Dioses perdidos


 

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Dioses perdidos

 

Se hicieron sofisticadas máquinas capaces

de matar.

La vida colgando de un fino hilo matemático.

Teclados dibujando destinos.

Gobernó la ciencia

con ensoñaciones ilusorias:

paseo turístico entre galaxias.

¡Viviremos trescientos,

Trescientos,

trescientos años!,

¡eternamente…!

 

Mas vino la tormenta

en forma de extrañas nubes grises.

Se apagó la luz;

llovió de forma tan copiosa…

un verdadero torrente.

Se fueron disolviendo aquellas manchas de colores que habíamos dibujado.

Nos asustó tanto el rostro sin mácula

que escondimos nuestro ser,

dioses huyendo de la naturaleza,

y volvimos a ser humanos.

©F. Urien

 

 

Huida desafortunada


man holding plastic bag with coat
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Huida desafortunada

Caminaba lentamente, paso a paso; daba la sensación de que iba a caer en cada uno de sus movimientos. Tenía el pelo lacio, un poco largo por detrás, despeinado y de un color negro grasiento; su rostro era cándido y en él se marcaban claramente los huesos; sus brazos, delgados y blanquecinos, se escondían tras las mangas de una chaqueta deshilachada por los bordes; no quería mostrar las perforaciones que tenía ahí, donde mejor se le veían las venas. No era bien recibido en ningún lado, ni siquiera en la misma casa donde nació. Arrastraba su sombra como quien arrastra un desperdicio que se ha pegado en la suela del zapato y no lo puede arrancar. La luz del día le acusaba y la noche le detestaba. Solo, no solo solo, sino solo y despreciado por todo el mundo, hasta por él mismo que no veía valor alguno es ese trozo de pellejo sobre su esqueleto andante. Cualquier cosa era mejor que él, hasta las ratas que, al fin y al cabo, eran vecinas de la noche, tenían lúgubres compañías que, aunque sombrías, hacían que no se sintieran solas.

Cuando se sentaba en el borde de alguna escalera, enseguida le acusaban de estorbo y llamaban a la policía para que lo echasen. Sentía que la misma basura que desprendía pésimos olores, era mejor recibida que él; pues el desperdicio tenía un lugar donde residir, un sitio donde poder estar sin que nadie se quejase por ello. Pero él no, rebotaba expulsado de un lado para otro como una bola de «pinball» con un jugador agresivo. El mundo era demasiado grande para él, demasiado mejor que él, demasiado cruel; así lo sentía, cruel, hasta su ser era cruel consigo mismo. Pero era incapaz de odiar todo ese arco de luces que le rodeaba; más bien, lo admiraba y si había alguien a quien debía odiar era a sí mismo, por incapaz e inútil del todo.

Hacia sol y caminaba arrastrándose por la calle de la misma forma que arrastraba su sombra. Nadie le hacía caso, cualquier cosa era más importante para tener que fijarse en él. Tenía hambre; bueno, ganas de comer, y no sabía como lograr el dichoso alimento. Se sentó en una esquina y extendió la mano. La visión que tenía del mundo era, sobre todo, la de los zapatos, la de las suelas que manchadas de barro terminan pisándolo todo. Luego miraba a los transeúntes desde abajo hacia arriba; los veía como gigantes que pasaban junto a él, casi pisándole, pero que no les preocupaba la existencia de su persona; así se sentía: pequeño, inútil, despreciado y despreciable; así se veía y así veía a todos los demás: superiores, inmensamente superiores a él. Dejó la chaqueta extendida sobre el suelo esperando que cayera alguna moneda, el gas de los tubos de escape de los coches acompañaban su desconsuelo y el tiempo de espera aletargaba su cuerpo y bajaba sus pestañas como pesadas persianas imposibles de subir.

