La fontana


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La fontana

Una noche,

una noche tranquila de estrellas en el cielo y brillos de luciérnaga,

una noche,

una noche cuando escuchamos el canto de la lechuza junto a la ventana,

en nuestro lecho

de tu sombra surgió una fuente,

una fuente de agua fresca, transparente y clara;

una fuente de cascada alegre, de mirada tierna,

de risas inocentes, de suaves palabras.

Jugaba con nosotros,

jugaba con nosotros,

jugaba con nosotros salpicando nuestro amor con su fresca agua.

Cuidábamos el remanso donde el cristal caía:

quitábamos las piedras, las hojas, el barro,

mimábamos el manantial, cuidábamos la charca.

¡Cómo crecía aquel estanque!,

¡cómo brillaba!,

¡cómo disfrutábamos reflejando nuestros rostros en su espejo puro, nítido y suave!;

¡cómo conquistaba, su inocente transparencia, nuestra alma enquistada!;

¡cómo gozábamos de su amena frescura!

Más un día

Esa agua transparente y fresca que se recogía de la cascada

rompió la presa,

rompió la presa

y saltó a las piedras, las hojas, las zarzas; abandonó la charca.

Se perdió en la espesura…

¿Qué será de su brillo?

¿De la transparencia de su aliento?

¿De ese frescor que tenía cada vez que salpicaba?

¿Qué será de su inocencia?

¿Qué será de nuestra agua?

Más abajo,

tras las ramas de los árboles que querían ocultarla,

entre los riscos y las cimas afiladas;

la vimos brillar,

saltar por las rocas,

Cantar en la distancia…

Nos dimos la mano tú y yo,

nos dimos la mano,

nos dimos la mano mientras mirábamos a lo lejos

entre las rocas, los árboles, el barro, los guijarros y las ramas;

¡cuánto brillaba!

F.Urien

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Agua tranquila


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Agua tranquila

Agua transparente, tranquila,

que guardas brillos de antaño,

aunque se han dormido tus olas

aún siento el calor de tu abrazo.

Cristal donde vi caer mis años

entre tus tiernas melodías.

En tus brazos, sosiego y calma,

dejaba reposar mis sueños.

Hoy las hojas cubren tu brillo,

siempre madre de mis edades,

te recuerdo ahora como antaño,

aunque el pulso tiemble en tu agua

tersa, transparente y suave.

 

©F. Urien

 

El dormido pasado despierta


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El dormido pasado despierta

 

Gélido, el tiempo no se turba,

témpano de lejanos recuerdos

donde, como si fueran de ayer,

los juegos de mi niñez

se dibujan.

El olor de la vieja madera

que crujía al andar por el pasillo,

entre los recuerdos de antaño,

mi infancia aflora

y, como temprano rocío del alba,

abraza mi alma, volviendo  el ayer

como si fuera ahora.

Percibo el calor de aquella casa,

la quiebra del carbón en el fuego

con destellos del  candente mundo

de mi infancia.

Con los cánticos de mi madre,

¡qué lejos queda el invierno!,

el sueño me abraza.

Viejas paredes desconchadas

guardáis huellas de manos inocentes,

dibujos de mundos imposibles,

surcos de sueños que tanto faltan

hoy, en el presente.

¿Dónde estás pequeña chiribita

de la inocencia?

El calor se fue por la chimenea…,

aún puedo olerlo cuando despierto

Y noto en mi alma su presencia.

©F. Urien

 

 

El procés


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El Procés

 

La mesa, preparada para una comida especial, rebosa de alimentos. Mi madre está sentada a mi izquierda, mi padre preside la mesa, a su derecha están mi tío y la hermana de mi padre. Sobre el mantel hay un plato de jamón, unos espárragos, una bandeja de langostinos y un trozo de paté rodeado de pequeños panecillos tostados. En el extremo de la mesa, la sopera con el cazo reposando sobre uno de sus mangos.

