Una ola


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Una ola

Llevé mis pasos a la orilla del mar,

allí donde la arena toca el agua.

Mansa, una ola, como curioso retoño,

arrastró su espuma hasta tocar mi piel.

Luego se alejó,

para después regresar,

con su mansa transparencia,

a tocar la planta de mis pies.

Después escapó ligera,

de nuevo hacia el fondo del mar,

y regresó una y otra vez,

mimándome con su frío tacto.

Distraído alcé la vista,

al inmenso azul que con el azul se toca,

y escuché al asombro inquieto…

Porque el mar me adula

con su suaves sus murmullos.

¡Cómo grita al romper contra las rocas!

¡Cómo juega con las gaviotas!

¡Cómo asusta su fría mirada!

¡Cómo vuelven los recuerdos entre olor a salitre!

¡Cómo quiebra su desdén!

¡Cómo brilla,

cómo brilla en la noche el oscuro y revuelto cristal!

Entre tanto, la mansa ola ya cubría mis pies.

Tan graciosa la veía

que quise acariciarla;

mas ella huyó.

La seguí con mi mano extendida.

La ola retrocedía,

retrocedía,

retrocedía como nunca antes lo había hecho;

yo la seguía,

la seguía,

la seguía con inocente juego.

La seguí en su repliegue

por donde las conchas huían de mis pasos,

por donde los peces dejaron sus sombras;

entonces levantó, furiosa, su cresta de espuma

por encima de mis hombros

hasta hacerme caer.

Me revolvió con su húmedo baño,

deseando llevarme consigo

hasta las entrañas del frío cristal.

©F. Urien

Hojas en blanco


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Hojas en blanco

Acartonado y mudo papel,

libro blanco de mi sombra.

La tinta marca mis pasos

sobre el plano de tu ser.

los sueños juegan sueltos

entre el tintero y la pluma,

entre la pluma y el papel.

Mas mi pulso tiembla tanto…

que más que sueños

surgen sombras

y en vez de dibujar letras

mancho el cielo blanco

que me diste al nacer.

 

©F.Urien

2.227


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2.227

Hola… ¿Lo he logrado? ¿Estoy ahí, ya? Sí, parece que sí. A ver, creo que ya llega mi mensaje…

Buenos días, tardes, o lo que esté haciendo en este momento allá donde sean capaces de leerme:

Este mensaje lo envío desde el año 2.227. Sí, de un futuro que ustedes desconocen; pero, desde el que yo, Abel Mijangos, les estoy escribiendo. No me pregunten cómo puedo hacer esto, es decir, escribir desde el futuro; no lo sé. Lo cierto es que que el hombre de mi tiempo sabe menos que vosotros..,; bueno, según a lo que se considere qué es el saber, claro.

Los procesos informáticos están avanzando a una velocidad que nosotros, los hombres, desconocemos en absoluto. Desde que los procesadores cuánticos se aplicaron a la inteligencia artificial con capacidad para mejorarse; los hombres hemos perdido la iniciativa. Pero no es malo; el mundo cibernético está hecho para servirnos.

Es tal la información que el sistema tiene de nosotros, y su capacidad para procesarla, que las decisiones que vamos a tomar, nos vienen dadas antes de que nosotros actuemos. Son las mismas que nosotros deseamos realizar, solo que nuestros algoritmos son procesados a una velocidad superior a nuestras propias capacidades. Por ello, no sé si soy yo quien escribe este mensaje, o, si bien, está ya escrito para cuando deseo hacerlo. Esta es la razón por la que planteo que el hombre de hoy; es decir, el del año 2.227, es más torpe que vosotros.

Tampoco puedo explicaros cómo estoy enviando este mensaje. El tiempo, esa intuición pura por la han disertado tanto los filósofos, es una herramienta humana necesaria para articular nuestra realidad. Pero, desconozco cuál es la realidad de un ordenador cuántico de quinta generación que recibe estímulos, del mundo que nos rodea, a través de muchos más cuces que nuestros míseros cinco sentidos. Son esos procesadores los que nos facilitan este acercamiento.

