Sin rumbo


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Sin rumbo

Hoy hace frío,

las luces de las farolas

se reflejan en el pavimento.

No se oye a los pájaros trinar

ni las voces de los niños…;

solo el viento

y las gotas que el cielo escupe con rabia.

Me cuesta caminar a cara descubierta.

No veo…

no veo,

no veo el horizonte.

Los rígidos monstruos de cemento me miran.

Los oigo respirar,

los oigo respirar desde sus luminosos cristales

transparentes.

Sobre las aceras

los duros troncos

alzan sus garras de negra quima,

el aire grita

al notar las oscuras y desnudas zarpas

que quieren tocar el firmamento.

Me cuesta caminar contra el viento.

Hace frío.

El oscuro mundo descansa.

El silencio

acompaña a las gotas de agua sobre mi rostro,

la ceguera

a mis pies en constante movimiento.

©Fernando Urien.

BREXIT 2.0


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BREXIT 2.0

Nunca he sido nacionalista, de ningún tipo: ni de las grandes naciones, ni de las pequeñas, ni de aquellos grupos étnicos que pretenden su independencia. Tanto unos como otros utilizan el mismo discurso. Me resulta contradictorio que la izquierda de un país los apoye, porque el nacionalismo fundamenta su doctrina en la diferencia; el socialismo en la igualdad. El enaltecimiento de la diferencia busca la humillación del ajeno; pretende que su distintivo sea el de ser superior.  Tolera con dificultad la crítica y allá, donde echa raíces, pretende la homogenización social.  En la campaña del “Brexit” la diputada Jo Cox (Contraria a la separación del Reino Unido de Europa) murió por el  ataque de un hombre que, al parecer, estaba vinculado al partido ultraderechista Britian First; los discursos exagerados y embravecidos traen esas consecuencias.

En el discurso sobre el “Brexit”,  Theresa May  pretende salir de la Unión Europea sin salir del mercado único. Busca los beneficios y ningunea los costes, a la vez que da la espalda al pueblo europeo. Dice que si no logra un buen acuerdo puede utilizar los impuestos para atraer inversión a su isla. Esto último denota una posición de inseguridad frente a sus pretensiones. Duda tanto de que la marcha de la Unión Europea vaya a ser un éxito para Inglaterra, que se entrega al nacionalismo americano más rancio de todos los tiempos; como si eso fuera a solucionar su problema. El Sr. Trump le dice que el “Brexit” va a ser una maravilla, pero ¿será capaz de absorber EE UU ese 42%, del comercio exterior, que el Reino Unido mantiene ahora con Europa?

La nueva representante de EE UU ante la O.N.U., Nikki Haley, ha llevado el discurso autoritario de la era Trump a esa organización. Parece que el nuevo gobierno de esa nación no está dispuesto a soportar las críticas tanto dentro como fuera. Los primeros movimientos del Gobierno Americano muestran un desprecio absoluto hacia los principios de respeto a los derechos humanos que durante tantos años han sido bandera de la política de ese país. Su política migratoria levanta ampollas y recuerda las generalizaciones simplistas de otros gobiernos del pasado.

Al señor Trump no le gusta la Unión Europea. Lo ha dicho claro y alto, y está dispuesto a colaborar en su desintegración. Prefiere los pequeños países, frente una organización supranacional que le resulta incontrolable. Espero que Europa no sólo mantenga su unidad, sino que sepa buscar los aliados que respeten sus principios y más le convengan para sus intereses. Me gusta disfrutar de Europa, recorrerla sin fronteras ni visados, escuchar las diferentes lenguas de sus gentes, disfrutar de costumbres tan dispares y sentir que todo ello es mi País.

