Barcelona


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Barcelona

 

Barcelona es un ciudad bonita, siempre que he ido he caminado por sus ramblas, ¿quién no? Siento lo que esta tarde ha sucedido allí. Espero que nunca más nadie se vea atrapado por ese odio que ha provocado tanto daño. Estamos con Barcelona.

¡Visca Barcelona!

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Es la guerra


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Robert Capa

 

Es la gerra

Me quité el fino jersey abierto que llevaba y lo até a la cintura, la humedad de mi cuerpo me sofocaba. Por las calles había pocos coches, todavía se veía alguna que otra tanqueta circulando. El silencio era común entre los transeúntes. Alguna que otra mirada de soslayo, con muchos temores, se cruzaba entre nosotros. Caminábamos cada uno por nuestro lado. Al entrar en la Gran Vía, vi una bandera nacional cubriendo prácticamente por completo la balconada del Palacio de la Diputación de Vizcaya. Antes ahí estaba la ikurriña y nuestra enseña republicana. Ahora esa, la traidora, casi llega hasta el suelo…

Alguien me tomó con fuerza del brazo y me arrastró hacia él. Me resistí como pude pero sus dedos penetraban en mi brazo hasta el húmero.

—Has mirado, con malos ojos, la bandera.

Era un hombre alto y delgado, con una incipiente barba negra que contrastaba con la palidez de su rostro. Su mirada me asustaba, mostraba un desprecio absoluto hacia mi persona.

—¡No he hecho nada! ¡Suélteme!

Intenté liberarme, pero me hacía daño en el brazo. Me llevaba contra mi voluntad. El miedo, como una descarga eléctrica, atravesó mi cuerpo e hizo que me tambalease hasta caer al suelo. Me  arrastró como si fuera un saco de patatas. Noté cómo se entumecían mis huesos. El corazón aceleró su pulso golpeándome el pecho. Comencé a temblar, no pude evitarlo. El entorno se nubló entre movimientos espasmódicos. Golpeé la acera con los pies. Alguien le ordenó que me dejara en paz. Al liberarme, caí de cuerpo entero. Noté el calor de las baldosas a través de la ropa. Mi cabeza, incontrolada, golpeaba la dura acera. Perdí el control de mi ser. El cielo y la tierra se mezclaban con los colores de una bandera que era símbolo del enemigo que mi padre combatía. Noté que me sujetaban la cabeza y levantaban del suelo.

—Tranquilízate, todo ha pasado, tranquilízate.

Sus brazos me retenían contra su pecho mientras me sujetaba la cabeza con una mano. Los ojos verdes adornaban su tez morena y tersa. Sus labios estaban cerca de mi rostro mientras susurraba en voz baja para que me tranquilizase. Su mirada era tierna. Mi cuerpo fue calmando los nervios. Su pelo era corto y de color castaño claro. Sus dientes blancos. Noté el pulso de su corazón contra mi pecho. Su uniforme… Era un sargento del Ejército Nacional. Un traidor a la República. Volví la mirada a su rostro mientras empujaba con las manos contra sus hombros para que soltara. Me dejó con delicadeza en el suelo mientras la sonrisa de sus labios iba desapareciendo. Al separarme de él noté el frío de la distancia.

—¿Eres republicana?

No dije nada, bajé la vista y retrocedí. Entonces él se acercó y pasó su mano derecha por debajo del mentón, levantándome suavemente la cabeza hasta que mi mirada se cruzó con la suya.

—Eres republicana. —afirmó con rotundidad.

Retiré su mano de mi rostro y mantuve la mirada frente a sus ojos. Permanecí tiesa, desafiante frente a un soldado del ejército enemigo. El viento caliente cruzó nuestras retinas enfrentadas y movió la bandera haciéndola ondear hasta que su sombra tapó la mía. No sé cuánto tiempo duró mi imprudente desafío. Se volvió, mientras me decía en voz baja como antes lo había hecho:

—No me culpes, ni yo tengo nada porque culparte. Es la guerra que nos arrastra y nos enfrenta. No me hables de tus dolos y yo callaré los míos. Es la guerra…, la culpable es la guerra. Después, se volvió y me miró serio mientras se alejaba por la Gran vía de Bilbao.