Vivimos en un mundo sin problemas, donde la mente humana se ha relajado en exceso. Apenas necesitamos querer algo, para cuando ya lo hemos obtenido. No memorizamos, los datos nos vienen dados; ni necesitamos orientarnos; ni leer, ya que recibimos las palabras con antelación; ni escribir, como ya os he explicado antes. No tenemos necesidades: comemos a placer, reímos, nos enamorarnos, cantamos, tenemos hijos… Todo nos viene dado con extrema prontitud, hasta el sexo. Ya no sé si, esto último, es más una fantasía que provoca nuestra excitación, o una vivencia física.

Dudo de lo real y lo ficticio; nos llega todo con tal perfección que no somos capaces de diferenciarlo.

Tengo 234 años; no conozco el dolor, ni la muerte. No porque no haya muerto, sino porque las personas de mi entorno siempre han estado vivas. Por ello dudo de que nuestros hijos sean reales: tener una vida perpetua y seguir reproduciéndose, es un imposible. Pero mis dudas existencialistas son comunes a las de los humanos de antaño, como Segismundo, el personaje de Calderón de la Barca que temía que su vida fuera solo un sueño.

Como pueden ver; no soy yo quien escribe, ni quien lee, aunque todo se realice según mis deseos. Ni sé si existo, o si soy la réplica de una conciencia humana en un programa de Inteligencia Artificial sofisticado, o si más bien, soy el pobre personaje de un bloguero que no sabe cómo rellenar el pequeño espacio que tiene en la red. ¡Quién sabe!

©F. Urien

Sin rumbo


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Sin rumbo

Hoy hace frío,

las luces de las farolas

se reflejan en el pavimento.

No se oye a los pájaros trinar

ni las voces de los niños…;

solo el viento

y las gotas que el cielo escupe con rabia.

Me cuesta caminar a cara descubierta.

No veo…

no veo,

no veo el horizonte.

Los rígidos monstruos de cemento me miran.

Los oigo respirar,

los oigo respirar desde sus luminosos cristales

transparentes.

Sobre las aceras

los duros troncos

alzan sus garras de negra quima,

el aire grita

al notar las oscuras y desnudas zarpas

que quieren tocar el firmamento.

Me cuesta caminar contra el viento.

Hace frío.

El oscuro mundo descansa.

El silencio

acompaña a las gotas de agua sobre mi rostro,

la ceguera

a mis pies en constante movimiento.

©Fernando Urien.

BREXIT 2.0


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BREXIT 2.0

Nunca he sido nacionalista, de ningún tipo: ni de las grandes naciones, ni de las pequeñas, ni de aquellos grupos étnicos que pretenden su independencia. Tanto unos como otros utilizan el mismo discurso. Me resulta contradictorio que la izquierda de un país los apoye, porque el nacionalismo fundamenta su doctrina en la diferencia; el socialismo en la igualdad. El enaltecimiento de la diferencia busca la humillación del ajeno; pretende que su distintivo sea el de ser superior.  Tolera con dificultad la crítica y allá, donde echa raíces, pretende la homogenización social.  En la campaña del “Brexit” la diputada Jo Cox (Contraria a la separación del Reino Unido de Europa) murió por el  ataque de un hombre que, al parecer, estaba vinculado al partido ultraderechista Britian First; los discursos exagerados y embravecidos traen esas consecuencias.

En el discurso sobre el “Brexit”,  Theresa May  pretende salir de la Unión Europea sin salir del mercado único. Busca los beneficios y ningunea los costes, a la vez que da la espalda al pueblo europeo. Dice que si no logra un buen acuerdo puede utilizar los impuestos para atraer inversión a su isla. Esto último denota una posición de inseguridad frente a sus pretensiones. Duda tanto de que la marcha de la Unión Europea vaya a ser un éxito para Inglaterra, que se entrega al nacionalismo americano más rancio de todos los tiempos; como si eso fuera a solucionar su problema. El Sr. Trump le dice que el “Brexit” va a ser una maravilla, pero ¿será capaz de absorber EE UU ese 42%, del comercio exterior, que el Reino Unido mantiene ahora con Europa?