 

Ausencia


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En cierta ocasión leí un artículo sobre la culpabilidad que los padres aceptan como propia,  cuando un hijo suyo se suicida. Me pareció realmente dramático. Me decidí a escribir sobre ello. La verdad es que no sabía cómo desarrollarlo, inicié varios relatos y terminé escribiendo lo siguiente:

Ausencia

Por debajo de la puerta de mi casa entró la noche. Oscureció la alfombra y ascendió hasta cubrir la consola del recibidor. Convirtió a la gitana de porcelana que hay sobre el estante, en un rígido fantasma gris. Los candelabros, que tantas veces alumbraron el camino, perdieron su albor; desaparecieron los brillos del espejo que cuelga sobre ellos. La luz huyó de la cocina al compás del  goteo que repicaba en el fregadero, acentuando el silencio del pasado. Las imágenes que guardábamos en los estantes se velaron. No se oyeron los ecos de gritos y carcajadas de niños jugando. La soledad golpeó las paredes con furia. ¡Jamás volverá a ser como antes! Los espectros de la noche corrieron por el pasillo convirtiendo en cenizas el hogar que tanto nos costó construir.  Se pudo oír cómo se arrastraban los zarzales, arañando las paredes con furia y dejando unos profundos surcos que solo nos abaten a quienes allí siempre hemos vivido. Lloró el firmamento transformando nuestra casa en una ciénaga, en una turbia y lúgubre ciénaga donde, poco a poco, nos fuimos hundiendo. Entre nuestras manos se deslizó el silencio y la oquedad se asentó en nuestros abrazos. Desde entonces nos falta el pan de cada día y el eco de la sonrisa del pequeño. Aún hoy pervive la noche en su cuarto y me estremezco cada vez que pasó frente a él. Mantenemos la puerta cerrada, como si fuera algo ajeno a nuestras vidas. Pero su voz se repite tras el postigo como un lamento que golpea nuestros recuerdos con rabia.

            Ahora los vasos están manchados. Sobre la cocina eléctrica, la sartén, con el aceite oscurecido por el fuego, reposa negra entre manchas que ocultan el dibujo de la cerámica. Cuelgan los trapos sucios del borde de la fregadera. La mesa luce el color rojizo del vino vertido sobre el mantel. Mendrugos de pan, manchas de chocolate y algún que otro plato que queda por recoger. En el suelo se mezclan grasas de diferentes tonos con algún que otro trozo de periódico. Los garbanzos caen sobre la encimera en desorden. La luz de neón tiembla. El silencio del abandono cruza la puerta. Los techos permanecen ajenos a lo que en el suelo ocurre.

En el cuarto de baño una toalla se arrastra por el suelo. El espejo ya no refleja lo mismo que antaño. Gritan las cañerías cuando cae el agua arrastrando las sobras. El grifo está abierto dejando correr el agua por el desagüe. El tubo de dentífrico está abierto y el cepillo en el suelo. El jabón juega en la bañera. El aire fresco se derrite.

 En la sala nada se mueve. Danza el polvo a su libre albedrío en un lugar donde últimamente ya no va nadie. Los libros, inmóviles, vigilan los anaqueles. Sobre la brillante mesa de comedor hay dos candelabros, una pecera redonda con la carpa cautiva y unas facturas que parecen tiradas de mala manera; algunas se ven por los suelos, sobre una alfombra que apenas conoce los zapatos del más joven de la familia. La silueta de la voz del muchacho balancea el aire que se filtra por las rendijas de la casa.

Cruje el cuarto del niño. Calla el tren y las pistolas. El silencio esconde la cándida risa infantil. Cromos de “Pokémons” quieren salir del cajón. Las mudas paredes añoran en soledad el tiempo pasado. Aún se oyen los ecos que hacen los inocentes pies al correr por el pasillo,  aunque la alfombra permanezca tersa porque nadie la pisa. Musculosos tiburones adornan los anaqueles. Devoraron el pasado. La almohada guarda en sus entrañas el olor de la ingenuidad. El ruido del exterior entra en sordina, inconsciente de todo. El aire se espesa. Hay un sabor amargo en el pijama que aún reposa extendido sobre su cama. El duro e infranqueable muro del pasado, daña mis puños; no puedo parar de golpearlo. El tiempo se estanca. Chirría el suelo como si alguien anduviera sobre él. Las sombras del pasado inundan el aire que se respira. La hueca estancia soporta, inmutable, el polvo en suspenso que brilla con la entrada de un tenue rayo de luz. El pasado huele a azufre y el futuro esta tan doblado que pierde interés.