Es la guerra” me dije a mí misma mientras recordaba el movimiento de sus labios y su verde mirada. “Es la guerra… ¡Vosotros la habéis traído!”.  “Es la guerra… ¿Por qué?, si ya teníamos la paz”. Recordé sus brazos, sus pechos, su tez morena, su tierno mirar. Me volví para verle otra vez, para retener su figura en mi memoria. “Es la guerra…” Entonces él se volvió y me sonrió. Temblaba el viento en la distancia. “Es la guerra…” Pero yo no podía ver ni a mi padre ni a mi hermano. “No, vosotros sois los traidores”. Y volví a mirar su figura que se perdía en la distancia.

©F. Urien

 

ZORIONAK


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Zorionak

Hoy cumplo sesenta años.

Hace treinta tuve mi primer hijo,

treinta años antes, vi la luz por primera vez.

Dentro de treinta años…;

en verdad, treinta son muchos años.

©F. Urien

Una ola


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Una ola

Llevé mis pasos a la orilla del mar,

allí donde la arena toca el agua.

Mansa, una ola, como curioso retoño,

arrastró su espuma hasta tocar mi piel.

Luego se alejó,

para después regresar,

con su mansa transparencia,

a tocar la planta de mis pies.

Después escapó ligera,

de nuevo hacia el fondo del mar,

y regresó una y otra vez,

mimándome con su frío tacto.

Distraído alcé la vista,

al inmenso azul que con el azul se toca,

y escuché al asombro inquieto…

Porque el mar me adula

con su suaves sus murmullos.

¡Cómo grita al romper contra las rocas!

¡Cómo juega con las gaviotas!

¡Cómo asusta su fría mirada!

¡Cómo vuelven los recuerdos entre olor a salitre!

¡Cómo quiebra su desdén!

¡Cómo brilla,

cómo brilla en la noche el oscuro y revuelto cristal!

Entre tanto, la mansa ola ya cubría mis pies.

Tan graciosa la veía

que quise acariciarla;

mas ella huyó.

La seguí con mi mano extendida.

La ola retrocedía,

retrocedía,

retrocedía como nunca antes lo había hecho;

yo la seguía,

la seguía,

la seguía con inocente juego.

La seguí en su repliegue

por donde las conchas huían de mis pasos,

por donde los peces dejaron sus sombras;

entonces levantó, furiosa, su cresta de espuma

por encima de mis hombros

hasta hacerme caer.

Me revolvió con su húmedo baño,

deseando llevarme consigo

hasta las entrañas del frío cristal.

©F. Urien

Hojas en blanco


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Hojas en blanco

Acartonado y mudo papel,

libro blanco de mi sombra.

La tinta marca mis pasos

sobre el plano de tu ser.

los sueños juegan sueltos

entre el tintero y la pluma,

entre la pluma y el papel.

Mas mi pulso tiembla tanto…

que más que sueños

surgen sombras

y en vez de dibujar letras

mancho el cielo blanco

que me diste al nacer.

 

©F.Urien

2.227


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2.227

Hola… ¿Lo he logrado? ¿Estoy ahí, ya? Sí, parece que sí. A ver, creo que ya llega mi mensaje…

Buenos días, tardes, o lo que esté haciendo en este momento allá donde sean capaces de leerme:

Este mensaje lo envío desde el año 2.227. Sí, de un futuro que ustedes desconocen; pero, desde el que yo, Abel Mijangos, les estoy escribiendo. No me pregunten cómo puedo hacer esto, es decir, escribir desde el futuro; no lo sé. Lo cierto es que que el hombre de mi tiempo sabe menos que vosotros..,; bueno, según a lo que se considere qué es el saber, claro.