La nueva representante de EE UU ante la O.N.U., Nikki Haley, ha llevado el discurso autoritario de la era Trump a esa organización. Parece que el nuevo gobierno de esa nación no está dispuesto a soportar las críticas tanto dentro como fuera. Los primeros movimientos del Gobierno Americano muestran un desprecio absoluto hacia los principios de respeto a los derechos humanos que durante tantos años han sido bandera de la política de ese país. Su política migratoria levanta ampollas y recuerda las generalizaciones simplistas de otros gobiernos del pasado.

Al señor Trump no le gusta la Unión Europea. Lo ha dicho claro y alto, y está dispuesto a colaborar en su desintegración. Prefiere los pequeños países, frente una organización supranacional que le resulta incontrolable. Espero que Europa no sólo mantenga su unidad, sino que sepa buscar los aliados que respeten sus principios y más le convengan para sus intereses. Me gusta disfrutar de Europa, recorrerla sin fronteras ni visados, escuchar las diferentes lenguas de sus gentes, disfrutar de costumbres tan dispares y sentir que todo ello es mi País.

 

Ausencia


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En cierta ocasión leí un artículo sobre la culpabilidad que los padres aceptan como propia,  cuando un hijo suyo se suicida. Me pareció realmente dramático. Me decidí a escribir sobre ello. La verdad es que no sabía cómo desarrollarlo, inicié varios relatos y terminé escribiendo lo siguiente:

Ausencia

Por debajo de la puerta de mi casa entró la noche. Oscureció la alfombra y ascendió hasta cubrir la consola del recibidor. Convirtió a la gitana de porcelana que hay sobre el estante, en un rígido fantasma gris. Los candelabros, que tantas veces alumbraron el camino, perdieron su albor; desaparecieron los brillos del espejo que cuelga sobre ellos. La luz huyó de la cocina al compás del  goteo que repicaba en el fregadero, acentuando el silencio del pasado. Las imágenes que guardábamos en los estantes se velaron. No se oyeron los ecos de gritos y carcajadas de niños jugando. La soledad golpeó las paredes con furia. ¡Jamás volverá a ser como antes! Los espectros de la noche corrieron por el pasillo convirtiendo en cenizas el hogar que tanto nos costó construir.  Se pudo oír cómo se arrastraban los zarzales, arañando las paredes con furia y dejando unos profundos surcos que solo nos abaten a quienes allí siempre hemos vivido. Lloró el firmamento transformando nuestra casa en una ciénaga, en una turbia y lúgubre ciénaga donde, poco a poco, nos fuimos hundiendo. Entre nuestras manos se deslizó el silencio y la oquedad se asentó en nuestros abrazos. Desde entonces nos falta el pan de cada día y el eco de la sonrisa del pequeño. Aún hoy pervive la noche en su cuarto y me estremezco cada vez que pasó frente a él. Mantenemos la puerta cerrada, como si fuera algo ajeno a nuestras vidas. Pero su voz se repite tras el postigo como un lamento que golpea nuestros recuerdos con rabia.

            Ahora los vasos están manchados. Sobre la cocina eléctrica, la sartén, con el aceite oscurecido por el fuego, reposa negra entre manchas que ocultan el dibujo de la cerámica. Cuelgan los trapos sucios del borde de la fregadera. La mesa luce el color rojizo del vino vertido sobre el mantel. Mendrugos de pan, manchas de chocolate y algún que otro plato que queda por recoger. En el suelo se mezclan grasas de diferentes tonos con algún que otro trozo de periódico. Los garbanzos caen sobre la encimera en desorden. La luz de neón tiembla. El silencio del abandono cruza la puerta. Los techos permanecen ajenos a lo que en el suelo ocurre.