Desde el día en que nació, nunca he dejado de soñar con él. Ocupa todas mis decisiones. Él está en cada uno de mis actos. Sueño con él al acostarme, cuando respiro, cuando duermo y me revuelvo en la cama de forma inconsciente. Sueño con él en cada latido de mi corazón, cuando me desvisto, cuando me cubro con las mantas porque tengo frío, cuando lloro en mi soledad. Sueño con él cuando me levanto y no tengo a nadie a quien despertar, cuando preparo el desayuno, cuando friego los pocos platos que he ensuciado y me faltan platos para limpiar. Sueño con él cuando voy al trabajo y no tengo a quien dar un beso en la mejilla, ni por quien preocuparme para que no llegue tarde a clase, para que no pierda el autobús. Sueño con él cuando pienso que no tendré que ir a buscarlo al colegio. Cuando cojo el metro sin prisas, cuando compro el pan, cuando me siento a la mesa y él no está. Sueño con él al salir el sol, cuando los pájaros se acercan al alfeizar de la ventana buscando las migas de pan que él dejaba, cuando veo el arco iris, cuando escucho a las horas gritar.

Sollozo en silencio la ausencia del pequeño. El sillón de la sala no respira. Hace tiempo que paró de llover. Reía cuando jugaba con el tren de madera. Le gustaba que le contase cuentos: «Había una vez un barquito chiquitito…». Recuerdo: su cuerpo sobre mi hombro cuando dormía, cuando me llevaba de la mano para enseñarme algo, cuando me miraba fijamente, cuando lloraba, cuando le reñía y se escondía entre sus piernas, cuando apenas comía. Ya no se ve el sol en primavera. El silencio que parte de su cuarto se hace notar en cada rincón de la casa. Los fantasmas llegaron para quedarse. Mi iris se cristaliza. Mudas palabras me hacen sangrar por dentro. ¿Me habré equivocado tanto? Respiro su ausencia y me ahoga. Me falta el oxígeno del pasado. El recuerdo cae como una plomada y lo aplasta todo. Frente al sol poniente, su larga sombra cubre mis pensamientos.

El cuaderno de caligrafía yace sobre su escritorio rasgado de arriba abajo por el bolígrafo. Los ecos de sus gritos retumban en mis oídos haciéndolos sangrar. ¿Pedía socorro? En sus libros de texto hay manchas de tinta, hojas rasgadas, palabras que nunca llamaron su atención. Arañó la pared con fuerza hasta hacer un surco por el que bajan mis culpas. Su pantalón siempre estaba roto por las rodillas. Lloraba a menudo, no sé el porqué. La oscuridad de la noche se adentraba en su cuarto intimidándole. Aún tiene húmedos los deportivos. No le abracé cuando gemía. Negras nubes oscurecían su iris. Siento que fui parte de la tormenta que le acechaba. Tiembla su alcoba en el silencio. Gritaron sus desgarradas entrañas y no fui capaz de escucharlas. En el armario cuelga la negra cazadora desgastada por los codos. Está sucia. Todo lo está. ¿Cómo es posible que la miseria, de forma tan sigilosa, me haya arrebatado tanto? Quizás no fue ella, sino yo, distraído con la luz del exterior. Me asusta la lobreguez de mi casa y el silencio que parte de aquel cuarto. Escondí la mirada cuando me necesitaba. Me gustaría volver atrás, abrazarle contra mi pecho y decirle que le quiero…           