Los abrazos, besos y felicitaciones se repiten en los primeros momentos del encuentro. Todo está tranquilo, hasta que mi tío dice que esta mañana ha ido a votar. Mi madre le contesta que eso no sirve para nada, que es un referéndum ilegal y que no va a ninguna parte. Mi tío le responde que él ha ido a votar por la independencia de Catalunya. Mi padre se pone de perfil y les pregunta a ver si les gustan los langostinos. Mi madre dice que Cataluña es España y ese voto no sirve para nada. Mi tía pregunta por la vecina de arriba, que es una señora mayor que vive sola. Mi tío dice que la «policía de ocupación» no ha conseguido silenciar el clamor popular. Mi padre se levanta, coge el cazo y pregunta: «¿Quiere alguien sopa?». Mi tía dice que quiere dos cazos, mientras alaga en alta voz:«¡Qué bien huele!». Mi madre dice que el clamor popular está silenciado por un President que no respeta ninguna ley.

La cosa se va calentando. A mi madre, cuando se pone furiosa, se le hincha la vena del pescuezo; ahora parece que va a explotar. Empiezan los gritos: mi padre preguntando a ver quién quiere sopa, mi madre diciendo que es española igual que todos los catalanes, mi tío con el puño cerrado levanta el dedo corazón a mi madre que comienza a extender sobre la mesa una bandera española.

No he dicho nada, pero he ido a votar. He ido con Monserrat. Bueno, me ha llevado ella, pero no me importa. Tiene unas tetas… Me llevaba de la mano, a rastras, mientras gritaba «policía asesina, idos a España».  La vena del pescuezo se le hinchaba como a mi madre. Yo intentaba apartarla de la bronca, pero ella me llevaba hacia allá, donde más lío había. Después de votar —no sé qué voté—, era yo quien estiraba de la mano de Monserrat para salir de aquel lugar. Pero ella gritaba y gritaba. Me gustó agarrarle de la mano y abrazarla de vez en cuando, con el disimulo de que la apartaba del conflicto.

Mi madre ondea la bandera española sobre las cabezas de mis tíos mientras mi padre intenta quitársela a duras penas. Las voces y los gritos ocupan toda la estancia. Mi tía está tomando la sopa en un rincón, con la cabeza gacha.

Me levanto de la mesa y voy al baño. Me bajo los pantalones y me siento en el inodoro. Los ruidos quedan en sordina más allá de la puerta del pequeño habitáculo. Imagino a Montserrat desnuda…, con ese muslo… tierno… le pongo la mano en el culo y la atraigo hacia mí. Le beso el vientre. Asciendo con mi boca hasta sus pechos que rozan mi rostro.  La aprieto contra mí… noto sus labios y la beso, la beso con toda mi fuerza. ¡¡Visca catalunya lliure!!…

«Toc, toc, toc, toc. ¡Qué haces tanto tiempo en el retrete! ¡Sal ahora mismo, que hay que recoger la mesa!».

Me levanto, me pongo los pantalones a prisa y doy la bomba para disimular. Al llegar al comedor el asado está entero sobre la mesa. Quedan unos espárragos, los langostinos y el plato de mi tía con un poco de sopa. Mi padre mira por la ventana, mi madre está recogiendo la bandera, y yo… me quedé en ascuas.

©F. Urien

Barcelona


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Barcelona

 

Barcelona es un ciudad bonita, siempre que he ido he caminado por sus ramblas, ¿quién no? Siento lo que esta tarde ha sucedido allí. Espero que nunca más nadie se vea atrapado por ese odio que ha provocado tanto daño. Estamos con Barcelona.

¡Visca Barcelona!

Es la guerra


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Robert Capa

 

Es la gerra

Me quité el fino jersey abierto que llevaba y lo até a la cintura, la humedad de mi cuerpo me sofocaba. Por las calles había pocos coches, todavía se veía alguna que otra tanqueta circulando. El silencio era común entre los transeúntes. Alguna que otra mirada de soslayo, con muchos temores, se cruzaba entre nosotros. Caminábamos cada uno por nuestro lado. Al entrar en la Gran Vía, vi una bandera nacional cubriendo prácticamente por completo la balconada del Palacio de la Diputación de Vizcaya. Antes ahí estaba la ikurriña y nuestra enseña republicana. Ahora esa, la traidora, casi llega hasta el suelo…

Alguien me tomó con fuerza del brazo y me arrastró hacia él. Me resistí como pude pero sus dedos penetraban en mi brazo hasta el húmero.