En el cuarto de baño una toalla se arrastra por el suelo. El espejo ya no refleja lo mismo que antaño. Gritan las cañerías cuando cae el agua arrastrando las sobras. El grifo está abierto dejando correr el agua por el desagüe. El tubo de dentífrico está abierto y el cepillo en el suelo. El jabón juega en la bañera. El aire fresco se derrite.

 En la sala nada se mueve. Danza el polvo a su libre albedrío en un lugar donde últimamente ya no va nadie. Los libros, inmóviles, vigilan los anaqueles. Sobre la brillante mesa de comedor hay dos candelabros, una pecera redonda con la carpa cautiva y unas facturas que parecen tiradas de mala manera; algunas se ven por los suelos, sobre una alfombra que apenas conoce los zapatos del más joven de la familia. La silueta de la voz del muchacho balancea el aire que se filtra por las rendijas de la casa.

Cruje el cuarto del niño. Calla el tren y las pistolas. El silencio esconde la cándida risa infantil. Cromos de “Pokémons” quieren salir del cajón. Las mudas paredes añoran en soledad el tiempo pasado. Aún se oyen los ecos que hacen los inocentes pies al correr por el pasillo,  aunque la alfombra permanezca tersa porque nadie la pisa. Musculosos tiburones adornan los anaqueles. Devoraron el pasado. La almohada guarda en sus entrañas el olor de la ingenuidad. El ruido del exterior entra en sordina, inconsciente de todo. El aire se espesa. Hay un sabor amargo en el pijama que aún reposa extendido sobre su cama. El duro e infranqueable muro del pasado, daña mis puños; no puedo parar de golpearlo. El tiempo se estanca. Chirría el suelo como si alguien anduviera sobre él. Las sombras del pasado inundan el aire que se respira. La hueca estancia soporta, inmutable, el polvo en suspenso que brilla con la entrada de un tenue rayo de luz. El pasado huele a azufre y el futuro esta tan doblado que pierde interés.

Desde el día en que nació, nunca he dejado de soñar con él. Ocupa todas mis decisiones. Él está en cada uno de mis actos. Sueño con él al acostarme, cuando respiro, cuando duermo y me revuelvo en la cama de forma inconsciente. Sueño con él en cada latido de mi corazón, cuando me desvisto, cuando me cubro con las mantas porque tengo frío, cuando lloro en mi soledad. Sueño con él cuando me levanto y no tengo a nadie a quien despertar, cuando preparo el desayuno, cuando friego los pocos platos que he ensuciado y me faltan platos para limpiar. Sueño con él cuando voy al trabajo y no tengo a quien dar un beso en la mejilla, ni por quien preocuparme para que no llegue tarde a clase, para que no pierda el autobús. Sueño con él cuando pienso que no tendré que ir a buscarlo al colegio. Cuando cojo el metro sin prisas, cuando compro el pan, cuando me siento a la mesa y él no está. Sueño con él al salir el sol, cuando los pájaros se acercan al alfeizar de la ventana buscando las migas de pan que él dejaba, cuando veo el arco iris, cuando escucho a las horas gritar.

Sollozo en silencio la ausencia del pequeño. El sillón de la sala no respira. Hace tiempo que paró de llover. Reía cuando jugaba con el tren de madera. Le gustaba que le contase cuentos: «Había una vez un barquito chiquitito…». Recuerdo: su cuerpo sobre mi hombro cuando dormía, cuando me llevaba de la mano para enseñarme algo, cuando me miraba fijamente, cuando lloraba, cuando le reñía y se escondía entre sus piernas, cuando apenas comía. Ya no se ve el sol en primavera. El silencio que parte de su cuarto se hace notar en cada rincón de la casa. Los fantasmas llegaron para quedarse. Mi iris se cristaliza. Mudas palabras me hacen sangrar por dentro. ¿Me habré equivocado tanto? Respiro su ausencia y me ahoga. Me falta el oxígeno del pasado. El recuerdo cae como una plomada y lo aplasta todo. Frente al sol poniente, su larga sombra cubre mis pensamientos.