La suave brisa se deslizó sobre la acera, silenciosa, tan trasparente que nadie pudo verla. Trepó por los duros troncos de los tilos y acarició sus hojas meciéndolas, haciéndolas vibrar y chocar unas con otras hasta provocar ese ruido que hacen las ramas de los árboles cuando hay viento. Rodó sobre las aguas de la ría dejando en la superficie un pequeño surco, casi imperceptible para los paseantes que disfrutaban de aquel atardecer caminando por sus riberas. No despertó la curiosidad del entorno ni alarmó su presencia. Refrescó el ambiente como en un atardecer de verano. Tropezó con los arbustos agitando sus ramas, como los pequeños roedores que no quieren ser vistos, pero que se delatan con los ecos que producen sus asustadizos movimientos. Sobrevoló las aceras al ras de las mismas, levantando los papeles y las hojas secas con sus remolinos. Cogió velocidad y fuerza para poder trepar las altas vigas que mantienen el puente que cruza el río. Los coches pasaban rápidos, ajenos a un viento que no les estorbaba. Aunque los fustes eran altos, gruesos y lisos, y aunque carecían de grietas  a las que agarrarse;  la brisa los envolvió y subió por ellos hasta llegar a la parte alta de la acitara, donde los pies de mi hijo vacilaban entre el vacío que tenía en frente y el andén del puente que había dejado atrás. Era un atardecer oscuro. Su imagen apenas se apreciaba entre las penumbras y el cielo. Ese suave viento lamió la piel del niño, erizándola. La traspasó con su  frío filo, hasta llegar a su alma. EL corazón aceleró el ritmo hasta golpear con fuerza las paredes de su pecho revolviendo unas entrañas que tiritaban. El viento, indiferente, no paró y continuó envolviendo en duro témpano todo el cuerpo del muchacho. Alcanzó su rostro y revolvió el cabello bien peinado que tanto acaricié. Quebró su razón, que golpeó sus sienes hasta hacerle cerrar los ojos. Revolvió su cuerpo de arriba abajo. Rasgó su pecho atolondrando el pulso de las venas. No pudo ver más allá del presente y los recuerdos distorsionaron su visión como lentes convexas. La brisa no se conformó con el hurto que había hecho. Continuó, agitándose iracunda alrededor del pequeño cuerpo que vibraba de miedo. Lo empujó una y otra vez, sin compasión, haciendo que se tambalease en el quicio del abismo. Las tinieblas le habían arrebatado el entorno. Dejó de ver al mundo que le acechaba y le ignoraba a la vez. Perdió el equilibrio y cayó mientras la sórdida brisa acompañó a su destino hasta el más oscuro de los silencios.

©F.Urien

Un árbol de Navidad


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Un árbol de Navidad

El viento levanta el polvo
que cristaliza en el suelo.
Los recuerdos del pasado
lloran los sueños de Alepo.

En lo alto de una ruina,
sin techumbre ni apresto,
tras la ventana sin marco,
un árbol de Navidad han puesto.
Sus hojas están marchitas,
su tullido tronco, seco.

Cuelgan de sus mustias ramas
algunos parcos deseos.
La gravedad, poco a poco,
los va arrastrando hasta el suelo.

Como simiente del aire
entre las raíces del cedro
reposan, rodeando al tronco,
pobres malogrados sueños.

¡Ya no brillan las estrellas!,
¡ni están verdes los setos!,
¡ni el agua humedece el polvo
que cabalga con el viento!
solo las quebradas piedras
ornan el marchito cedro.

Un niño desde allá abajo
observa el árbol incierto.
Lleva en la mano un cordón
atado a un carro de sueños.

Tras una ventana fría
un árbol de Navidad han puesto;
de hojas secas, mustio tronco
y desterrados deseos.

Entre piedras, polvo seco
y la simiente de anhelos
un brote verde ha nacido
levantando caídos sueños.
Los arrastra con sus ramas
queriendo alcanzar el cielo.

©F.Urien

RX – 25


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RX-25

Al levantarme, columnas de mármol luminosas golpean la tarima de mi cuarto salpicándola de color caoba. Avanzan lentamente, al compás de la izada de las persianas. Despiertan los  brillos del edredón, la blancura de la sábana, la sombra de la hendidura que ha dejado el peso de mi cabeza en la  almohada, el brillo de la cómoda donde guardo mi ropa interior, el pequeño sillón con orejeras donde suelo leer antes de acostarme,  la pared de color ocre pálido que separa mi cuarto del aseo y el cuadro de mis padres. Ahí, despierta el día con una explosión de colores que transforman la estancia en un alegre jardín, ajeno a la pálida y oscura cueva donde descansé mis sueños. 

La lámpara que está en la habitación contigua, al entrar el sol, cae en un arrebato de estrellas que se revuelven entre el tumulto de lágrimas de cristal. Bajo ella se encuentra el sofá de tela blanca con sus blandos cojines, como trozos de nubes arrancadas del cielo azul. También hay una mesita de mármol negro, sobre ella un pequeño discóbolo de alabastro que parece arrancado del retablo mayor de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, y una cuadriga de bronce que parece estar corriendo sobre el frío mármol. Un mueble de madera de cerezo cubre el frente de la sala. En la parte de atrás, junto a la ventana, tengo mi escritorio. Asoma cargado de libros de diferentes colores y tamaños, parecen policromados ladrillos que ensamblan los anaqueles. También hay recortes de periódicos clasificados por temas, un desorden de papeles en blanco, varios bolígrafos reunidos en un cubilete y el ordenador con el que trabajo.