—Has mirado, con malos ojos, la bandera.

Era un hombre alto y delgado, con una incipiente barba negra que contrastaba con la palidez de su rostro. Su mirada me asustaba, mostraba un desprecio absoluto hacia mi persona.

—¡No he hecho nada! ¡Suélteme!

Intenté liberarme, pero me hacía daño en el brazo. Me llevaba contra mi voluntad. El miedo, como una descarga eléctrica, atravesó mi cuerpo e hizo que me tambalease hasta caer al suelo. Me  arrastró como si fuera un saco de patatas. Noté cómo se entumecían mis huesos. El corazón aceleró su pulso golpeándome el pecho. Comencé a temblar, no pude evitarlo. El entorno se nubló entre movimientos espasmódicos. Golpeé la acera con los pies. Alguien le ordenó que me dejara en paz. Al liberarme, caí de cuerpo entero. Noté el calor de las baldosas a través de la ropa. Mi cabeza, incontrolada, golpeaba la dura acera. Perdí el control de mi ser. El cielo y la tierra se mezclaban con los colores de una bandera que era símbolo del enemigo que mi padre combatía. Noté que me sujetaban la cabeza y levantaban del suelo.

—Tranquilízate, todo ha pasado, tranquilízate.

Sus brazos me retenían contra su pecho mientras me sujetaba la cabeza con una mano. Los ojos verdes adornaban su tez morena y tersa. Sus labios estaban cerca de mi rostro mientras susurraba en voz baja para que me tranquilizase. Su mirada era tierna. Mi cuerpo fue calmando los nervios. Su pelo era corto y de color castaño claro. Sus dientes blancos. Noté el pulso de su corazón contra mi pecho. Su uniforme… Era un sargento del Ejército Nacional. Un traidor a la República. Volví la mirada a su rostro mientras empujaba con las manos contra sus hombros para que soltara. Me dejó con delicadeza en el suelo mientras la sonrisa de sus labios iba desapareciendo. Al separarme de él noté el frío de la distancia.

—¿Eres republicana?

No dije nada, bajé la vista y retrocedí. Entonces él se acercó y pasó su mano derecha por debajo del mentón, levantándome suavemente la cabeza hasta que mi mirada se cruzó con la suya.

—Eres republicana. —afirmó con rotundidad.

Retiré su mano de mi rostro y mantuve la mirada frente a sus ojos. Permanecí tiesa, desafiante frente a un soldado del ejército enemigo. El viento caliente cruzó nuestras retinas enfrentadas y movió la bandera haciéndola ondear hasta que su sombra tapó la mía. No sé cuánto tiempo duró mi imprudente desafío. Se volvió, mientras me decía en voz baja como antes lo había hecho:

—No me culpes, ni yo tengo nada porque culparte. Es la guerra que nos arrastra y nos enfrenta. No me hables de tus dolos y yo callaré los míos. Es la guerra…, la culpable es la guerra. Después, se volvió y me miró serio mientras se alejaba por la Gran vía de Bilbao.

Es la guerra” me dije a mí misma mientras recordaba el movimiento de sus labios y su verde mirada. “Es la guerra… ¡Vosotros la habéis traído!”.  “Es la guerra… ¿Por qué?, si ya teníamos la paz”. Recordé sus brazos, sus pechos, su tez morena, su tierno mirar. Me volví para verle otra vez, para retener su figura en mi memoria. “Es la guerra…” Entonces él se volvió y me sonrió. Temblaba el viento en la distancia. “Es la guerra…” Pero yo no podía ver ni a mi padre ni a mi hermano. “No, vosotros sois los traidores”. Y volví a mirar su figura que se perdía en la distancia.

©F. Urien

 

ZORIONAK


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Zorionak

Hoy cumplo sesenta años.

Hace treinta tuve mi primer hijo,

treinta años antes, vi la luz por primera vez.

Dentro de treinta años…;

en verdad, treinta son muchos años.

©F. Urien