Se levantó para no quedar dormido. Entonces, una mujer mayor que daba unos pasos tan inseguros como los de él, pasó a su lado. Llevaba colgando de la mano un pequeño bolso y sobre los hombros un chaquetón rojo que la cubría casi entera. No lo pensó dos veces, caminó por un momento a su lado y tiró del bolso arrancándoselo de la mano. Hecho a correr torpemente, de la mejor forma en que lo podía hacer el escuálido muchacho. La mujer comenzó a gritar «¡socorro, auxilio, al ladrón, al ladrón!» El huido no podía creer la fuerza que tenía esa señora, tan mayor, en su garganta. Ni los gallos al amanecer lanzaban semejantes gritos. Todo el mundo volvió la mirada hacia él. Tenía la sensación de que sus piernas eran pasadas y torpes, incapaces de dar pasos lo suficientemente rápidos como para distanciarse del lugar, la gente le miraba y él casi caía al suelo tropezándose con sus propios pies. Los gritos de la señora le seguían y alcanzaban con suma facilidad.

Apareció un joven de anchas espaldas y fornidos brazos esculpidos en algún gimnasio de la Gran Avenida. Usaba un chándal azul brillante, visible desde cualquier rincón de la calle, era un muchacho alto y echado pa’lante.  Comenzó a correr tras el liviano ladrón. No le pesaban los pies, ni le costaba moverlos rápidamente, no se tropezaba con sus zapatos y parecía que volaba, pues apenas dio dos pasos y alcanzó al esquilmado carterista. No preguntó nada, apenas se acercó a él y estiró el brazo con el puño cerrado golpeando la cabeza del huido de tal forma que despegó, entonces sí, los pies del suelo, el cuerpo entero del escuálido golpeó contra una pared y rebotó como una pelota de pin pon, para terminar cayendo al suelo como una plomada. Allí se quedó, inmóvil y con el bolso bajo el brazo. El hercúleo joven agarró el bolso con una mano y lo arranco del brazo del pringado con tal violencia que volteo su cuerpo, que permaneció inmóvil aún después de semejante sacudida. Sin mirar al caído, el atleta entregó sonriente el trofeo a su dueña. Todo se le quedaron mirando; él sacó pecho y levantó su barbilla, orgulloso de lo que había hecho. Después se marchó y la gente, aunque miraba de reojo el escuálido cuerpo que yacía inmóvil, también fue tomando las de Villadiego. Solo un señor de pelo cano, se aproximó al cuerpo yaciente y al ver que no se movía le tomó el pulso agarrando la muñeca de una de sus manos. Después, viendo que sus palpitaciones habían huido por el golpe, llamó a una ambulancia. Cuando llegaron los sanitarios dieron al «calavera» por muerto. La policía preguntó que había pasado y dónde estaba el verdugo de semejante asesinato. La gente decía que el cadáver era de un ladrón y que el joven que rescató el botín tenía buena presencia y era hombre de bien.

El fornido y atlético joven se presento a la policía junto a su padre y un ilustre letrado. Después de leer la acusación el abogado tomó a bien llegar a un acuerdo con la familia del desgraciado. Hubo un político que defendió su acto como heroico y criticó la pena solicitada. Mas la familia del recio muchacho rechazó la publicidad y se dio a la negociación con la madre del pringado. La señora, madre del difunto, hizo un lloro forzoso al enterarse de la desgracia, mas, entró al regateo, pues vio tajada en la cuita y pronto llegó a un acuerdo. Ciento cincuenta mil euros le pagaron y allí no pasó nada. La señora apenas conocía al muerto, aunque fuera su hijo, ya que hacía tiempo que no lo veía, ni quería verlo; al fin y al cabo, rentabilizó bien el desquite de un desgraciado.

©F.Urien

Volverán


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Volverán

Caen las estrellas de marzo.

Las aguas bajan turbias

y el frío viento del norte

quiebra la tierra, quiebra los campos

del horizonte

llega el olor de las flores

alejadas por el frío blanco

solo nos dejan asomar a las ventanas

guardando en casa los rojos pétalos.

El miedo cubre se cubre de excusas

encerrándonos en frío témpano.

Se pierden los besos, el abrazo,

los susurros y el aliento cercano.

Pero la luz alumbrará el agro

y deshará con su calor

el transparente espacio escarchado;

reverdecerá, la pasión y la pradera,

levantando las mustias flores

otra vez de las aves sus cantos.

