123NH


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123NH

Hoy he donado un riñón. Me han dicho que puedo seguir viviendo perfectamente con el otro que tengo. Debo alimentarme bien y recuperarme cuanto antes.

Soy importante, muy importante. Gracias a ese órgano alguien ha vencido a la muerte. Me gusta pensar que una parte de mi sigue viva y, probablemente, lo seguirá aunque yo muera. Me llama la atención los beneficiarios de mi dicha. Imagino su rostro de felicidad al saber que seguirán vivos. No sé si son conscientes de su labor en este mundo, más aún, siento que su importancia es mínima, comparado con la mía. Sí, porque sé que seguirán viviendo gracias a mi riñón, de otra forma, si yo no existiera él no hubiera podido sobrevivir.

Así me educaron: la importancia reside, sobre todo, en el hecho de ser imprescindible. Yo soy de esos; otros me necesitan para sobrevivir. Nunca podría soportar el hecho de que se pudiese ver en mi corazón cualquier atisbo de egoísmo. Este no da vida, mas bien acaba con ella.

¿No es, acaso, hermoso, sublime y humano; despedazar mi cuerpo para que otros, hombres o mujeres que ni siquiera conozco, sobrevivan? Puedo imaginarme sus rostros al despertar, después de haber recibido el órgano que ha de sustituir al suyo, ya mustio, sin vida.

Sin embargo, al entrar en la farmacia y solicitar los antibióticos que el doctor me ha recetado para evitar infecciones; un señora me ha mirado de arriba abajo, con cierto desprecio, como preguntándose qué es lo que hacía yo allí, en su farmacia, tan cerca de su persona.

¿Es que mi dedicación no es honesta?, ¿no es humana?, ¿no es, acaso, una muestra de filantropía digna de agradecimiento? Entonces, ¿por qué a nosotros, quienes ofrecemos nuestra vida de forma tan gratuita, nos menosprecia la gente?

Cuando me acerqué a ella preguntando por las razones que le llevaban a mostrar esa acidez por mi persona, respondió que yo no era persona. ¿Qué es una persona entonces? Tengo una cabeza con dos ojos, una boca, dos orejas; y un poco de pelo rizado y rubio que la cubre; tengo dos manos, dos pies…, sonrío cuando soy feliz y lloro cuando la tristeza me domina.

Sin embargo, por muchas explicaciones y razonamientos que le daba, ella no dejaba de mirarme con desprecio; me estaba humillando delante de los demás. Pero ellos, los demás, no se preocupaban del trato que estaba recibiendo. No me escucharon cuando les dije que estaba donando mi cuerpo para que otros vivan. Alguno hasta sonrió de forma burlona.

Miré a cada uno de quienes allí se hallaba. Mis ojos suplicaban apoyo y mis labios temblaban necesitados de ánimos. Mas la señora, mirándome de soslayo, respondió con su inmutable crueldad: «tú no tienes alma».

El empleado me dio la caja de antibióticos y un muchacho abrió la puerta para que saliera. Ese día chispeaba un poco, pero no me importó mojarme. ¿Qué es el alma? ¿Cuál es el rasgo más humano de un hombre?

La señorita Ramírez siempre se hacía un moño con su pelo; era delgada y muy tierna. Recuerdo cuando el 758HL, un niño que tenía cuatro años, corrió hacia ella llorando porque el 332LM, un poco mayor que él, le había dicho que si no le dejaba la pelota iba a sacarle un ojo. ¡Sacar un ojo…! La señorita Ramírez le dijo que nadie le iba a sacar un ojo, que era una tontería. Entonces las cejas de la señorita Ramírez cayeron por los extremos, como si un halo de tristeza las secuestrase.

A la señorita Ramírez, también se le cayeron las cejas por los extremos cuando nos explicó lo imprescindibles que íbamos a ser de mayores. Nunca he entendido bien por qué. Cuando le decíamos que tenía unos ojos bonitos, ella nos contestaba que en esos ojos verdes había un fondo oscuro. Muchas veces, cuando me hablaba, le miraba a los ojos buscando ese extraño y oscuro fondo.