Soy cronista, medio escritor. El señor Balciscueta es nuestro jefe de redacción. Es un hombre serio, viste traje azul y una corbata, a rallas de color negro y rojo, que la cruzan en diagonal. El nudo de la misma, como si fuera el de una horca, le aprieta el cuello de tal forma que siempre empuja con su mano derecha para aflojarlo. Dice que mi estilo, a la hora de relatar los acontecimientos, tiene mucho éxito. No lo sé, no conozco a mis lectores.

Nunca he salido de este edificio donde trabajo. No me importa, los otros, sonámbulos trotacalles sin alma; no me interesan. Sé de ellos porque a menudo me asomo por la ventana que está junto a mi escritorio y los veo. Caminan de forma desordena: unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda. Son fósiles inconscientes del mundo del que son parte. ¡Se ignoran! Desconocen la existencia de aquellos con quienes comparten el mundo. Caminan por aceras de hierro fundido donde no llegan a tropezarse porque se sortean, los unos a los otros, de forma inconsciente. Corazones mecánicos, fríos mármoles de interior a quienes les importa un comino la situación de sus vecinos más próximos. Cuando fallecen, lo hacen en soledad, ignorados por una masa de autómatas que pasa  de forma continua junto al moribundo sorteándolo y preocupándose, sobre todo, de no tropezar con el cuerpo que decae. No conocen la sombra del almendro en flor, ni la sonrisa del amanecer cuando el cielo se tiñe de rojo, ni la lluvia de hojas en otoño, ni el canto de las estrellas en una noche de verano. No les conmueve el abrazo de la brisa en primavera, ni el despertar de la luz en la nieve del invierno, ni el arrullo de las olas del mar, ni el musitar de los pájaros. ¡Sombras sin alma, no sabéis adónde vais!

Al encender el ordenador personal con el que trabajo, aparece la noticia que he de comentar y enviar al rotativo: «La explosión de una bomba en el aeropuerto ha provocado unos treinta y cinco fallecidos. Todos los indicios apuntan a que ha sido un atentado del Estado Islámico». Pienso en el dolor que debe causar la pérdida de un ser querido y comienzo a escribir:

A Jennifer le temblaba un poco el pulso y, de vez en cuando, le dolían los huesos al andar; la edad no perdona. Sin embargo, ese día el sol había entrado por la ventana dejándose sentir en toda la casa. Después de mucho tiempo su hijo iba a volver.

Se levantó temprano, ansiosa por ver de nuevo a su vástago. No lo hizo con mucho brío porque los años no se lo permitían, pero sí con toda la ilusión del nuevo día. Extendió el hojaldre como una sonrisa del aire sobre el molde, vertió la crema pastelera como una riada de besos anónimos, montó la nata al ritmo del latido de su corazón y coronó la tarta con una vela, luz del nuevo amanecer en aquella casa. Después la guardó en el frigorífico.

Encendió el televisor por ver las noticias del tiempo; quería que su hijo disfrutase su vuelta con el mejor sol de primavera. «¡Que oiga el canto de los gorriones mientras saltan por las ramas del tilo que hay frente a la casa!, ¡que las flores le saluden y que la luz le ilumine el resto de su vida!».

Pero el silencio se arrastró por la alfombra, envolvió el sillón, la mesa, el sofá de la sala y trepó por las paredes oscureciendo el cuarto, como si el sol se hubiera escondido al escuchar el anuncio de un atentado en la terminal. Jennifer corrió al teléfono y llamó al aeropuerto con el corazón en la mano. Abría la boca con fuerza e hinchaba sus pulmones como si no fuera suficiente el aire que le rodeaba. Los pájaros callaron, las nubes cambiaron el azul del cielo por un gris cada vez más oscuro, el mar encrespó sus olas y el viento zarandeó las ramas de los árboles levantando polvo y un ruido de tormenta. Olía a humedad. Al otro lado de la línea nadie cogía el teléfono. Al poco rato, contestó la voz de una señorita sin dar opción a ninguna pregunta: «En estos momentos todos los operarios están ocupados. Sentimos no poder atenderle. Diga el nombre del pasajero por quien pregunta  y deje su número de teléfono, le llamaremos lo antes posible».