El sol acariciará la piel,

las amapolas tensarán sus tallos

deseando tocar las estrellas.

Y otra vez, en el mes de mayo,

renacerá la primavera

cargada de besos, susurros y abrazos.

Lobo feroz


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Lobo feroz

 

Y ¿si el lobo feroz fue el zaherido

Y la tormenta carecía de culpa?,

¿si el sayón del engaño fue la luz

y la daga una mirada inocente?

¿Si la sangre del pecador es blanca,

si el suave destino no es cándido

y el castigo de la historia un engaño

que censura al canino por ser fuerte?

Sí, se oyen los tambores de tormenta

truenos tan ruidosos como mansos

viento y alas que entre gotas vuelan

cuando el ruido no es más que el tierno centro

donde el rayo estrella su luz eléctrica…

triste antorcha roedora de desechos.

©F. Urien

LOCURA


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LOCURA

Aquella noche de oscura luna

cuando los barcos abrazaban el silencio del mar para dormir

y las olas escondían su cresta,

aquella noche

las sombras del cielo cayeron desoladoras y frías.

Aquella noche…

a través de la ventana de la habitación de una clínica

el silenció se acercó a la cama

donde una madre paría su dolor.

Guijarros de cuarzo chirriaban en el cristal,

las hojas secas caían sobre el inquieto lecho.

Gritaba la garganta con esfuerzos imposibles…

La luna cambió de rostro y estiró su fino rayo de luz

que traspasó la ventana

y penetró por la desolada boca.

La mar de altas olas y espuma seca, se revolvía.

La doctora gritó ¡ya está!

Y la tempestad, de redondas hendiduras,

dejó oír un llanto…

¡Es una niña!

Violentos y atragantados volvieron los gritos,

la tormenta rehízo su amalgama,

la noche cubierta de cucarachas muertas

quebró su silencio

y ardieron llamas sin fuego.

Cristales rotos se revolvían en la garganta de una madre

que dudaba de ese rayo de luz

que unas manos de porcelana a su pecho ofrecían.

¡No puede ser! ¡No puede ser, por Dios!

¡Yo no tengo molde de mujer!

Y sus brazos rechazaron el tranquilo y frágil sollozo de la niña.

El silencio se rehízo entre eslabones de sombras

helando las mantas sobre la mujer encogida.

La maleza arrancaba la fina piel; carámbanos clavados

a los pies del lecho.

Dos cuervos entraron por la ventana,

volaron en círculo sobre el blando camastro,

se posaron en los sueños

como dos demonios de ébano.

En el horizonte, un rayo de luz

a las lentas agujas del reloj

quería traer el alba.

El cristal dobló su transparencia…,

el frío viento adentró, a través de las rendijas, 

sus largas uñas puntiagudas y afiladas.

Volvió el sollozo envuelto entre sábanas blancas.

No ves qué hermosa es,

envidian las estrellas el brillo de su cara.

El distante y nervioso cuerpo se revolvió en la cama.

Aún ardía…,

las espinas del campo rasgaban el tierno muslo

de una niña descalza.

Ha sido el diablo, oscura nube que el entrecejo guarda,

quien entre mis piernas ha escondido una niña

arrebatando el niño que yo esperaba.

Huele a huevos podridos, a aguas estancadas,

una nube negra cubre el olvido, la lluvia seca en el aire danza.

¿De qué diablo hablas? ¡Es tu hija!

Y volvió a dejar que el pequeño sollozo se marchara.

La astilla de un tronco podrido cruza el sueño de la mujer

hasta que el sueño sangra.

Tiembla el corazón de la tierra,

el suelo quiebra,

se tambalea la cama.

Ya no vuelan las golondrinas, ni los ruiseñores cantan,

los riachuelos caen 

turbios a la ciénaga.

El Sol tiñe de rojo el cielo mientras las sombras se resisten

a dejar libre el cuarto donde se agita la mujer.

Ratas arrastrándose entre deshechos de basura

ratas que muerden y desgarran las penas con saña

ratas entre comida deshecha y olor de agua estanca

ratas que trastocan esperanzas

ratas  a quienes no les importa cuánto el sueño sangra.