Sí, nos lo explicaron muy bien cuando cumplimos los catorce años. Nosotros no somos como los demás; no tenemos padre ni madre, no tenemos familia. Solo somos una célula modificada genéticamente y desarrollada en un laboratorio. No hemos nacido, ni siquiera nos han puesto nombre. Yo soy el 123NH, sin apellido de padre, porque no lo he tenido, ni de madre, por el mismo motivo. Cuando me lo dijeron se me calló el bolígrafo al suelo y la profesora me puso apoyo psicológico. Fue la señorita Ramírez, quien me hizo ver lo importante que iba a ser cuando fuera adulto.

Ahora ya soy adulto y me siento importante. Sin embargo, no entiendo muy bien los principios de humanidad. ¿No soy yo, 123NH, con el ofrecimiento de mi propia vida para los demás, un ejemplo de humanidad? ¿Por qué dicen, entonces, que no tengo alma? O ¿es que el alma es la parte más inhumana del género humano? me menosprecian, como si fuera menos humano que cualquiera de ellos, como si no tuviera dignidad. ¿No es, acaso, esa una actitud inhumana y desalmada?

Me han vuelto a llamar del hospital. Aún no he acabado la caja de antibióticos. Necesitan un ojo sano. Voy a donar el mío, al fin y al cabo, con un solo ojo también se ve. Me miro al espejo y me tapo el ojo derecho: sí, con un solo ojo también se ve.

©F. Urien

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Despedida


 

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Despedida

 

En el hueco de mi pecho ha estallado un bomba,

el templo cae piedra a piedra, el cristal roto rasga la pizarra.

¡Chirría!, ¡chirría!, ¡chirría!, ¡chirría!

Hoy llora el lobo de mi garganta, y la luna ni se inmuta.

El pasado, que tanto me costó construir, se me va de las manos.

Me gustaba el ruiseñor de tu mirada, hoy ya muda.

Una brasa incandescente arde en mis entrañas.

Truenan las palabras en el cielo, mientras la zarza rasga la suave seda.

¿Cómo será mi futuro, si el ayer reventó en un disparo?

Me gustaría oírte otra vez;

nenúfar de tempestades, hoja que el viento arranca;

aunque el susurro solo fuera una mentira

y tu aliento una llama apagada.

©F. Urien

Una rosa


Una rosa

 

El desprecio despertó su mirada al verme,

le entregué una rosa con los pétalos dormidos, lejos de aquella que un día fue.

Ardía tanto que ni la tocó.

Esa noche la alcoba se había ausentado y el silencio mantuvo el suspense.

Su iris escondía sombras de desdeño.

 

Llovía en Bilbao ese sirimiri copioso de volátiles y diminutas gotas

que convierten en mar tu ropa, y en coral tu cuerpo.

Se me olvidó el paraguas,

¡Qué más da!

 

Cayó la corbata de los cuellos señoriales,

prenda a la que mi etiqueta renunció

hasta en las ceremonias más trascendentes.

Se ve importante,

se ve importante,

se ve importante con ese aderezo;

¡tiene caché!

 

Se escandalizaron al verme en mangas de camisa,

hasta el cielo se ofendió y cargó el horizonte de nubarrones.

Aquél día llovió un sirimiri calamitoso.

Lloraron las sedas de los vestidos y los orgullosos peinados se desmoronaron.

Se manchó de barro el tul, ¡Qué desgracia!

 

Antes los hombres perdían su lengua en los bares

entre brumosas conversaciones de “txikiteo”,

las tabernas del barrio recorrían los inseguros pasos de las cuadrillas.

 

Ella no se quedó en casa ¡faltaba más!

Trasnochó las sombras mientras jugaba…

¡Quién lo iba a decir!

 

Cayó la rosa al suelo y los labios se pintaron de rojo.

Su mirada se perdió en el infinito del espejo.

Salí del cuarto y cerré la puerta lentamente.

El silencio conservó su domino en toda la casa.