El cuaderno de caligrafía yace sobre su escritorio rasgado de arriba abajo por el bolígrafo. Los ecos de sus gritos retumban en mis oídos haciéndolos sangrar. ¿Pedía socorro? En sus libros de texto hay manchas de tinta, hojas rasgadas, palabras que nunca llamaron su atención. Arañó la pared con fuerza hasta hacer un surco por el que bajan mis culpas. Su pantalón siempre estaba roto por las rodillas. Lloraba a menudo, no sé el porqué. La oscuridad de la noche se adentraba en su cuarto intimidándole. Aún tiene húmedos los deportivos. No le abracé cuando gemía. Negras nubes oscurecían su iris. Siento que fui parte de la tormenta que le acechaba. Tiembla su alcoba en el silencio. Gritaron sus desgarradas entrañas y no fui capaz de escucharlas. En el armario cuelga la negra cazadora desgastada por los codos. Está sucia. Todo lo está. ¿Cómo es posible que la miseria, de forma tan sigilosa, me haya arrebatado tanto? Quizás no fue ella, sino yo, distraído con la luz del exterior. Me asusta la lobreguez de mi casa y el silencio que parte de aquel cuarto. Escondí la mirada cuando me necesitaba. Me gustaría volver atrás, abrazarle contra mi pecho y decirle que le quiero…           

La suave brisa se deslizó sobre la acera, silenciosa, tan trasparente que nadie pudo verla. Trepó por los duros troncos de los tilos y acarició sus hojas meciéndolas, haciéndolas vibrar y chocar unas con otras hasta provocar ese ruido que hacen las ramas de los árboles cuando hay viento. Rodó sobre las aguas de la ría dejando en la superficie un pequeño surco, casi imperceptible para los paseantes que disfrutaban de aquel atardecer caminando por sus riberas. No despertó la curiosidad del entorno ni alarmó su presencia. Refrescó el ambiente como en un atardecer de verano. Tropezó con los arbustos agitando sus ramas, como los pequeños roedores que no quieren ser vistos, pero que se delatan con los ecos que producen sus asustadizos movimientos. Sobrevoló las aceras al ras de las mismas, levantando los papeles y las hojas secas con sus remolinos. Cogió velocidad y fuerza para poder trepar las altas vigas que mantienen el puente que cruza el río. Los coches pasaban rápidos, ajenos a un viento que no les estorbaba. Aunque los fustes eran altos, gruesos y lisos, y aunque carecían de grietas  a las que agarrarse;  la brisa los envolvió y subió por ellos hasta llegar a la parte alta de la acitara, donde los pies de mi hijo vacilaban entre el vacío que tenía en frente y el andén del puente que había dejado atrás. Era un atardecer oscuro. Su imagen apenas se apreciaba entre las penumbras y el cielo. Ese suave viento lamió la piel del niño, erizándola. La traspasó con su  frío filo, hasta llegar a su alma. EL corazón aceleró el ritmo hasta golpear con fuerza las paredes de su pecho revolviendo unas entrañas que tiritaban. El viento, indiferente, no paró y continuó envolviendo en duro témpano todo el cuerpo del muchacho. Alcanzó su rostro y revolvió el cabello bien peinado que tanto acaricié. Quebró su razón, que golpeó sus sienes hasta hacerle cerrar los ojos. Revolvió su cuerpo de arriba abajo. Rasgó su pecho atolondrando el pulso de las venas. No pudo ver más allá del presente y los recuerdos distorsionaron su visión como lentes convexas. La brisa no se conformó con el hurto que había hecho. Continuó, agitándose iracunda alrededor del pequeño cuerpo que vibraba de miedo. Lo empujó una y otra vez, sin compasión, haciendo que se tambalease en el quicio del abismo. Las tinieblas le habían arrebatado el entorno. Dejó de ver al mundo que le acechaba y le ignoraba a la vez. Perdió el equilibrio y cayó mientras la sórdida brisa acompañó a su destino hasta el más oscuro de los silencios.

©F.Urien