Mas, bajo el lecho del alma atormentada ha prendido una chispa,

la chispa ha encendido una llama…

Entre las zarzas se oye el canto de un cascabel,

un rayo de luz acaricia la almohada,

Entre sábanas bordadas y pañales blancos

se acerca otra vez la niña.

El silencio del cuarto por paredes y techo se arrastra…

Ya no llora.

La madre, inmóvil y tiesa como una estatua, espera en la cama.

El canto de un ruiseñor traspasa los cristales y saluda al alba.

La sombra del bebé con la de su madre forman una sola sombra, larga, larga;

y besan sus labios el pecho que por ofrecerse desborda de ganas.

Llueven lágrimas bailarinas.

La habitación se llena de color.

Sobre un hilo de música en el aire

el brillo azul de una estrella de cristal danza.

La pequeña mano toma el pecho que sin querer a la niña amanta.

Entra el sol.

Los latidos se acompasan,

atempera la habitación.

Ya no están los cuervos, ni las aguas podridas, ni las ratas…

Solo calor de hogar,

olor a hogaza de pan recién hecho.

Una brisa de crisantemos alumbra el cuarto e ilumina

la sonrisa de una madre

húmeda de lágrimas blancas.

©F. Urien

123NH


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123NH

Hoy he donado un riñón. Me han dicho que puedo seguir viviendo perfectamente con el otro que tengo. Debo alimentarme bien y recuperarme cuanto antes.

Soy importante, muy importante. Gracias a ese órgano alguien ha vencido a la muerte. Me gusta pensar que una parte de mi sigue viva y, probablemente, lo seguirá aunque yo muera. Me llama la atención los beneficiarios de mi dicha. Imagino su rostro de felicidad al saber que seguirán vivos. No sé si son conscientes de su labor en este mundo, más aún, siento que su importancia es mínima, comparado con la mía. Sí, porque sé que seguirán viviendo gracias a mi riñón, de otra forma, si yo no existiera él no hubiera podido sobrevivir.

Así me educaron: la importancia reside, sobre todo, en el hecho de ser imprescindible. Yo soy de esos; otros me necesitan para sobrevivir. Nunca podría soportar el hecho de que se pudiese ver en mi corazón cualquier atisbo de egoísmo. Este no da vida, mas bien acaba con ella.

¿No es, acaso, hermoso, sublime y humano; despedazar mi cuerpo para que otros, hombres o mujeres que ni siquiera conozco, sobrevivan? Puedo imaginarme sus rostros al despertar, después de haber recibido el órgano que ha de sustituir al suyo, ya mustio, sin vida.

Sin embargo, al entrar en la farmacia y solicitar los antibióticos que el doctor me ha recetado para evitar infecciones; un señora me ha mirado de arriba abajo, con cierto desprecio, como preguntándose qué es lo que hacía yo allí, en su farmacia, tan cerca de su persona.

¿Es que mi dedicación no es honesta?, ¿no es humana?, ¿no es, acaso, una muestra de filantropía digna de agradecimiento? Entonces, ¿por qué a nosotros, quienes ofrecemos nuestra vida de forma tan gratuita, nos menosprecia la gente?

Cuando me acerqué a ella preguntando por las razones que le llevaban a mostrar esa acidez por mi persona, respondió que yo no era persona. ¿Qué es una persona entonces? Tengo una cabeza con dos ojos, una boca, dos orejas; y un poco de pelo rizado y rubio que la cubre; tengo dos manos, dos pies…, sonrío cuando soy feliz y lloro cuando la tristeza me domina.

Sin embargo, por muchas explicaciones y razonamientos que le daba, ella no dejaba de mirarme con desprecio; me estaba humillando delante de los demás. Pero ellos, los demás, no se preocupaban del trato que estaba recibiendo. No me escucharon cuando les dije que estaba donando mi cuerpo para que otros vivan. Alguno hasta sonrió de forma burlona.

Miré a cada uno de quienes allí se hallaba. Mis ojos suplicaban apoyo y mis labios temblaban necesitados de ánimos. Mas la señora, mirándome de soslayo, respondió con su inmutable crueldad: «tú no tienes alma».