© F.Urien

Noche de Navidad


 

 

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Noche de Navidad

 

A Ernesto Enciso Albiol le gusta la Navidad. Su casa se llena de luces que parpadean mientras dibujan pensamientos en el aire, los paquetes de colores danzan de un lado a otro, se oyen villancicos cuyas letras sus labios repiten sin querer, hay olor a pan de hogaza, se escucha el sonido del turrón y los abrazos se reparten como si no costara nada. Todos se felicitan por no sé qué, pero sonríen los labios mucho más a menudo de lo que acostumbran.  Muchas miradas parecen volver a encontrarse después de tiempo ausentes. En Navidad se oye el  ruido del dinero y los niños corren al son del cascabel del reno. Los sueños parecen ocupar todas las estancias a todas horas. Las penas caen como pompas de jabón, lentamente, hasta llegar al suelo, donde explotan mudas y desaparecen. Se adornan las paredes con brillos de colores y el Arco Iris luce su luz sobre todo por la noche. Las estrellas bajan del cielo y vagan incandescentes por las calles de Bilbao, sosiegan el aire que rodea la inocencia con una melodía que apenas se oye, pero que todos tararean sin querer.

Ernesto, en la noche de Reyes, siempre pone los zapatos en la ventana, casi al aire libre, para que “Sus Majestades” los vean y no pasen de largo. Su carta de deseos no es larga: solo un abrazo. La escribió con  tinta azul en un pape liviano. Una ráfaga de viento la hizo volar, aún se mantiene en el aire como una paloma que recorre la ciudad.

Lo que menos le gusta de esos días es el frío. Aunque Bilbao es una ciudad donde raramente nieva; si llueve. El agua, en invierno, se cuela hasta los más escondidos rincones mojando las ilusiones olvidadas. Su persistencia empapa y penetra en esa hogaza de pan que pierde su olor y textura. Cuando el viento frío del norte empuja a la lluvia con fuerza; entonces las gotas parecen afilados carámbanos que penetran a través de los cartones que cubren su cuerpo agitando sus sueños y no dejándole dormir.

©F. Urien

CANTOR


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Cantor

Siempre tuvo buen canto

sus cuerdas no eran vocales

sino una orquesta

de flautas, trompetas, violines y tambores en compás.

Si la música fuera líquida

y formara un río de gran caudal,

donde el pentagrama bajase en cascada

rompiendo las notas entre saltos, rocas, peñascos y demás;

él repetiría sus glosa,

y aunque la tesitura fuese de tenor, barítono o soprano;

la liquidez de sus cuerdas sería capaz de cantarlo

superando al trueno en su ruido,

a las olas en su ritmo,

a la noche en su silencio,

al otoño en su marchitar.

Y no el cristal

sino el acero más duro,

con su agudo tono vibrante

la voz doblaría

su orgullo, su brillo, su filo y sus ganas de luchar.

Y soñarían los pájaros

con los trinos de su aliento

y el viento frío del norte

con sus labios al silbar.

©F. Urien

MIGRANTE


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Migrante

Traspasó, del incierto horizonte,

su cortina azul

salpicada de piedras, de cristales, de puntas y de zarzas.

El suelo quebraba en sus pies

Y Los recuerdos

quemaban

entre las oscuras y negras incandescencias

del dolor.

Un futuro azul, de pan caliente, de dulce aroma

canta, canta,

canta el destino que entre los arroyos, las flores, las hojas, la brisa, el sol,

retiene un trocito del alba.

En un puño su vida,

en sus ojos el horizonte

el horizonte azul

el que desborda  de aromas amarillos y música de luz.

Olió las flores, los campos, los ríos,

y se dejó arrastrar por los cantos de los pájaros,

por la brisa cálida,

por los montes,

por el brillo de los parques,

por las torres de cristal,

por susurros al oído,

por su nueva casa.

Sus labios

como arco iris de colores imposible de alcanzar

reían, reían, reían,

reían  por volver a creer en los sueños,

pesadillas que antaño lloraban.

Dejó el mundo de cenizas,

de volcanes,

de lodo…

por un mundo de luz entre cristales de colores

y un mar de esperanza.

