

—Tranquilízate, todo ha pasado, tranquilízate.

Sus brazos me retenían contra su pecho mientras me sujetaba la cabeza con una mano. Los ojos verdes adornaban su tez morena y tersa. Sus labios estaban cerca de mi rostro mientras susurraba en voz baja para que me tranquilizase. Su mirada era tierna. Mi cuerpo fue calmando los nervios. Su pelo era corto y de color castaño claro. Sus dientes blancos. Noté el pulso de su corazón contra mi pecho. Su uniforme… Era un sargento del Ejército Nacional. Un traidor a la República. Volví la mirada a su rostro mientras empujaba con las manos contra sus hombros para que soltara. Me dejó con delicadeza en el suelo mientras la sonrisa de sus labios iba desapareciendo. Al separarme de él noté el frío de la distancia.

—¿Eres republicana?

No dije nada, bajé la vista y retrocedí. Entonces él se acercó y pasó su mano derecha por debajo del mentón, levantándome suavemente la cabeza hasta que mi mirada se cruzó con la suya.

—Eres republicana. —afirmó con rotundidad.

Retiré su mano de mi rostro y mantuve la mirada frente a sus ojos. Permanecí tiesa, desafiante frente a un soldado del ejército enemigo. El viento caliente cruzó nuestras retinas enfrentadas y movió la bandera haciéndola ondear hasta que su sombra tapó la mía. No sé cuánto tiempo duró mi imprudente desafío. Se volvió, mientras me decía en voz baja como antes lo había hecho:

—No me culpes, ni yo tengo nada porque culparte. Es la guerra que nos arrastra y nos enfrenta. No me hables de tus dolos y yo callaré los míos. Es la guerra…, la culpable es la guerra. Después, se volvió y me miró serio mientras se alejaba por la Gran vía de Bilbao.

Es la guerra” me dije a mí misma mientras recordaba el movimiento de sus labios y su verde mirada. “Es la guerra… ¡Vosotros la habéis traído!”.  “Es la guerra… ¿Por qué?, si ya teníamos la paz”. Recordé sus brazos, sus pechos, su tez morena, su tierno mirar. Me volví para verle otra vez, para retener su figura en mi memoria. “Es la guerra…” Entonces él se volvió y me sonrió. Temblaba el viento en la distancia. “Es la guerra…” Pero yo no podía ver ni a mi padre ni a mi hermano. “No, vosotros sois los traidores”. Y volví a mirar su figura que se perdía en la distancia.

©F. Urien

 

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