El empleado me dio la caja de antibióticos y un muchacho abrió la puerta para que saliera. Ese día chispeaba un poco, pero no me importó mojarme. ¿Qué es el alma? ¿Cuál es el rasgo más humano de un hombre?

La señorita Ramírez siempre se hacía un moño con su pelo; era delgada y muy tierna. Recuerdo cuando el 758HL, un niño que tenía cuatro años, corrió hacia ella llorando porque el 332LM, un poco mayor que él, le había dicho que si no le dejaba la pelota iba a sacarle un ojo. ¡Sacar un ojo…! La señorita Ramírez le dijo que nadie le iba a sacar un ojo, que era una tontería. Entonces las cejas de la señorita Ramírez cayeron por los extremos, como si un halo de tristeza las secuestrase.

A la señorita Ramírez, también se le cayeron las cejas por los extremos cuando nos explicó lo imprescindibles que íbamos a ser de mayores. Nunca he entendido bien por qué. Cuando le decíamos que tenía unos ojos bonitos, ella nos contestaba que en esos ojos verdes había un fondo oscuro. Muchas veces, cuando me hablaba, le miraba a los ojos buscando ese extraño y oscuro fondo.

Sí, nos lo explicaron muy bien cuando cumplimos los catorce años. Nosotros no somos como los demás; no tenemos padre ni madre, no tenemos familia. Solo somos una célula modificada genéticamente y desarrollada en un laboratorio. No hemos nacido, ni siquiera nos han puesto nombre. Yo soy el 123NH, sin apellido de padre, porque no lo he tenido, ni de madre, por el mismo motivo. Cuando me lo dijeron se me calló el bolígrafo al suelo y la profesora me puso apoyo psicológico. Fue la señorita Ramírez, quien me hizo ver lo importante que iba a ser cuando fuera adulto.

Ahora ya soy adulto y me siento importante. Sin embargo, no entiendo muy bien los principios de humanidad. ¿No soy yo, 123NH, con el ofrecimiento de mi propia vida para los demás, un ejemplo de humanidad? ¿Por qué dicen, entonces, que no tengo alma? O ¿es que el alma es la parte más inhumana del género humano? me menosprecian, como si fuera menos humano que cualquiera de ellos, como si no tuviera dignidad. ¿No es, acaso, esa una actitud inhumana y desalmada?

Me han vuelto a llamar del hospital. Aún no he acabado la caja de antibióticos. Necesitan un ojo sano. Voy a donar el mío, al fin y al cabo, con un solo ojo también se ve. Me miro al espejo y me tapo el ojo derecho: sí, con un solo ojo también se ve.

©F. Urien

Despedida


 

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Despedida

 

En el hueco de mi pecho ha estallado un bomba,

el templo cae piedra a piedra, el cristal roto rasga la pizarra.

¡Chirría!, ¡chirría!, ¡chirría!, ¡chirría!

Hoy llora el lobo de mi garganta, y la luna ni se inmuta.

El pasado, que tanto me costó construir, se me va de las manos.

Me gustaba el ruiseñor de tu mirada, hoy ya muda.

Una brasa incandescente arde en mis entrañas.

Truenan las palabras en el cielo, mientras la zarza rasga la suave seda.

¿Cómo será mi futuro, si el ayer reventó en un disparo?

Me gustaría oírte otra vez;

nenúfar de tempestades, hoja que el viento arranca;

aunque el susurro solo fuera una mentira

y tu aliento una llama apagada.

©F. Urien

Una rosa


Una rosa

 

El desprecio despertó su mirada al verme,

le entregué una rosa con los pétalos dormidos, lejos de aquella que un día fue.

Ardía tanto que ni la tocó.

Esa noche la alcoba se había ausentado y el silencio mantuvo el suspense.

Su iris escondía sombras de desdeño.

 

Llovía en Bilbao ese sirimiri copioso de volátiles y diminutas gotas

que convierten en mar tu ropa, y en coral tu cuerpo.

Se me olvidó el paraguas,

¡Qué más da!