©F. Urien

El libro


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El libro

 

Parecía un libro como cualquier otro, sus pastas eran duras, de color rojo con un ribete dorado. Era más bien grueso y grande, como los libros de antes que pesaban y costaba un poco abrirlos. Lo encontré sobre la mesa de mi despacho en la alcaldía de “Cienpasos”, venía empaquetado a mi nombre y no tenía remitente. Fue extraño desde un principio y sorprendente cuando se me ocurrió abrirlo.

Era el siete de enero, después de “Reyes”. Pregunté por el donante de dicho presente y nadie me contestó, había aparecido allí como un anónimo regalo de Navidad. Al coger el paquete en mis manos noté su peso y al abrirlo me sorprendió el título del mismo “No te enteras de nada”. Era como una broma de los “Inocentes”, pero en el día posterior a “Reyes”.

Lo más sorprendente fue cuando pretendí leerlo; no pude: las frases no tenían sentido y las palabras se desordenaban según las iba leyendo. Podía verlo con mis propios ojos y comprobarlo cuando pretendía releer un párrafo: cambiaban las palabra, las comas, los puntos; siempre guardando el orden del sinsentido. La numeración de las páginas estaba desordenada, aunque el grosor del libro siempre parecía el mismo, nunca pude contar sus páginas, variaban también en número. Solo la frase con que finalizaba el libro era legible: “No te enteras de nada”.

Me sorprendió que alguien gastara tanto dinero en encuadernar un libro estúpido, y mágico, si es que así se pudiera llamar a la alteración continuada de las palabras y frases. Y la frase al final… Algo había de extraño en todo aquello. No obstante, terminé por no hacerle caso y seguir con mi trabajo.

Aquella noche no pude dormir tranquilo, el extraño libro despertó mi curiosidad de tal modo que no podía quitarme de la cabeza el hecho de que el movimiento de las palabras, la alteración de las fases, el cambio en el número de hojas y todo en su conjunto hicieran de él un libro realmente vivo.

Desconcertado e incapaz de comprender todo aquello, decidí llevárselo a mi primo Enrique, era

doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada; si alguien podía ayudarme era él.

Sin embargo, aunque intentó leerlo, al igual que yo, no pudo. Le sorprendió el hecho de que las frases cambiaran, que las letras bailaran y que las hojas fueran inconsistentes en número. Nunca había visto una cosa igual. Todo era muy extraño.

Después de intentar leer una y otra página, de abrir y cerrar el libro un ciento de veces, de tomar notas y notas y más notas, hasta el punto de ver que las mismas no tenían sentido; me aconsejó que se lo llevara a D Aniceto, un filósofo y pensador que él conocía de la Universidad.

El filósofo, al igual que yo y mi primo Enrique, abrió y cerró el libro un ciento de veces, lo leyó con gafas, sin ellas, con lupa, dándole vuelta, lo intento leer bocabajo, entrelineas, moviendo la cabeza desde diferentes ángulos, de mil formas más; no pudo aclararme nada. Era un libro tramposo, peor que cualquier jeroglífico de una civilización desconocida. Al final, devolviéndome el pesado libro me dijo;«Siempre habrá cosas que no seamos capaces de entender; esta es una de ellas» y me aconsejó que lo dejara en paz y me olvidara de él.

«¡Vaya un filósofo de tres al cuarto!»; pensé para mí. No obstante, como no podía hacer nada más que olvidarlo, me olvidé de él.

Un día, trajeron a mi nieto a casa para que lo cuidásemos. Es un muchacho excelente, hace que nuestro hogar vuelva a tener un poco de vida, como antes, con el ruido de las risas en las paredes y el desorden en los pasos por el suelo. Lo dejé jugando con la pelota; sin embargo, cuando fui a mi escritorio, lo vi tirado en el suelo con el extraño libro abierto sobre la alfombra; lo estaba leyendo. Al menos eso era lo que parecía, pues se entretenía un rato en cada hoja y de vez en cuando sonreía. Me acerqué a él y le pregunté; «¿Qué estás haciendo?». Me contesto que leyendo y al preguntarle a ver qué decía, me dijo, con una sonrisa en la boca, «cosas de niños»; y se fue corriendo con el balón a jugar a la calle.

©F. Urien

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