—Ricardo, Ricardo Montero Salazar. Venía en el vuelo de Bucarest, el mismo del atentado…— respondió Jennifer.

 Después, casi sollozando, colgó el teléfono. La tarta se quedó sola, encerrada en el invierno mecánico. La casa, cargada de sombras y silencios, no fue capaz de contener la nerviosa marcha de la cansada mujer. «No le habrá pasado nada. Quizás alguna pequeña herida, nada más…», se decía a sí misma. Luego se acercaba de nuevo al teléfono y, alargando la mano, hacía amago de cogerlo; pero daba la vuelta y volvía de nuevo a la cocina. El «tic-tac» del reloj, como una sombra del tiempo, se paseaba por todas las estancias de la casa. Parecía un ritmo cansado, como si a cada instante le costara dejar que llegara el siguiente momento. El teléfono no sonaba. Las entrañas de la anciana se encogían por la incertidumbre de la espera y el temor a la desgracia. El sórdido silencio hundía las esperanzas. El eco del tiempo hacía tambalear a la anciana y el mutismo de la fría loza despertaba su atisbo. Sonó el teléfono y el corazón de Jennifer tropezó con su faringe. No dejó que su estridente ruido se repitiera. Lo cogió con prisas. Mientras aproximaba el auricular a su oído  le temblaba la mano, el brazo y el cuerpo entero. «¿¡Diga!?», salió la palabra, tímida, arrastrándose por su garganta y tropezando con sus labios. Mientras, el auricular contestó abúlico:

—¿Parientes de Ricardo Montero Salazar?

Ella asintió con un «sí» transido de angustia que se le cayó de los labios.

—¿Es usted familiar?

Se hizo un momento de silencio mientras la mujer tomaba aire.

—Soy su madre.

No pudo decir nada más, sus labios se tropezaban torpemente con los dientes.

—Lo siento, pero hemos identificado a su hijo entre los fallecidos.

 Una lágrima brilló en el aire mientras se deslizaba lentamente por su mejilla.

—Esta tarde el cuerpo de su hijo estará en el tanatorio de Nuestra Señora del Rosario. Podrá ir verlo. Reciba nuestro más sentido pésame.

       Un instante, solo fue un instante que se encogió hacia dentro arrastrando un pasado que caminaba para ser parte de los sueños y un futuro que ya no será. Un instante que absorbió por completo a la tambaleante anciana hundiéndola en una ciénaga, en una oscura y silenciosa ciénaga. Un instante que tornó el cielo en infierno. El tiempo no fue capaz de superar aquel momento y el entorno fue desapareciendo, poco a poco, ante los ojos de Jennifer. No cantaron los pájaros, el reloj se paró, el cuarto frunció su ceño cargando de tonos grises las paredes, no respiraba el viento, ni las piernas fueron capaces de sujetar su cuerpo. Cayó al suelo y se quedó allí. Temblaba de la cabeza a los pies y sus ojos sollozaban. «¡Malditos, aquellos que ven en el dolor ajeno un triunfo!». Tenía una rosa entre sus dedos y se quedó con las espinas. Las apretó con la furia del amor. Sangraban sus manos, sangraban por dentro manchando de rojo, de arriba abajo, aquel desafortunado instante. Las sombras cubrieron el cuarto y el silencio apagó el día.       

Una vez acabado el artículo, lo envío y busco una segunda noticia en el ordenador. Suelo escribir cuatro o cinco artículos sobre crónicas que me ofrecen para desarrollar. En esta ocasión no me han enviado ninguna más. Pienso que será algo temporal y que de un momento a otro llegará.

Me asomo a la ventana. El pavimento está dorado por el sol. Las sombras de los edificios se arrastran por las calles como negros fantasmas paralelepípedos. Sonríe el aire. El desorden de personas andando sobre las aceras, tensa el tiempo. Los pájaros, más que trinar, gritan para poder hacerse oír entre el tumulto de gente y el gruñido de los vehículos. No se ve el horizonte, supongo que reposa tranquilo, entre el cielo y la tierra, tras las altas construcciones.