 

Cayó la corbata de los cuellos señoriales,

prenda a la que mi etiqueta renunció

hasta en las ceremonias más trascendentes.

Se ve importante,

se ve importante,

se ve importante con ese aderezo;

¡tiene caché!

 

Se escandalizaron al verme en mangas de camisa,

hasta el cielo se ofendió y cargó el horizonte de nubarrones.

Aquél día llovió un sirimiri calamitoso.

Lloraron las sedas de los vestidos y los orgullosos peinados se desmoronaron.

Se manchó de barro el tul, ¡Qué desgracia!

 

Antes los hombres perdían su lengua en los bares

entre brumosas conversaciones de “txikiteo”,

las tabernas del barrio recorrían los inseguros pasos de las cuadrillas.

 

Ella no se quedó en casa ¡faltaba más!

Trasnochó las sombras mientras jugaba…

¡Quién lo iba a decir!

 

Cayó la rosa al suelo y los labios se pintaron de rojo.

Su mirada se perdió en el infinito del espejo.

Salí del cuarto y cerré la puerta lentamente.

El silencio conservó su domino en toda la casa.

© F.Urien

Noche de Navidad


 

 

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Noche de Navidad

 

A Ernesto Enciso Albiol le gusta la Navidad. Su casa se llena de luces que parpadean mientras dibujan pensamientos en el aire, los paquetes de colores danzan de un lado a otro, se oyen villancicos cuyas letras sus labios repiten sin querer, hay olor a pan de hogaza, se escucha el sonido del turrón y los abrazos se reparten como si no costara nada. Todos se felicitan por no sé qué, pero sonríen los labios mucho más a menudo de lo que acostumbran.  Muchas miradas parecen volver a encontrarse después de tiempo ausentes. En Navidad se oye el  ruido del dinero y los niños corren al son del cascabel del reno. Los sueños parecen ocupar todas las estancias a todas horas. Las penas caen como pompas de jabón, lentamente, hasta llegar al suelo, donde explotan mudas y desaparecen. Se adornan las paredes con brillos de colores y el Arco Iris luce su luz sobre todo por la noche. Las estrellas bajan del cielo y vagan incandescentes por las calles de Bilbao, sosiegan el aire que rodea la inocencia con una melodía que apenas se oye, pero que todos tararean sin querer.

Ernesto, en la noche de Reyes, siempre pone los zapatos en la ventana, casi al aire libre, para que “Sus Majestades” los vean y no pasen de largo. Su carta de deseos no es larga: solo un abrazo. La escribió con  tinta azul en un pape liviano. Una ráfaga de viento la hizo volar, aún se mantiene en el aire como una paloma que recorre la ciudad.

Lo que menos le gusta de esos días es el frío. Aunque Bilbao es una ciudad donde raramente nieva; si llueve. El agua, en invierno, se cuela hasta los más escondidos rincones mojando las ilusiones olvidadas. Su persistencia empapa y penetra en esa hogaza de pan que pierde su olor y textura. Cuando el viento frío del norte empuja a la lluvia con fuerza; entonces las gotas parecen afilados carámbanos que penetran a través de los cartones que cubren su cuerpo agitando sus sueños y no dejándole dormir.

©F. Urien

CANTOR


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Cantor

Siempre tuvo buen canto

sus cuerdas no eran vocales

sino una orquesta

de flautas, trompetas, violines y tambores en compás.

Si la música fuera líquida

y formara un río de gran caudal,

donde el pentagrama bajase en cascada

rompiendo las notas entre saltos, rocas, peñascos y demás;

él repetiría sus glosa,

y aunque la tesitura fuese de tenor, barítono o soprano;

la liquidez de sus cuerdas sería capaz de cantarlo

superando al trueno en su ruido,

a las olas en su ritmo,

a la noche en su silencio,

al otoño en su marchitar.

Y no el cristal

sino el acero más duro,

con su agudo tono vibrante

la voz doblaría

su orgullo, su brillo, su filo y sus ganas de luchar.

Y soñarían los pájaros

con los trinos de su aliento

y el viento frío del norte

con sus labios al silbar.

©F. Urien

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