Los procesos informáticos están avanzando a una velocidad que nosotros, los hombres, desconocemos en absoluto. Desde que los procesadores cuánticos se aplicaron a la inteligencia artificial con capacidad para mejorarse; los hombres hemos perdido la iniciativa. Pero no es malo; el mundo cibernético está hecho para servirnos.

Es tal la información que el sistema tiene de nosotros, y su capacidad para procesarla, que las decisiones que vamos a tomar, nos vienen dadas antes de que nosotros actuemos. Son las mismas que nosotros deseamos realizar, solo que nuestros algoritmos son procesados a una velocidad superior a nuestras propias capacidades. Por ello, no sé si soy yo quien escribe este mensaje, o, si bien, está ya escrito para cuando deseo hacerlo. Esta es la razón por la que planteo que el hombre de hoy; es decir, el del año 2.227, es más torpe que vosotros.

Tampoco puedo explicaros cómo estoy enviando este mensaje. El tiempo, esa intuición pura por la han disertado tanto los filósofos, es una herramienta humana necesaria para articular nuestra realidad. Pero, desconozco cuál es la realidad de un ordenador cuántico de quinta generación que recibe estímulos, del mundo que nos rodea, a través de muchos más cuces que nuestros míseros cinco sentidos. Son esos procesadores los que nos facilitan este acercamiento.

Vivimos en un mundo sin problemas, donde la mente humana se ha relajado en exceso. Apenas necesitamos querer algo, para cuando ya lo hemos obtenido. No memorizamos, los datos nos vienen dados; ni necesitamos orientarnos; ni leer, ya que recibimos las palabras con antelación; ni escribir, como ya os he explicado antes. No tenemos necesidades: comemos a placer, reímos, nos enamorarnos, cantamos, tenemos hijos… Todo nos viene dado con extrema prontitud, hasta el sexo. Ya no sé si, esto último, es más una fantasía que provoca nuestra excitación, o una vivencia física.

Dudo de lo real y lo ficticio; nos llega todo con tal perfección que no somos capaces de diferenciarlo.

Tengo 234 años; no conozco el dolor, ni la muerte. No porque no haya muerto, sino porque las personas de mi entorno siempre han estado vivas. Por ello dudo de que nuestros hijos sean reales: tener una vida perpetua y seguir reproduciéndose, es un imposible. Pero mis dudas existencialistas son comunes a las de los humanos de antaño, como Segismundo, el personaje de Calderón de la Barca que temía que su vida fuera solo un sueño.

Como pueden ver; no soy yo quien escribe, ni quien lee, aunque todo se realice según mis deseos. Ni sé si existo, o si soy la réplica de una conciencia humana en un programa de Inteligencia Artificial sofisticado, o si más bien, soy el pobre personaje de un bloguero que no sabe cómo rellenar el pequeño espacio que tiene en la red. ¡Quién sabe!

©F. Urien

Sin rumbo


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Sin rumbo

Hoy hace frío,

las luces de las farolas

se reflejan en el pavimento.

No se oye a los pájaros trinar

ni las voces de los niños…;

solo el viento

y las gotas que el cielo escupe con rabia.

Me cuesta caminar a cara descubierta.

No veo…

no veo,

no veo el horizonte.

Los rígidos monstruos de cemento me miran.

Los oigo respirar,

los oigo respirar desde sus luminosos cristales

transparentes.

Sobre las aceras

los duros troncos

alzan sus garras de negra quima,

el aire grita

al notar las oscuras y desnudas zarpas

que quieren tocar el firmamento.

Me cuesta caminar contra el viento.

Hace frío.

El oscuro mundo descansa.

El silencio

acompaña a las gotas de agua sobre mi rostro,

la ceguera

a mis pies en constante movimiento.

©Fernando Urien.