Suena el timbre de mi apartamento con un «¡riiing!» prolongado. Me vuelvo hacia la puerta. Alguien, no solo empuja con energía el pulsador, también lo mantiene, con cierto atolondro de urgencia, hundido contra la pared. Después de un corto momento, en el que apenas me da tiempo a cerrar la ventana, como un histérico niño que no quiere dejarme en paz, vuelve a sonar el timbre. Enciendo la pequeña pantalla que hay junto a la puerta para ver quién reclama con tanta insistencia. Es una señorita rubia que muestra una descarada obsesión por apretar el timbre de mi puerta.

—El señor Balciscueta quiere verle. Dese prisa, ya sabe cómo es el jefe.

—Dígale que ahora mismo estoy en su despacho.

—Yo que usted en vez de enviar recado alguno, bajaría.

No digo nada más. Me pongo la chaqueta y salgo inmediatamente. Mientras cierro la puerta de mi apartamento, la muchacha rubia ya está llamando al ascensor. No me gustan las prisas. Mi madre solía decir, «vísteme despacio que tengo prisa», y tenía razón, las prisas no son buenas compañeras. El ascensor más que bajar parece caer como una plomada mientras la muchacha insiste con el dedo contra el botón del segundo piso, la Planta Noble. «¡No sé qué tiene de noble ser director de este rotativo!». La joven rubia huele a rosas, tiene unas piernas largas y un dedo impertinente; no deja de apretar cualquier botón que esté a su alcance.

Me sorprendo al ver la Planta Noble. Hay buganvillas con sus flores de campanita adornando los rincones, el suelo parece alfombrado por suave hierba, hay arbustos, plantas, hasta mariposas que adornan el lugar. Es la primavera. En esa planta siempre es primavera. Solo falta el cielo azul y la sonrisa del sol. Huele a campo. Sonrío a un viento que no lo hay, pero lo veo, aunque no lo noto. Debe haber: arañas, escarabajos y algún grillo que no calla entre la espesura. Una música acompaña nuestro trayecto que acaba enseguida. La muchacha del dedo insistente camina como un «fórmula uno».   

Desconozco cuál es el despacho del director, pero me extraña que su puerta sea metálica y que la nerviosa rubia que me acompaña no llame antes de empujar con fuerza semejante portón. Tras él no se ve un despacho, sino una amplía estancia hecha de hormigón. Tiene una mesa redonda en el centro. Sobre ella hay una computadora. Varias sillas se reparten por la sala con cierto desorden. La espesura se queda sola en el pasillo y los cantos del ruiseñor son sustituidos por ruidos mecánicos producidos por un sinfín de herramientas, cables y procesadores. Hay tres personas moviendo brazos mecánicos, ensartando circuitos integrados en cabezas metálicas y mirando una pantalla de luz de neón. Uno de ellos me invita para que me siente en un sillón estomatológico; si no lo es, bien que lo parece. Me acomodo en el extraño asiento y me relajo un poco. La música de la primavera llama a la puerta, pero el silencio de la técnica no la deja pasar. Aquel que andaba de un lado a otro con brazos mecánicos, se acerca y ata los míos a los del sillón mientras musita a mis oídos:

—Tú tranquilo, enseguida terminamos.

—¿Por qué me atas?

Pero allí nadie responde. Me siento ninguneado como nunca antes me había sentido. Vuelvo a preguntar en voz alta, casi gritando:

—¿Por qué me atáis?

Ellos siguen con sus quehaceres como si nadie hubiera dicho nada. Sé que me oyen, pero me ignoran. Me pongo nervioso y fuerzo las amarras. Entonces entra el señor Balciscueta; ve que estoy atado al metálico sillón pero no me hace caso, como si yo no existiera. «¡Señor Balciscueta!», grito con voz de socorro. Pero mi jefe de redacción, sin mirarme siquiera a la cara, ordena a los tres empleados que estaban allí:

—Daros prisa, El Correo Matutino ha sacado en primera plana una foto del atentado con el titular en letras grandes «¡Estos hijos de puta no tienen perdón de Dios!». Ha sido todo un triunfo —después, volviéndose hacia mí continúa—. La ñoña retórica que antes fue un éxito, ya no vende.

 Veo que sus ojos me miran sin verme. Son dos cuevas profundas, oscuras y vacías; completamente huecas. Uno de los empleados me arranca el pantalón a tiras y comienza a quitarme una pierna.

—¿Qué haces?— grito de tal forma que el jefe de redacción viene hacia mí. Me toca en la nuca, no sé qué me hace, pero a partir de ese momento ya no soy capaz de emitir sonido alguno. Me ignoran, como si yo no estuviera allí. Siguen desarmando mis miembros. «¡No soy una máquina!», grito para mí. El mundo exterior ya no me oye. Me siento pequeño…, muy pequeño. No puedo llorar, no sé por qué, pero mi corazón late a gritos y mis ojos miran ajenos al mundo que les rodea.

«¿No sirvo? No sirvo. ¿Soy una máquina? Lloro por dentro. ¿Por qué no me miráis, hombres sin alma? Aún hay luz. Puedo ver las estrellas. ¡Madre! ¿Dónde estás? Mi corazón es mejor que el que pulsa vuestras venas. ¡Dejadme dormir!. Trotacalles sin alma. Huelo la primavera. No siento nada… ¿Qué me habéis hecho?».

©F. Urien

El río


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El río

Las patrias son ríos,

gélidos ríos de agua que bajan con música de cascabel.

Las flores, en sus riberas, curvan los tallos.

La corriente no es capaz de arrastrar sus colores

que brillan,

brillan entre reflejos de estrellas

al compás del tintineo del agua

según baja el torrente.

Los árboles inclinan sus ramas.

Sufren las hojas,

sufren

por no poder alcanzar el manantial.

El viento salpica el frescor del frío truhán cascabelero

que, con su alarido,

reclama las miradas del cielo.

Se sonrojan las estrellas de envidia

al ver inclinarse el vergel ante tantos destellos.

Piensan que son luceros

que han huido del oscuro firmamento.

Atrapa el alma del poeta

y las miradas del caminante ajeno

que, embrujado por la música de las lamias,

se deja llevar por la corriente…

como la hojarasca,

a la deriva entre cascabeles mudos,

aromas de flores,

hojas silvestres y ramas secas.

Entre empellones de duras piedras,

guijarros afilados…

El agua, fría y distante,

arrastra sus almas

hasta ahogarlas

en el fondo del río.

©F. Urien

La mujer de Lot


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La mujer de Lot

 

El personaje bíblico, de la mujer de Lot, llama la atención sobre todo, por el hecho de haberse convertido en estatua de sal; castigo que recibió por curiosa, por no haber hecho caso del mandato divino. Sin embargo, ese trato que recibe la mujer en las Escrituras, tiene una respuesta por parte de la poeta rusa Anna Ajmátova, que al dedicarle un poema se pregunta: «¿Y a esa mujer nadie la llorará?». Sería Wislaba Szymbosrska quien se rebele con fuerza, ante el injusto trato, cuando en su poema manifiesta: «Para no mirar más la nuca justa / de mi marido, Lot». También Mario Benedetti escribió unos versos a ese personaje bíblico. Aunque falto de rebeldía, no deja de ser un homenaje la mujer que recibió un castigo sin sentido.

Salvando las distancias, dejo mi pequeño homenaje a esa desdichada mujer.

 

La mujer de Lot

Corrías desesperada hacia la cima,

huías de la ciudad donde naciste.

Lot  arrancaba la tierra a su paso;

tú tenías el corazón amarrado

a la gente que dejabas atrás.

—-

El ruido y  los gritos dañaban tu oído.

¡Rugía el firmamento, clamaba el suelo!

Ardiente, tu mundo se deshacía.

Un atisbo de amor en el recuerdo

te hizo volver la mirada hacia atrás:

las estrellas callaron el silencio,

mas la tierra no dejaba de gritar…

Pedían compasión,

mientras quebraban al débil su cuerpo.

Pedían justicia,

mientras procuraban el privilegio.

Pedía libertad,

mientras amordazaban al más débil.

Pedían silencio,

con fuertes bramidos de lenguaraz.

Pedían igualdad,

Desterrando con saña al extranjero.

Pedían amor,

mientras detestaban al diferente.

Pedían paz,

mientras nutrían lides en suelo ajeno

Pedía respeto,

mientras despreciaban al indigente.

Tus ojos no dejaron de mirar,

no pudiste volver de nuevo el rostro.

Tu corazón quebró en mil pedazos

hasta hacerse arena…

Arena de sal de un mar de duelo.

 

©F.Urien